Miércoles, 28 Diciembre 2016 09:30

El peronismo es incapaz de definirse a sí mismo - (Reflexiones de un argentino perplejo)

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 “La gran generalidad de los hombres desciende al sepulcro no sólo sin haberse conocido a sí mismos, sino también sin haberlo intentado” -Jaime Balmes

 

 

Basta oír el tenor de las expresiones de los peronistas (o los que dicen serlo), para comprobar cuán pocos de ellos gustan de verificar las razones por las que nunca han conseguido definirse, mediante un vocabulario que los acerca a un “ni, ni” (ni esto… ni aquello). O si se prefiere, un “poco de esto… y de aquello”.

 

No hablaremos de historia. No es necesario. Muchos mayores de 50 o más años la conocemos, y estamos convencidos, como Balmes, que “la diferencia que media entre un hombre vulgar y otro sobresaliente, no consiste a menudo sino en que éste conoce con claridad, distinción y exactitud, lo que aquél solo conoce de una manera inexacta, confusa y oscura”; con lo cual no hace falta saber –a la luz de la ineficacia demostrada para gobernar cuando tuvieron el poder-, cuál es la definición que mejor les cabe.

 

Esa historia que indica que estuvimos en los años 30 entre los países más prósperos del mundo, y hoy –en gran medida gracias a ellos-, nos encuentra sacando cuentas con lo poco que nos queda en el fondo de los bolsillos para poder hacernos cargo de las facturas justipreciadas de luz y gas.

 

Treinta millones de pobres, huelga de inversionistas y temor de la ciudadanía a quedar en cualquier momento “con el traste al aire” una vez más, ejemplifican mejor que cualquier otra razón el resultado de las políticas públicas de quienes han vivido recitando embelesados los apotegmas de Juan Perón, un militar autoritario que disfrutó con la suma del poder político, distribuyendo lo que no le pertenecía sin pensar en reponerlo y disimulando hipócritamente su afecto entrañable por el fascismo corporativo de la Europa de los 40.

 

Un hombre que manifestó que cuando accedió a los pasillos de las bóvedas del Banco Nación por primera vez debía caminar “pateando lingotes de oro” (acumulados durante años por la prudencia del conservadurismo supuestamente apátrida).

 

Oro al que le dio el peor destino, comprando las empresas que explotaban los ferrocarriles y los teléfonos que hubiera podido adquirir por monedas si hubiese tenido más visión política (las compañías que los explotaban perdían dinero a chorros). El mismo que, poco tiempo después, cuando hubo de reparar los “descontroles” de su economía fóbica, le preguntaba a sus adeptos desde los  balcones de la Rosada para qué querían un dólar, si éste prácticamente “no tenía gran valor”.

 

Hoy, los hijos y nietos de quienes le oían decir y hacer estos disparates, son los primeros en correr presurosos a proveerse compulsivamente de los billetes estadounidenses despreciados por el “león herbívoro” (sic, respecto de sí mismo).

 

Como niños sin sentimiento de culpa, los peronistas siguen aún hoy jugueteando y retozando con la deformación de la verdad, o se quejan por los resultados nefastos de sus propias barrabasadas, adjudicándoselas hasta…a la presión atmosférica.

 

En materia económica –por dar un solo ejemplo-, han confundido sistemáticamente los conceptos de “suficiente” e “insuficiente”,  “productivo” e “improductivo”, abjurando del capitalismo “salvaje” (¿), al que decidieron combatir “desde la primera hora”, según nos lo hacen saber a través de los versos de su himno de cabecera. Lo cual no impidió jamás, por supuesto, que al retirarse de la función pública la abandonaran con los bolsillos repletos de dinero de origen incierto. Por decirlo elegantemente.

 

Estamos hablando de un “sentimiento” que nos asola desde hace décadas, montado sobre el apotegma más fervoroso de sus partidarios: para un peronista no hay nada mejor que otro peronista, dicen, probablemente porque SON INCAPACES DE EXPLICARSE A SÍ MISMOS ANTE LOS DEMÁS.

 

Ha llegado el momento de no atender más la improvisación de su guitarreo habitual que versa sobre “consenso”, “nacional y popular”, “los humildes”, “la defensa de la industria nacional” (¿aún hoy “flor de ceibo”?), “la insensibilidad de los ricos” (hoy ellos en su gran mayoría), “el legado de Perón y Evita, la abanderada de los humildes” (que tenía en su morada un vestuario digno de la majestad de una princesa real), “sin peronismo no hay futuro posible”, etc.

 

O varios etcéteras. La lista sería casi inacabable merced a la inagotable inventiva “payadora” de sus autores.

 

Tiempo de volver a preguntarles por aquellos dichos de su líder carismático: “alpargatas sí, libros no”, o “por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de los otros”, o también por el uso del alambre de fardo para atar a sus enemigos.

 

Creemos que de acuerdo con lo que tenemos a la vista, el negocio de la improvisación está concluido y es preciso acabar con las vaguedades hoy mismo. Dentro de un rato. Nada de nuevos proyectos supuestamente tan fáciles de ejecutar que nos han llevado a la ruina. ¡Basta de hurgar en la búsqueda de “grandes causas” en vez de dedicarnos a las pequeñas!

 

Dejemos de prestar atención al lenguaje “del corazón” y démosle cabida a la inteligencia sin más demoras, sabiendo que “una cosa justa no pierde justicia por sernos desagradable y una cosa injusta, por sernos agradable no se lava de la injusticia” como sostiene Balmes.

 

“El mundo real no es el mundo de los poetas y novelistas; es preciso  considerarle y tratarle TAL CUAL ES EN SÍ; no sentimental, no fantástico, no soñador, sino POSITIVO, PRÁCTICO, PROSAICO” (siempre Balmes).

 

Las exageraciones peronistas han llegado a un punto tal que han transformado en malos los sentimientos buenos.

 

Esas exageraciones que con el advenimiento del kirchnerismo pusieron a la vista la rapacidad inmisericorde de sus líderes como nunca, sobreestimando en tal medida sus virtudes que los eyectaron poco menos que a la estratósfera (a través de los discursos de la fervorosa arquitecta egipcia fallida). Esa  estratósfera que Menem prometió nos ayudaría a alcanzar mediante vehículos espaciales construidos durante su gobierno.

 

El peronismo pertenece a la estirpe de los machos “alfa” y los lazos  entre sus miembros se basan en el contacto íntimo diario. Se abrazan, se besan, se acicalan y se hacen favores mutuos. Suelen pasar juntos mucho tiempo, ayudándose unos a otros en tiempos de dificultades, habiendo afirmado su “doctrina” sobre mitos que se van contando los unos a los otros a través de los años.

 

Podemos asegurar sin temor a equivocarnos que el néctar peronista se alejó SIEMPRE de la realidad “real”, construyendo un manantial de acciones ruinosas que contribuyeron a desembarcarnos finalmente a las puertas de un futuro absolutamente incierto.

 

Lo único que les falta es reunirse cada luna llena para bailar juntos alrededor de una hoguera.

 

Lo peor de todo, es que a pesar de esto, y no obstante la sintomática derrota electoral reciente, parecen estar preparándose para ir por más. Estemos alertas pues, para que no logren retomar su tarea demoledora con la majestad brutal de sus imposturas.

 

Es nuestro más ferviente deseo para este fin de año 2016, sin importarnos demasiado –con el debido respeto- la opinión del peronista Papa Francisco y sus voceros “oficiosos”.

 

Las cosas por su nombre.

 

Carlos Berro Madero

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