Viernes, 27 Mayo 2016 09:49

Las interferencias entre el gobierno y el Papa

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El intercambio de mensajes entre la Santa Sede y la Casa Rosada en vísperas del 25 de mayo insinúa, para algunos, la posibilidad de un cambio de tono en la relación del Papa con el Presidente de la Argentina. Está por verse.

Lo que resulta evidente es que Mauricio Macri se aferró a la salutación casi protocolar suscripta por Francisco para exhibir en su respuesta admiración y adhesión por el Pontífice y su prédica de convivencia y unión nacional.

Es cierto que al discurso del macrismo se caracteriza -salvo en casos excepcionales-  por  eludir las réplicas y las crispaciones y por diluir los cuestionamientos en té y simpatía, pero en este caso no se trata sólo de estrategias retóricas, sino de la tramitación de una armonía duradera con la Iglesia que no puede saltearse al Papa argentino.

 

Gabriela Michetti admitió que por ahora hay “una distancia en términos de comprender el proyecto político que estamos llevando adelante” que adjudicó a que  “tal vez no hemos podido contarle (a Francisco) hacia dónde estamos yendo”.

Hay, por otra parte, otras interferencias: desde los alrededores de la Casa Rosada se disparan de a ratos declaraciones que no pueden sino perturbar  el vínculo. Está el caso del  estratega  Jaime Durán Barba,  quien, aunque no ocupa cargos oficiales, es observado como un influyente gurú que siembra cerca de la cúspide del gobierno las semillas de un realismo posmoderno impregnado de neutralidad valorativa (“Que cada uno haga lo que quiera. Y si una señora quiere abortar, que aborte”).

 

También está el caso de Elisa Carrió, que después de muchos meses de hacer gala de  bergoglismo de la primera hora, se eriza contra el Papa, quizás ante la sospecha de que su prédica puede ser asumida por el peronismo para solucionar la balcanización que actualmente padece.

 

En declaraciones publicadas el último fin de semana, el arzobispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo, que reside hace cuatro décadas en la Santa Sede y es canciller de la Pontificia Academia de Ciencias y de Ciencias Sociales, destacó algunas de las interferencias. “No se debe criticar a Pedro –señaló-. Y tanto menos los que se dicen católicos y de comunión diaria (…) No es difícil individualizarlos, por lo menos alguna diputada… Que esta persona critique al Papa, ya si es católica y de comunión diaria, es una cosa terrible, porque el Papa es Pedro. Ahora, si además lo critica siempre, ya es ridículo porque uno no puede criticar al Papa porque tiene gestos de misericordia que no le gustan”.

Esas declaraciones del prelado tuvieron otro matiz. Cuando la entrevistadora le recordó que a Juan Pablo II, Papa polaco, se lo apoyaba con vigor en su país, Sánchez Sorondo respondió significativamente: “Sí. Se veía que estaba la Iglesia polaca atrás  Ahora, el Papa argentino no es un hongo, viene de toda la Iglesia argentina y no se entiende cómo no hay una solidaridad análoga a la que había con el papa polaco, a la que había con el papa alemán y con los papas italianos.”

Que la respuesta a los reproches que apuntan desde Argentina al Papa se produzca en Roma es un signo que, sumado al contenido de esa respuesta, insinúa cierta insatisfacción por el comportamiento de la jerarquía local. ¿Se la está exhortando a un tono más vigoroso, a compromisos más enérgicos?

 

En el Te Deum del 25 de mayo, el cardenal Mario Poli rogó al Señor  “coraje para crear espacios y mesas donde compartir la sabiduría del diálogo, donde las ideas superen las ideologías y donde nadie se levante hasta encontrar acuerdos razonables y duraderos de los que dependen tantas vidas, proyectos y sueños” y pidió también “que no nos paralicen las estadísticas (…)  que no perdamos la sensibilidad para escuchar y redoblar esfuerzos y servicios ante el dolor de los más pobres”. La letra suena a Francisco aunque quizás la interpretación  sea menos rotunda que la que el cardenal Bergoglio imponía a sus homilías.

Es probable que el gobierno intuya que, sin dar pasos decididos en el terreno social (como las prometidas soluciones a los jubilados, por caso), sin atender a las incitaciones a acordar (no meramente a dialogar con mejores maneras que las de la era K) y sin cerrar la grieta de silencio con Roma,  atravesar “el peor momento” (palabras del jefe de gabinete,  Marcos Peña) será mucho más difícil. 


Jorge Raventos  

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Twitter: @jorgeraventos

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