Jueves, 20 Octubre 2016 11:59

Hombres y partidos

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Fueron tantos los actos en los cuales las diferentes banderías justicialistas recordaron -como lo han hecho todos los años, desde 1946 en adelante- el así llamado Día de la Lealtad, que un ignorante en la materia podría haber pensado, no sin alguna razón, en la pujanza de un movimiento así.

 

 

Pero claro, solo un ignorante daría por bueno lo que ha sido, en realidad, una demostración no de fortaleza sino de debilidad. Los festejos, dicho sea sin sombra de irreverencia, resultaron insignificantes. Las multitudes de otrora brillaron por su ausencia. Las masas populares se quedaron en sus casas. Los sindicatos -encargados, desde tiempo inmemorial, de movilizarlas- miraron para otro lado.

 

Cuanto quedó en evidencia fue su falta de unidad -algo que viene de lejos- como también la impotencia de sus cuadros dirigentes a la hora de proponer un programa político sugestivo, capaz de generar sino una mística militante, al menos unos entusiasmos capaces de demostrar que el peronismo todavía pisa fuerte en el sentimiento de sus gentes. A falta de un jefe, de una conducción, y de una disciplina partidaria, podrían haberse escuchado voces disonantes y -a un tiempo- sugerentes en punto al desafío que tienen delante suyo los jefes peronistas: seducir a sus seguidores. Pero nada de eso sucedió. La videoconferencia de Cristina Fernández, las parrafadas infantiles de Daniel Scioli en La Matanza, las declaraciones de Diego Bossio, y las del Momo Venegas junto a sus aliados de Cambiemos en La Plata, no trasparentaron nada. Lo que dijeron lo habíamos escuchado antes, en innumerables oportunidades.

 

Tres diferencias importantes separan a estos peronistas de los que, derrotados en las elecciones de 1983, debieron enfrentar al gobierno de Raúl Alfonsín. Por de pronto, el hecho de que entonces el Movimiento se había desdoblado, con dos facciones dispuestas a dirimir supremacías para hacerse de la conducción: la de Herminio Iglesias y la de Antonio Cafiero. Hoy, en cambio, las sectas se cuentan por decenas. En segunda instancia resalta el fenómeno de las diferencias ideológicas: entre Herminio y la Renovación había estilos disímiles, pero no se abría entre ellos un abismo en términos de las ideas que defendían. Al kirchnerismo cristinista y al Momo –inversamente- los separa una galaxia. Por fin, hay un tercer dato de la mayor importancia: en 1983 la oposición al radicalismo se reducía a las dos banderías peronistas ya mencionadas. Ahora, el político de lejos con más calado del arco opositor a la administración macrista es Sergio Massa.

 

Cabría sostener, sin faltar a la verdad, que el dirigente de Tigre viene del PJ y se considera integrante de ese movimiento. Sin perjuicio de lo cual, también es cierto que la estrategia del líder del Frente Renovador -desde su victoria en 2013 a expensas del FPV y hasta el momento- tiene como base menos al PJ que a una alianza mucho más ambiciosa y, por lo tanto, superadora del peronismo.

 

Imaginar que Massa privilegiará, de cara a los comicios de octubre del año próximo, la alternativa de retornar al seno justicialista -aunque fuese en calidad de jefe- a la de profundizar el armado que lo tiene como cabeza indiscutida, es no entender la premisa mayor del hombre de Tigre: que el peronismo -si es que resulta legítimo utilizar el singular- debe tener un lugar, que no será nunca el de primus inter pares. Sería insensato suponer que su acercamiento indisimulado a Margarita Stolbizer arrastra el propósito de que ésta acepte formar parte de un peronismo remozado. La Stolbizer y Massa están convencidos, más allá de las candidaturas, respecto de la necesidad de forjar una alianza en la cual tengan cabida peronistas, radicales, socialistas, conservadores o independientes, de manera indistinta.

 

Lo que es necesario no perder de vista, setenta y un años después de aquel acto fundacional en una Plaza de Mayo llena hasta los topes por una multitud llegada de todos lados, es que no hay un peronismo. Existen reyezuelos que pugnan por hacer valer su autoridad en términos comarcales, más que nacionales, y existen, asimismo, millones de personas que tanto pueden votar a Macri, a Massa o a Cristina Fernández, sin por eso sentir que traicionan su ideario. Lo mismo -dicho sea de paso- cabría sostener de la Unión Cívica Radical sin forzar el razonamiento

 

Las estructuras partidarias se hallan desvencijadas. Son sellos de goma sin ningún contenido. Por fuera de las mismas sobresalen distintas personalidades con la probada aptitud de suscitar apoyos y de ser reconocidos a lo largo y ancho del país. Pueden contarse con los dedos de la mano quienes califican dentro de esta categoría: obviamente el presidente de la República; la gobernadora de la provincia de Buenos Aires; el jefe del Frente Renovador, y -en menor medida- Cristina Fernández. Fuera de ellos, varios pasos atrás, forman en apretado pelotón líderes regionales de mayor o menor trascendencia según los casos: Margarita Stolbizer, Florencio Randazzo, Juan M. Urtubey, José M. de la Sota, Daniel Scioli, Miguel Ángel Pichetto, Ernesto Sanz, Gerardo Morales, Julio Cobos y Gabriela Michetti, entre otros.

 

La política argentina -como nunca antes- gira en torno de unos políticos que nadie sigue por el hecho de que se definan ideológica o partidariamente. A nadie le interesan los rótulos. El tema no pasa por la afiliación. La gente se consagra a quienes conoce -condición necesaria- y en quienes confía, al menos por un tiempo.

 

Vicente Massot

Visto 745 veces Modificado por última vez en Miércoles, 08 Marzo 2017 00:51

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