Domingo, 07 Agosto 2016 09:42

Entre la antipolítica y una nueva política

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La Justicia ha abierto otro paréntesis al incremento de las tarifas de energía. Tres semanas atrás el gobierno de Mauricio Macri sufrió su primer cacerolazo por ese motivo. El jueves 4 se  montaba otro. El domingo 7 las organizaciones piqueteras marcharán entre la iglesia de San Cayetano y la Casa Rosada. Claman por el desempleo, la inflación, la pobreza, las tarifas.

 

 

Desde 2001 las protestas callejeras y las cacerolas –no sólo en Argentina-  suscitan la inquietud de los gobernantes.

 

La reacción antipolítica recorre el mundo: de allí surgen distintos tipos de outsiders que  pueden transformarse, inopinadamente, en  emergentes del disconformismo y la decepción.

 

Esa reacción refleja la preponderancia de las simplificaciones y el cortoplacismo sobre las necesidades estratégicas y los procesos más complejos.  Revela también la decepción de los ciudadanos ante la impotencia  de los poderes nacionales, incapaces de controlar las fuerzas mayores de la época, que tienen sustancia transnacional y reflejan el establecimiento de una sociedad mundial y una economía globalmente integrada.

 

Mauricio Macri llegó a la Casa Rosada sostenido en una coalición con base en una endeble estructura partidaria y convergiendo con una ola de opinión pública no sólo contraria a la continuidad del kirchnerismo, sino escéptica frente a la política en general.

 

Macri inició su gestión apoyado en  sectores de opinión pública con una propensión al purismo, con sus aliados radicales asilados en la coalición parlamentaria o en  posiciones provinciales y municipales y  reticencia  a los acuerdos formales con el peronismo y con los actores sociales.

 

Pero es difícil gobernar desde la antipolítica. Especialmente si las   fuerzas parlamentarias propias son insuficientes,  la  mayoría de los gobernadores son peronistas y la calle es un territorio ajeno.

 

Los acuerdos se revelan indispensables para gobernar.  Cuando el gobierno acuerda,  las decisiones fluyen (holdouts, designaciones en la Corte, blanqueo, jubilaciones). Cuando eso no ocurre, el gobierno tiene que demorar sus propuestas, se ve obligado a vetar los proyectos ajenos o es paralizado por el cepo de la impotencia. Necesita acordar inclusive en el seno de su propia coalición, donde hoy desde Carrió hasta sectores de la UCR resisten sus decisiones sobre tarifas, por ejemplo.

 

El dispositivo de poder,  para funcionar,  necesita que  las piezas fundamentales trabajen en conjunto.

 

Hay un entramado de poder cuyos hilos básicos son  los núcleos de gobierno (de Nación, provincias, municipios). Allí hay una coincidencia objetiva: todos necesitan afirmar gobernabilidad y asociarse  para sostenerla. Desde esos poderes territoriales el sistema se extiende al Congreso, particularmente al Senado, donde el peronismo  ejerce la mayoría.

 

Pero lo que hay que dilucidar es si  ese sistema  de poder puede, por sí solo, restablecer puentes estables de confianza con la sociedad.

 

Tradicionalmente los partidos eran el tejido conjuntivo de la vida política, transmisores de la inquietud social  y conservadores y desarrolladores de valores e ideas comunes.

 

Hoy, cuando existen, solo cumplen esas funciones precariamente. Convertidos en meras maquinarias paraestatales antes que en laboratorios de ideas y puentes entre las preocupaciones y aspiraciones de la sociedad  y las respuestas del Estado, la democracia queda vaciada de dinamismo y de capacidad para generar nuevas propuestas, iniciativas y mecanismos constructivos de participación ciudadana.

 

Limitado a una articulación  de poderes nacional y subnacionales, sin apoyaturas dinámicas con la sociedad, el sistema de poder queda alienado de los vínculos que lo legitiman.  Un sistema político debe tener más dimensiones que la mera articulación de poderes estatales. Debe estar integrado con fuerzas políticas sólidas y vivas. Custodios y productores de ideas y valores.

 

Las protestas, de su lado,  funcionan como erupciones de demanda, pero hacen falta partidos que filtren y elaboren los reclamos con criterios que los conduzcan más allá del pataleo momentáneo. La política implica proyectar  el mediano y el largo plazo y empezar a construir lo que se verá como obra más adelante.

 

Para la lógica de los sucesos, la inmediatez, la “liquidez”, la fugacidad, hay instrumentos (medios, redes) mejor preparados que los partidos y los poderes. Pero la estrategia de una sociedad necesita ir más allá de la urgencia.

 

La política, tiene que actuar en un tejido de procesos, que necesitan persistencia, organización y acuerdos para perfeccionarse. 

 

Jorge Raventos

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Twitter: @jorgeraventos

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