Martes, 27 Septiembre 2016 10:00

Lo que viene

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Esto decíamos hace a fines de setiembre de 2008, hace justo ocho años. Hoy no le cambiaría ni una coma:

 

 

¿Qué tuvieron en común Echeverría, Alberdi, Mitre y Sarmiento?

 

La historia nos cuenta de la temprana muerte del primero, antes del derrumbe rosista, de la pelea entre Alberdi y Sarmiento –recordemos las “cartas quillotanas”- y del enfrentamiento entre Sarmiento y Mitre –distanciados por la sucesión presidencial del primero-.

 

Tuvieron en común, sin embargo, su indagación conceptual para imaginar la agenda del país en la etapa siguiente a la autoritaria gestión de Rosas, su acompañamiento a la gesta de Urquiza, su apasionamiento por darle leyes a la Argentina. Fueron la generación quizás más proficua de nuestra historia, la “Generación del 37”.

 

Estuvieron juntos en la época de lucha. Aún con matices diferentes, los unía su visión de un país institucional, inserto en la economía global de entonces, expandidas sus fronteras, incorporando lo mejor de la inteligencia de entonces al desierto despoblado de las “Provincias Unidas”. Juntos prepararon el terreno para la etapa siguiente, la que se abriría luego de la gesta del Pronunciamiento.

 

Después, tuvieron expresiones políticas diferentes. Urquiza siguió como exponente institucional del viejo “Partido Federal”. Echeverría, sin llegar a palpar sus sueños –murió en enero de 1851-, dejó el legado de su reclamo democrático. Alberdi diseñó las bases jurídicas y económicas del nuevo Estado, al que imaginó trasplantado el aporte poblacional del viejo mundo con su lema “Gobernar es poblar”. Mitre enfrentó a los autonomistas más excluyentes de la política porteña, indiferentes ante la suerte del país total y sostuvo su tesón nacional aún a costa de renunciar a la exclusividad de las rentas de la aduana. Sarmiento fue el “loco de la educación” con su otra obsesión: educar al soberano y mostró su mirada hacia delante llevando a su presidencia como ministro nada menos que a un viejo rosista, Dalmacio Vélez Sarsfield, a quien encargó la redacción del Código Civil, piedra angular de la legislación del estado independiente.

 

La agenda de la segunda mitad del siglo XIX poco tenía que ver con la de los cincuenta años anteriores. Ya estaba lograda la Independencia y explicitado el programa del nuevo país con la Constitución. Las nuevas demandas eran llenar ese espacio con instituciones, con gente, con trabajo, con inversiones, con educación, con paz interior. Con sus diferentes matices, fueron exitosos y abrieron las puertas a la segunda generación constructora, la del 80. Allí, de nuevo Mitre, pero esta vez con Alem, con Bernardo de Irigoyen, con Pellegrini, con el propio Roca, con Sáenz Peña, encararon la nueva etapa: soldar el nuevo país cuya población se había duplicado con seis millones de inmigrantes –de los cuáles, tres millones se quedaron definitivamente en la Argentina-, lidiando con las consiguientes reacciones naturales en las sociedades con tal magnitud de afluencia externa, como se ve hoy en Europa. También fueron exitosos. Fue el medio siglo –1880 a 1930- más exitoso de nuestra historia. Aunque al comenzar el siglo XX ya estaba cambiando la agenda y con ella los agrupamientos políticos.

 

Ya no era el tiempo de “autonomistas” y “nacionales”, de “roquistas” y “mitristas” o “Cívicos”. Era el tiempo de la inclusión de los excluidos del sistema político. Y el escenario se fue reorganizando: conservadores, radicales, socialistas, demócrata progresistas. Los nuevos problemas: el petróleo, los flujos de inversión en infraestructura, el relacionamiento comercial externo enrarecido por la guerra, la naciente base industrial. Hasta que la ruptura del 30 abrió un abismo en el entendimiento nacional, que había sido mantenido aún entre rivales acérrimos, desde Urquiza ayudando a la subsistencia de Rosas en el exilio, hasta Sáenz Peña, reuniéndose con Yrigoyen para acordar la apertura electoral.

 

En el 30 se rompió la solidaridad nacional y con ella la idea de pertenecer al mismo país común. Con la intolerancia empezó la decadencia, que continúa hasta hoy mostrándonos como el país menos exitoso del continente en estas casi ocho décadas. Ninguno ha tenido una perfomance más negativa que la Argentina.

 

Hace un cuarto de siglo comenzamos el reencuentro, con la recuperación democrática y las bases de convivencia construidas con no pocos esfuerzos por todos los argentinos, bajo el liderazgo de una serie constitucional que inició Raúl Alfonsín. Esa etapa ha soportado momentos críticos, pero el saldo ha sido la vocación democrática instalada en la opinión pública con una fuerza que no había tenido nunca. Cierto es que los críticos episodios del 2001 vaciaron de contenido esa democracia y un liderazgo sectario en lo que va del siglo ha pretendido sembrar cizañas de discordia.

 

Sin embargo, hoy parece notarse en la opinión pública un nuevo movimiento tectónico, del que venimos hablando en esta columna en los últimos meses. Se trata de un movimiento subterráneo de la opinión pública, en dos direcciones: la primera, hacia el cumplimiento de la agenda pendiente del programa modernizador de la Constitución –democracia, estado de derecho, transparencia, subordinación del poder a los ciudadanos, independencia de la justicia, libertad de prensa, libertades cívicas, igualdad ante la ley-; y la segunda, hacia otra nueva agenda, la del siglo XXI, crecientemente global: una nueva imbricación económica con los circuitos mundiales de comercio, inversiones, tecnologías y finanzas, la reformulación energética ante la inminencia del fin del petróleo, el combate a la violencia sistémica que convierte la vida cotidiana en un infierno, y a todas sus complicidades escalonadas –globales, nacionales, locales,-; el adiestramiento para las nuevas formas de trabajo y de empresa, la construcción definitiva del piso de ciudadanía para erradicar la exclusión.

 

Este movimiento atraviesa todas las expresiones políticas, desde el Pro y la Coalición Cívica hasta las viejas fuerzas partidarias del siglo XX, como el radicalismo y el propio peronismo. Los argentinos tienen cada vez más en claro la necesidad de terminar de marcar “los límites del poder” y la defensa de su autonomía, y a la vez, de exigir a ese poder una nueva vinculación con los ciudadanos, para que les sirva en las tareas gigantescas que le presenta el nuevo escenario mundial y privilegiarán las fuerzas políticas con mayor capacidad de diálogo, de generación de consensos, de apertura intelectual y capacidad de adaptación a las nuevas formas de política y de liderazgo. Las que no se adapten, serán historia –como lo fueron el alsinismo o el roquismo, entrado el siglo XX-.

 

Lo que viene, una vez superada la “pesadilla K”, será una Argentina cosmopolita, plural, democrática, pujante. Estará asentada en consensos que se están gestando en las nuevas generaciones dirigentes, así como lo hicieron los exilados de la “Generación del 37”, cuyas reflexiones prepararon la Constitución. No mostrará unanimidades, como no la mostraron los próceres de la organización nacional que, una vez lograda, discutieron con firmeza sobre sus matices diferentes. Pero tendrá, como entonces, una coincidencia sólida sobre las bases de la nueva etapa en las que va coincidiendo cada vez más, aún a pesar de los estertores personalistas de algunas de sus conducciones más encumbradas.

 

Imaginar esa Argentina, aún a riesgo de “escapar hacia adelante”, ayuda a soportar este purgatorio. Sabemos que tendrá fin y eso alienta, incluso para reforzar nuestro compromiso de seguir predicando, sembrando tolerancia, acercando posiciones, reforzando consensos entre todos los compatriotas que siguen soñando con una Argentina abierta y democrática, pujante y solidaria.

 

A diferencia de lo que ha estado ocurriendo en estos últimos años, sentimos que el futuro es apasionante. Y eso entusiasma.

 

Ricardo Lafferriere 

ricardo-lafferriere.blogspot.com.ar 

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