Martes, 03 Enero 2017 13:06

¿Cristina? ¿Quién es Cristina?

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Quizá dentro de muy poco tiempo, muchas personas que creyeron ver a Cristina Fernández como una transfiguración del “oráculo de Delfos”, festejando su pretensión de recrear el Monte Parnaso para tocar la lira con divinidades lejanas, deberán rascarse la cabeza para recordar las razones por las cuales estuvieron embelesados durante años por los “gorjeos” de la reina que no fue.

 

 

Su “santuario” del Calafate vino a reemplazar al de Pitón, donde, según la mitología, una gran serpiente vigilaba al oráculo primitivo.

 

¿Podríamos considerar a CFK como la serpiente o el oráculo? Problema para los historiadores sin duda alguna.

 

Al menos, deberán reconocer que aquella propuesta que la distinguió para que diésemos un salto de calidad hacia adelante de cincuenta metros bajo su batuta –por decirlo metafóricamente-, se probó como de cumplimiento imposible; porque “cuando la diferencia entre lo posible y lo imposible depende de nuestra decisión, la fe puede ser muy útil, pero no transformará en posible lo que resulta imposible para nosotros, queramos o no. Creer otra cosa puede ser el comienzo de la locura…o el camino para enloquecer a los crédulos que nos escuchen” (Fernando Savater).

 

Cristina fue -le guste a ella y sus seguidores o no-, una persona que se instaló en lugares “preferentes”, arropada por una sociedad que le concedió (¿por inadvertencia?) sus deseos de acceder al sitial que les corresponde a los individuos especialmente calificados. Ella no lo fue, ni lo será jamás.

 

Más bien deberíamos reconocerla como una actriz melodramática, que hubiera enloquecido seguramente a cualquier director teatral que hubiese pretendido someterla al libreto original de una obra.

 

La improvisación de su verba descontrolada la llevó por caminos inesperados, hasta depositarla en lugares que no reconoció jamás como físicamente irreales, desde los cuales, aún hoy, sigue sacudiendo monsergas que rozan la esquizofrenia.

 

A la ex Presidente (cuesta nombrarla así, con sinceridad absoluta), solo le fue posible adelantarse al primer plano social y político bajo el ala protectora de su marido Néstor, quien, fiel a la tradición peronista y haciendo gala del machismo proverbial de algunos líderes políticos, usó a su consorte como mascarón de  proa de sus planes. “No le lleven problemas a Cristina”, solía decir a los incautos que pensaban encontrar en ella la serenidad de un gran dirigente.

 

Quizá porque no es tonta y sí muy ambiciosa, pretendió mimetizarse durante algún tiempo con la figura de Eva Perón –y por qué no, ser quien la superase algún día en la mitología peronista-, poniéndose siempre por encima de quienes la secundaron, corrigiendo agriamente sus supuestos yerros y vapuleándolos a su antojo como auténticos “chirolitas”, haciéndoles pagar muy caro su falta de sumisión cuando intentaban contradecirla.

 

En ese escenario, pretendió desarrollar un plan de gobierno sin pies ni cabeza, que terminó por confirmar cuán absurdos y peligrosos eran los proyectos de su consorte fallecido.

 

El diagrama psicológico del hombre “masa”, según Ortega, permite notar dos rasgos muy interesantes: “la libre expansión de sus deseos vitales -por tanto de su persona-, y LA RADICAL INGRATITUD HACIA CUANTO HA HECHO POSIBLE LA FACILIDAD DE SU EXISTENCIA. Uno y otro rasgo componen la conocida psicología del niño mimado”.

 

En este contexto debe entenderse la zancadilla que le tendieron a Eduardo Duhalde el hombre que los catapultó a un primer plano absolutamente inmerecido.

 

Cristina, una genuina representante de la masa -por excelencia-, se sintió siempre mimada por sus seguidores, creyendo por lo tanto que todo le estaba permitido, sin limitar sus propios confines y acostumbrándose A NO CONTAR CON NADIE COMO SUPERIOR A ELLA.

 

Esta sensación sublime, sólo tuvo algún atisbo de recato cuando su marido la obligaba a contenerse. Desafortunadamente para ella (y también para todos nosotros), Néstor se murió a destiempo, confirmando la inexorabilidad del mundo impredecible que solemos enfatizar en nuestras reflexiones.

 

A partir de ese momento, y sin cuidarse de su perfecta inutilidad para el cargo que desempeñaba, se regocijó día tras día con la desmesura de sus propósitos de convertirse en una “prima donna” absoluta y excluyente de la política, edificando una remake posmoderna de una malévola Alicia en el País de las Maravillas.

 

Si el kirchnerismo había nacido como proyecto político de poder y rapacidad compulsiva, luego de la muerte de Néstor se convirtió en espectáculo y montó una aventura con un rasgo adicional delirante: un brote de arquitectas egipcias, abogadas exitosas y émulas del Napoleón codificador redivivo. Un escenario que hubiera fascinado a Astor Piazzola, como argumento para componer una segunda balada musical que siguiera versando sobre la locura.

 

Los principios en que se apoya el mundo civilizado estuvieron totalmente ausentes en el manual kirchnerista, montado para satisfacer la egolatría de quien pensó que había nacido destinada a ser el principio y el fin de todo lo creado. Alguien para quien todo fue (y es) fatal, irrevocable y funcional al montaje de sus alucinaciones, para hacer y decir lo que se le dé la gana,  improvisando ácidamente sobre una realidad “real” que nunca aceptó.

 

Mientras ello ocurría, cada uno de los componentes del círculo de confianza que la rodeó aprovechaba para llenarse los bolsillos indebidamente, copiando el modelo de matriz productiva “personalísima” que tenía a la vista: el enriquecimiento contablemente inexplicable de sus “jefes espirituales”.

 

El mundo de los” twits” de estos días, en reemplazo de las diarias y atroces cadenas nacionales -que casi nos mandan a un neuropsiquiátrico a quienes debíamos oírlas por necesidad profesional-, desnuda hoy a  Cristina con claridad meridiana.

 

Ya no hace falta forzarse para interpretar lo que pretendía  mostrarnos con su aire de majestuosidad infatuada en otros tiempos, y la farsa del ventarrón informático sobre el que se monta para huir de su bien merecido destino aciago, solo puede vivirse con pena, indignación o alivio.

 

En nuestro caso, con alivio. Tanto, que a veces, cuando aparece su nombre o su foto en algún artículo que podríamos denominar “post mortem”, sentimos una voz que nos susurra interiormente: “Joder, ¿Cristina? ¿Quién es Cristina?”

 

Carlos Berro Madero

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