Jueves, 19 Mayo 2016 09:18

Las razones de Macri

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Tarde o temprano debía suceder. Era literalmente imposible que la trabajosa coalición vertebrada por el oficialismo en los primeros tres meses de gobierno permaneciese incólume y resistiera los embates de unas banderías políticas con asiento parlamentario, que habían cerrado filas junto al bloque de Cambiemos, algunas veces por convicción y otras por mera conveniencia.

El peronismo ortodoxo y el massismo tienen intereses que defender. Es por eso que no podrían, so pena de pagar un costo altísimo, hacer las veces de aliados tácticos de la administración macrista, siempre y en todo lugar. Apoyaron la negociación con los holdouts de igual manera que hoy motorizan, por andariveles separados, la ley anti–despidos. No es que enarbolen un doble standard de conducta o semejen, en sus movimientos, las idas y venidas de las veletas que se hallan a merced del viento. Lo que hacen es pensar, y llegar a conclusiones, caso por caso.

Nunca en función de un pacto que los conmine a actuar en forma automática.


Existen, también, condicionamientos ideológicos que juegan un papel importante. A Miguel Pichetto y a Sergio Massa -por mencionar a dos de los legisladores más poderosos del momento- la cuestión social entendida en clave peronista los embreta. Sobre todo si, en medio de un ajuste de precios relativos cuyas consecuencias se hacen sentir cada día más, los sindicatos motorizan una ley anti–despidos. Aun cuando pensaran que la iniciativa es desaconsejable, oponerse a la misma y representar el papel de furgón de cola del oficialismo, es algo que no se les cruza por la cabeza. Ninguno se animaría. Sólo el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, entre los justicialistas con calado y futuro políticos, se animó a dar ese paso.


Suponer que aquí lo que cuenta es la coherencia o que se trata de una discusión acerca de cuántos despidos se han producido desde la asunción de Mauricio Macri, es no entender la índole del problema. Si los seguidores de Juan Domingo Perón, en sus distintas variantes, debiesen atenerse a lo que defendieron en el pasado o a lo que hizo el líder del movimiento en su oportunidad, no habrían respaldado a los líderes gremiales. No hay más que repasar la posición de Perón en l973 y la de Cristina Fernández en 2010, para darse cuenta de lo semejante que es respecto a la del gobierno actual. Tampoco es una cuestión numérica.


Cuanto han obrado el peronismo y el Frente Renovador es una típica movida efectista. Abrazar la bandera del trabajo y dejar al oficialismo en el lugar menos propicio. De eso se trata, ni más ni menos. Con la siguiente particularidad: ese conglomerado heterogéneo que habita en los pliegues del Frente para la Victoria sabía de antemano que su proyecto carecía de viabilidad. Otro tanto corresponde decir del adelantado por Sergio Massa. Aunque sumasen los votos necesarios para lograr la sanción, el veto presidencial pondría fin a su intento. Entonces, ¿por qué empeñarse en tamaña empresa? -Porque suponen que el veto representará una derrota para la Casa Rosada.


Hay muchos escenarios posibles. Dos parecen los más probables: que el FPV decidiera bajarse de su principismo e hiciera suyo el dictamen massista, con lo cual el proyecto volvería al Senado, seguramente se convertiría en ley y sería vetado; o bien, que en la cámara baja no se pusiesen de acuerdo el peronismo y el Frente Renovador y su intento naufragase al  menos por este año. En cualquiera de los dos casos el resultado no sería un punto de inflexión en términos de la política argentina. Lleva razón Eduardo Duhalde cuando sostiene que algunos quieren “generar una tempestad en una palangana”. Supongamos, a modo de ejercicio intelectual, que finalmente la ley fuese promulgada y resultase fulminada por el veto. Tendríamos unos cuantos días de sesudas especulaciones periodísticas respecto del futuro derrotero del gobierno y de los partidos opositores; escucharíamos insultos de grueso calibre a expensas del presidente; nos cansaríamos de leer las típicas letanías en contra del capitalismo insensible, y luego -como sucede siempre- se apagarían los ecos de la polémica y la vida seguiría su curso.


A ver si nos entendemos: más allá de las diferencias entre las partes, esta no es una pelea a muerte. Ninguno de los contendientes se dará por vencido pero todos -excepto el kirchnerismo- volverán a la mesa de negociaciones más temprano que tarde. ¿…O acaso alguien piensa que los gobernadores, diputados y senadores con intereses que cuidar en sus respectivas provincias, los caciques sindicales o el massismo cruzarán con armas y bagajes a la vereda de enfrente para secundar el programa de confrontación permanente del espacio K? Por si a alguien se le ha olvidado: la caja está en manos del gobierno de Cambiemos y no de Cristina Fernández, Pichetto, Massa o Moyano.


Lo expresado no supone que el tema resulte menor. Claro que reviste importancia. De manera especial para el oficialismo. De lo contrario no le hubiese salido al cruce desde un primer momento, anunciando para que no quedase ninguna duda -tanto Mauricio Macri como Marcos Peña- que su intención es vetar la ley en caso de resultar aprobada. Por costosa que sea la decisión -y todavía nadie está en condiciones de saber el monto, alto o bajo, que deberá pagar la administración de Cambiemos- resultaría mucho más oneroso dejar que una norma tan contraria al plan económico en marcha tuviera vigencia.


Hay quienes piensan que el presidente se ha puesto los pantalones. No es así. Macri sabía perfectamente bien lo que hacía cuando -desoyendo incluso a algunos de sus colaboradores más cercanos- embistió el proyecto de frente y prometió vetarlo. No lo hizo por sentir que se hallaba entre la espada y la pared ni fue una decisión que adoptó después de un largo conciliábulo en el cual hubiera escuchado las posiciones a favor y en contra. Tampoco fue un arranque temperamental, raro además en un político que no se deja llevar por sus impulsos. Dijo que vetaría la ley porque tuvo en claro que no hacerlo significaría, por un lado, una muestra de debilidad -ya que el instrumento del veto está al alcance de la mano de todo presidente y es constitucional- y, por el otro, sería algo así como ponerle un palo en la rueda a la política inaugurada hace apenas cinco meses.


Vicente Massot

Visto 787 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 21:58

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