Domingo, 22 Mayo 2016 12:16

El veto como excepción y el veto como política

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Finalmente, en relación con las normas antidespidos,  el oficialismo optó por una combinación curiosa: actuó para que en la Cámara de Diputados se consagrara el dictamen del  kirchnerismo (que ya venía con la sanción del Senado)  y una vez aprobada la ley por el Congreso,  el Presidente Macri  anunció el veto.

Un penal atajado

Aunque al costo actual de una incoherencia (facilitar pasivamente  que la ley se aprobara) y al eventual de futuros problemas para aprobar leyes (el Presidente puede usar el veto, pero  no abusar del recurso), la  Casa Rosada cree que ha hecho buen negocio. Quería poner fin a un debate que lo dañaba pues ha mantenido  en la agenda mediática los temas sociales en los que el gobierno se siente más vulnerable. Además, con su paradójica conducta legislativa  le arrebató  una victoria al massismo  (visualizado como su principal adversario potencial  para el comicio del año próximo) y de paso eludió  el costo de las reformas en apoyo de las pymes que incluía el proyecto de los renovadores.

Al gobierno no le importa demasiado  la victoria circunstancial del kirchnerismo, el oficialismo no caracteriza a este sector como un riesgo político sino, más bien, como un instrumento que puede  ayudar a desordenar, devaluar y dispersar al peronismo (de hecho, eso ya parece estar ocurriendo)

En cuanto al veto, los asesores de Macri  consideran que esa medida no sólo da buenas señales a los que evalúan invertir en el país, sino que reconforta a sus votantes y simpatizantes, que aguardaban  un pezzo di bravura del Presidente, una demostración de fuerza  ejercida sobre el peronismo en general  y los sindicatos en particular.

La hipótesis del vetador serial

Podría tratarse de una ilusión óptica. Si bien Macri cuenta con  las capacidades  que ofrece la Presidente una sociedad mayoritariamente presidencialista, también debe tomarse en cuenta que la onda que llevó a la Casa Rosada al  líder del Pro lo hizo proclamando como banderas la división y equilibrio de poderes y los pruritos institucionales. ¿En cuántas ocasiones puede el Ejecutivo  saltearse la voluntad de un poder Legislativo en el que se encuentra en minoría? ¿Hasta qué punto puede desafiar a un movimiento sindical políticamente vinculado a las fuerzas  que prevalecen en las Cámaras  y en los gobiernos de provincias?

Algunos consejeros de la Casa Rosada repentinamente decisionistas  observan que la imagen de las organizaciones gremiales no es muy buena y analizan el éxito de opinión pública que momentáneamente alcanzó un año atrás Enrique Peña Nieto, el presidente de México, cuando enfrentó al  poder sindical (en ese caso,  del  gremio docente). Elisa Carrió alienta a Macri a avanzar por ese camino de confrontación  y amenaza  emplear  la recién votada ley de acceso a la información (tiene la media sanción de Diputados) para investigar los fondos  de los gremios.

Macri va con una de cal y otra de arena. Dio su señal de firmeza con el veto  y al mismo tiempo ha cerrado acuerdos con los gobernadores (renovadas promesas de devolución de fondos previsionales por los que las provincias litigan, de financiamiento barato y de obras), reunió al Consejo del  Salario y elevó significativamente el salario mínimo se dispone a  dar otras  noticias estimulantes en materia social (por caso, el pago de  deudas reclamadas por decenas de miles de jubilados) para recuperar iniciativa, aislar a los sectores más críticos y alejar  la amenaza de paros y protestas mientras espera que se cumplan sus  vaticinios de un segundo semestre con inflación en retirada, reactivación productiva y mejora del empleo.

Oteando las urnas de 2017

En el horizonte se recortan las elecciones de medio término, sobre todo, las decisivas urnas bonaerenses de 2017.  Los estrategas de Cambiemos, más allá de cuál sea el candidato interno que prefieran para encabezar la puja por los senadores que asigna la provincia de Buenos Aires, coinciden en que esos comicios determinarán la suerte del gobierno nacional durante la segunda mitad de su período y sus chances de conseguir la reelección en 2019. La derrota  de Raúl Alfonsín en 1989 fue precedida por la victoria de Antonio Cafiero en la elección para gobernador bonaerense  de 1987 y, antes aún,  por la definición de la interna peronista en la de diputados de 1985, cuando la renovación  triplicó los votos  del  justicialismo “oficial” y generó una nueva conducción  unificada, adecuada a la etapa  y legitimada en las urnas.

Si se afirmara la idea de que Elisa Carrió será el año próximo la cabeza de la lista oficialista en la provincia (un deseo que ella sostiene con combativo fervor y que cuenta con respaldos dentro del oficialismo y en  un arco de lo que Macri denominó “el círculo rojo”), ello implicaría que Cambiemos, impulsado por la física de la política, se decide por una polarización franca  con el peronismo, postergando o  descartando  las invocaciones al diálogo y el acuerdo que  todavía formulan  muchos de sus propios exponentes, particularmente aquellos  (líderes parlamentarios, gobierno de la provincia de Buenos Aires, por caso)  que se encuentran  en situaciones de debilidad numérica objetiva  y, por un tiempo al menos, necesitan construir puentes  más que dinamitarlos.

Puede pensarse  -hay quienes lo hacen-  que Carrió es la representante de Cambiemos  que  expresa con más transparencia las ideas y estados de ánimo del  electorado  de esa coalición. Aun así, conviene recordar  que Cambiemos pudo imponerse  en octubre merced a una candidata  de estilo dialoguista y contemporizador que atrajo  votantes  de otras  simpatías  ayudada, además, por la imagen  devaluada e hirsuta de su  principal contrincante, Aníbal Fernández.

Jugar con fuego

Más  allá de quién termine representando al gobierno en  la elección  bonaerense del año próximo  (Jorge Macri, del Pro, y Gustavo Posse, de la UCR, también  tienen aspiraciones), el oficialismo especula con la probabilidad de una división del peronismo  que le facilite el triunfo.

Es casi una certeza que el peronismo concurrirá dividido: Sergio Massa  es número puesto  como candidato de la renovación (incluso, como parte de un frente más amplio y ambicioso, integrado por corrientes de centroizquierda que  toman como referente a Margarita Stolbizer) y  no va a resignar esa postulación. La pregunta es  si  sólo habrá otro postulante peronista (uno que  se ubique bajo la sombrilla del PJ ) o si habrá más de uno. Daniel Scioli  deshoja la margarita de su ambición  y un número importante  de intendentes  corteja a  Florencio Randazzo  para que  se postule.  La situación tiene sus curiosidades: Scioli viene de ser derrotado como candidato a la presidencia y Randazzo no quiso ser candidato a gobernador (cargo al que bien pudo haber accedido, cerrándole la victoria a la señora Vidal y evitando  la catastrófica caída de su propio partido). ¿Encogerán sus aspiraciones  pasadas para pelear  por una banca de senador?

Sucede que también existe la posibilidad de  que la señora de Kirchner  se rinda ante el reclamo de sus fans y gire su nombre para  la candidatura  a senadora por Buenos Aires.  No habría que  incurrir en suspicacias: si lo hiciera sería menos en busca de fueros especiales que  para refirmar su liderazgo en el peronismo  más allá de sus seguidores incondicionales y, eventualmente,  con la ilusión de allanarse el camino a un regreso en las presidenciales  de 2019.

Basta mencionar esos tres nombres- Scioli, Randazzo, CFK-  para pensar  en incompatibilidades. El oficialismo tiene buenos motivos para pensar con optimismo en un  cuadro de división. Y, si la ex presidente es de la partida, en una estrategia de polarización donde ella  juegue el papel  que cumplió Aníbal Fernández  el año último. Es razonable que  la señora Carrió  imagine con anhelo  ese  cuadro, donde ella jugaría  el papel del Séptimo de Caballería.

Podría conjeturarse  que  la hipótesis de  una polarización de esa  naturaleza aproximada  se esconde, si  no  detrás  del  veto puntual  de  esta semana,  sí  de la  idea de una política de vetos  sucesivos  y ausencia de acuerdos y compromisos  entre el gobierno y la oposición.

Un veto  no hace verano  -particularmente  cuando atañe a una ley  que  ninguna fuerza ponderable está dispuesta  a defender  a capa y espada. Puede, incluso,  dar un buen rédito ante los inversores.  Una   continuidad  de vetos  sería otra cosa. Revelaría un  nuevo fracaso de la política, restauraría escenarios de confrontación, supondría nuevos problemas de gobernabilidad. 

Jorge Raventos 

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Twitter: @jorgeraventos

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