Lunes, 07 Noviembre 2016 08:57

Estados Unidos elige entre la mediocracia y el fanatismo populista

Escrito por 
Valora este artículo
(0 votos)

Ronald Wilson Reagan fue electo como Presidente de los Estados Unidos en 1980 y reelecto en 1984 e introdujo nuevas y osadas iniciativas políticas y económicas.

 

 

Su política económica, entroncada en la llamada economía de la oferta, se haría famosa bajo el nombre de "reaganomics", caracterizada por la desregularización del sistema financiero y por las rebajas substanciales de impuestos implementadas en 1981.

 

En su primer período, sobrevivió a un intento de asesinato, marcó una línea dura con los sindicatos y además ordenó acciones militares en la independiente isla caribeña de Granada, próxima a la costa de Venezuela.

 

El segundo período de Reagan estuvo marcado principalmente por asuntos extranjeros, siendo los más importantes el fin de la Guerra Fría, el bombardeo de Libia, y la revelación del escándalo Irán-Contras.

 

Previamente el presidente había ordenado un masivo incremento militar para la lucha estrecha contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

 

Describió públicamente a la URSS como el "imperio del mal" y apoyó movimientos anticomunistas en todo el mundo a través de la denominada Doctrina Reagan. Negoció el Tratado para el desarme nuclear con el secretario general soviético Mijaíl Gorbachov, logrando el decremento de los arsenales nucleares de ambos países.

 

Como toda odiosa comparación Reagan fue para los EEUU lo que Menem quiso ser y no pudo para la Argentina.

 

Y lo que es mucho peor, Donald Trump puede ser–por su mesianismo- el nuevo Néstor Kirchner americano.

 

Lo que no logró Hugo Chávez con su “Patria Grande” lo puede lograr el magnate junto a su amigo -ex KGB- Vladimir Putin y afianzar en demasía una tercera guerra mundial sin precedentes y con multiplicidad de escenarios.

 

Su rabioso populismo no exento de racismo excede la mediocridad del patagónico y su heredera consorte, sospechada de comandar la asociación ilícita hoy hiperinvestigada por la desperezada justicia.

 

Nadie podrá disociar a Trump con el populismo y por ende –y traslación geográfica y contrafáctica- con el peronismo tardío que enardeció a los menos ilustrados con las alpargatas calzadas y los libros incendiados.

 

“Clinton o Perón”: diría un trasnochado “gorila” argentino…

 

Resulta difícil que Donald Trump gane la partida. Lo que en Estados Unidos llaman blancos no-especialmente-instruidos, los fanáticos religiosos, los sindicalistas, los racistas de todo pelaje que acampan en el bando de Trump, son muchos, tal vez demasiados, pero probablemente no suficientes para eclipsar a una candidata que trata de representar a la compleja realidad social norteamericana de hoy.

 

El fanatismo de Trump desnudó la mediocridad de una sociedad delimitada por normas jurídicas a las que debe respetar, pero dispuesta a violarlas si alguien le propone sacar de sus fueros íntimos los odios y resentimientos dormidos que imaginaba inexistentes.

 

Gane quien gane, el daño está hecho, y es inmenso. Nunca, en 240 años de continuidad, la democracia estadounidense corrió un riesgo semejante. La Guerra Civil de 1861 a 1865 tuvo un saldo de casi 800.000 muertos, pero su origen no fue un conflicto en torno a la democracia sino al pacto federal, desgarrado entre dos bandos irreconciliables por el tema de la esclavitud. La crisis actual dejará un cisma no menos grave: un cisma político, social, étnico, cultural y a fin de cuentas moral, que solo el tiempo, los cambios demográficos, el relevo de las generaciones y una sabiduría política suprema podrán, quizás, reparar.

 

Al decir de Enrique Krause en su artículo ““El cisma que creó Trump”, publicado en “El País” de Madrid: “El sustrato psicológico habitual del demagogo es triple: megalomanía, paranoia y narcisismo. Tres palabras significativas (o sus equivalentes) no faltaron nunca en las histéricas concentraciones de Trump: “Grande” (big, bigly, great, huge); “enemigos” acechantes (China, México, el islam) y, por supuesto, la palabra clave: YO (o su hipócrita sinónimo: NOSOTROS). De la combinación de las tres el demagogo arma su monótono mensaje: solo YO os haré grandes y enfrentaré a los enemigos, solo YO sé cómo instaurar un orden nuevo y grandioso sobre las ruinas que los enemigos dejaron. La historia comienza o recomienza conmigo. El borrón y cuenta nueva es otro rasgo distintivo del demagogo”. (Sic).

 

¿Qué pasaría si gana Hillary Clinton? Probablemente su gobierno se asemejaría al de su marido, pero como llegaría a la Casa Blanca condicionada por el apoyo de Bernie Sanders, y porque sus electores se lo demandarían, aumentaría el gasto público y sería menos responsable en materia fiscal de lo que fue Bill Clinton, un demócrata que redujo sustancialmente las erogaciones del “welfare state” y logró el extraño milagro de tener varios años con superávit en las cuentas de la Nación.

 

Resulta imposible recordar una compulsa electoral tan pobremente igualitaria por diferentes motivos; la frialdad carismática de Clinton frente al ultrismo oscurantista de Trump…

 

Aunque resulte paradojal, el eventual triunfo de Hillary Diane Rodham Clinton afianzará la salida más conservadora que hará respirar al mundo un aire gatopardista que exprese que en la aldea global nada ha cambiado.

 

“¿Qué ocurriría si Donald Trump triunfa? El mayor daño lo veríamos en las relaciones internacionales. ¿Por qué? Por sus declaraciones contra los mexicanos y sus extrañas simpatías por Vladimir Putin.”

 

“Por su rudimentaria forma de entender qué es ganar o perder en las transacciones entre empresas y países, propia de una mentalidad mercantilista premoderna. Por su incomprensión de lo que ha sido el rol de Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra mundial. Porque lo veríamos destruir la extraordinaria labor que comenzó a hacer Franklin D. Roosevelt en Bretton Woods en 1944, y Harry Truman un año más tarde, cuando le tocó presidir el país y creó la OTAN, el mejor instrumento para preservar la paz en Europa y en el mundo.” (Carlos Alberto Montaner).

 

Trump puede ser el clásico elefante en una cristalería. Hay algo escalofriante en una persona que cree que va restaurar la grandeza norteamericana, sin advertir que su país nunca ha sido más rico, ni más poderoso, ni más útil al resto del mundo, que los Estados Unidos de hoy.

 

Con el 24% del PIB mundial, las universidades más creativas, las empresas más innovadoras, el ejército más fuerte y una población sana y razonablemente joven, Estados Unidos debe darnos un ejemplo cívico al concierto civilizado de las naciones.

 

Un mundo complejo y al borde del precipicio así lo requiere.

 

Humberto Bonanata

www.humbertobonanata.com.ar  

www.notiar.com.ar  

www.sancernigimenez.com.ar  

Twitter:@hbonanata

Buenos Aires; Noviembre 07 de 2016

Visto 753 veces Modificado por última vez en Lunes, 13 Febrero 2017 22:36

Fundado el 4 de agosto de 2003

<

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…