Miércoles, 14 Septiembre 2016 08:47

El populismo peronista y su “ayuda social” han entrado en crisis

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 “Tanto las utopías como las distopías se especializan en augurar el destino: las primeras, presentan la tierra al final del camino como un lugar de armonía y orden, algo a lo que es posible aspirar si uno se acerca; mientras que las distopías retratan la misma tierra -en el mejor de los casos-, como una cárcel al aire libre” -Zygmunt Bauman

 

 

No resulta extraño que a pesar de los momentos de gozo y bendiciones que promete el “distópico” Partido Justicialista a sus adeptos, hayan crecido las dudas entre los mismos acerca de si seguirían prestándole su apoyo en el caso de tener una verdadera libertad de elección.

 

¿Crisis del síndrome de Estocolmo? Es posible. De cualquier manera, lo que se aprecia es que jamás lograron madurar lo suficiente para escapar de su dependencia respecto de un movimiento esencialmente “dominante” y populista, que sometió a sus partidarios durante décadas a una férrea disciplina fascista.

 

Al mismo tiempo, la coerción ejercida por muchos de sus dirigentes, a la orden “debes hacer esto” o “no debes hacerlo”, terminó creando finalmente un gran resentimiento que está abriendo paso a una rebelión entre sus adeptos. En efecto, con sus promesas basadas en una economía de subsidios muy mal distribuidos, han dejado detrás de sí territorios ocupados por casas de “nylon” y calles barrosas por las que deben transitar ignominiosamente quienes acceden a sus precarias viviendas.

 

La denigración sistemática de la autoestima de quienes desearían progresar individualmente –aunque no sepan con precisión cuál es el camino, ni tengan los medios para hacerlo-, ha llevado a estos desplazados a volcarse a algunos movimientos barriales extremistas que están “con” ellos y viven cerca “de” ellos, nacidos al calor de la ineficiencia política de gobiernos populistas corruptos.

 

Durante los años del kirchnerismo, estos movimientos barriales fueron copados por “la Cámpora”, un conjunto de jóvenes “acomodados” y con alto grado de fanatismo político, que cumplieron dicha función recibiendo del gobierno K medios económicos sin control para que lograran penetrar en barriadas carecientes, que aceptaron entregarse a sus brazos por necesidad,  sin saber que estas fuerzas militantes suelen ser durísimas con los insubordinados, a quienes excluyen rápidamente de cualquier ayuda.

 

Los carecientes se han ido refugiando entonces, como ya hemos señalado, detrás de organizaciones como Barrios de Pie, Movimiento Evita, Quebracho, Tupac Amaru y varias otras, que han aprovechado el territorio descuidado por las promesas incumplidas del antiguo “dueño” de los pobres, el justicialismo, que los llevó a vivir su desesperanza entre la esclavitud de la miseria y la esclavitud de la dependencia, sin poder disfrutar de los beneficios prometidos por quienes “ayudaron” a cambio de una sumisión absoluta.

 

El sociólogo Loïc Waquant señala que estos escenarios dan lugar al crecimiento de una “marginalidad avanzada” que tiende a concentrarse en territorios aislados y limitados, funcionando como “purgatorios sociales” donde los carecientes aceptan vivir porque no tienen otra opción.

 

Esta es la realidad que contribuyó a desarrollar el PJ a través de los años, tratando de mantener la línea que separa a los que viven dentro del nuevo sistema de miseria, que están impedidos de quebrantar normas que se les imponen a cambio de dádivas que nunca llegan a satisfacer enteramente sus necesidades y les son entregadas a cambio del voto y la genuflexión.

 

Para muestra basta un botón: los planes de viviendas precarias que se entregaron durante años sin terminaciones de agua, electricidad, gas o revoques, ni escrituras de propiedad definitivas, son una evidencia clara de lo que aquí manifestamos. Agregadas a las eufemísticas “soluciones habitacionales” del kirchnerismo, que tanto podían significar el recambio de la grifería de una cocina o el techado parcial de una habitación existente.

 

Aumentó así la marginación sufrida por estos desplazados del sistema, que fueron confinados a la periferia urbana, manteniéndolos alejados de tal manera del mundo desarrollado, para que no causaran daños colaterales al “sistema”.

 

Por otra parte, como señala Henry Merken, los políticos populistas son individuos que suelen predicar doctrinas falsas a hombres que saben (o suponen) que son idiotas.

 

El peronismo ha terminado condenando de tal modo a muchos hombres y mujeres a que deban encontrar soluciones individuales a problemas creados por el mismo “movimiento” que condenó a los pobres a las “recetas” de un Estado paternalista que les creó una dependencia detestable.

 

¿Por qué ha ocurrido lo que señalamos?

 

Fundamentalmente porque el peronismo ha sido y es un club de intereses –como ya hemos señalado alguna otra vez-, donde un selecto grupo de acomodados se comunican con la sociedad careciente mediante un lenguaje atractivo bien articulado, donde las frases “restitución de la dignidad”, “redistribución de la riqueza”, “derechos de la ancianidad, la niñez y las minorías étnicas”, han construido –entre otras lindezas-, una filosofía basada en la explotación de quienes menos tienen.

 

No es solo esto. Hay más.

 

Una vez consumados sus propósitos de sumisión de los pobres, a quienes entregan las migajas de una mesa bien servida, los funcionarios de los distintos gobiernos justicialistas se dotaron a sí mismos de un “derecho a la herencia”, creando mecanismos muy perversos de supervivencia política con el fin de perpetuarse en el poder.

 

La realidad indica –dolorosamente-, que a pesar de sus falsas promesas y la enorme cantidad de errores cometidos, han sometido a nuestra sociedad a una trampa de orden psicológico que parece no tener salida fácil a la vista: la generalizada sensación de la eventual necesidad de que exista “un poco de peronismo” en las estructuras políticas partidarias de cualquier signo, como manera de sostener la gobernabilidad.

 

Porque para ellos la cultura del sacrificio ha muerto y sus arrebatos de magnanimidad reflejan una AMORALIDAD INDOLORA adaptada a un ego que los muestra como “individuos que han dejado de vivir por algo que no sean ellos mismos” (Gilles Lipovetzky).

 

A pesar de lo expuesto, se percibe una crisis en ciernes de un sistema que se convirtió durante más de cincuenta años en un verdadero cáncer social.

 

Carlos Berro Madero

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