Viernes, 16 Diciembre 2016 09:43

Generosidad prohibida

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 “Una buena conversación debe agotar un tema, no a los interlocutores” -Winston Churchill

 

 

La sociedad argentina, discrepante por naturaleza, no parece albergar en el espíritu de los ciudadanos la generosidad suficiente  para reconocer los logros de NADIE.

 

En un constante ejercicio de críticas destructivas, procura alejar de sí el dolor de no ser lo que quizá alguna vez fue, apostando siempre sus esfuerzos a ideas generosas que solo lindan con lo imaginario y, por lo tanto, impracticable.

 

Constituye, de algún modo, una suerte de veneración por una especie de locura colectiva que lleva a pensar que con emociones intensas y contradictorias el rumbo de la sociedad se aclarará y dará lugar a invenciones e inspiraciones mágicas mucho más felices, que conducirán a un bienestar que nos ha sido esquivo; olvidando que esto ha sido así, casualmente, porque hemos apostado siempre a ellas.

 

Una suerte de círculo vicioso donde la excelencia se busca en la veneración de algunos locos que andan sueltos como si fuesen sabios u oráculos, reinventando la realidad a su imagen y semejanza, en detrimento de la verdad.

 

Muchos de ellos han integrado el pelotón variopinto que dio media sanción a un proyecto de ganancias inviable en las determinaciones del articulado que lo sostiene, como parte de su temprana preparación para hacer frente al gobierno en las elecciones del año que viene, demostrando la recurrente idiosincrasia de “travesuras” políticas más propias de adolescentes.

 

No sabemos qué hará el Presidente si el Senado de la Nación convalida el engendro, pero estamos seguros –ya lo hemos dicho-, que si ello sucediera, el Ingeniero Macri debería vetar la ley y pagar el costo político que sea necesario POR RESPONSABILIDAD.

 

Aflojar en estas circunstancias significaría continuar con una actitud “zen”, que hasta ahora no le ha ocasionado más que burlas de quienes no lo quieren ver ni en un álbum de figuritas.

 

Sobre todo, si como dice Churchill, el tema parece estar agotado ante la VELOCIDAD IMPERATIVA impuesta por una mayoría  peronista opositora, que después de ignorar el problema durante diez años, parece decidida ahora a hacer pesar sus votos en el Congreso para sacar la ley como sea.

 

Debería recordar el peligro que señala Nietzsche cuando dice que “en medio de la naturaleza, el hombre es siempre el niño por antonomasia, un niño que en ocasiones tiene una pesadilla dolorosa y llena de angustia, pero que, cuando abre los ojos, se ve nuevamente en el paraíso”.

 

Un paraíso construido por su imaginación, que lo conduce a contrariar las evidencias de la realidad. Para Cambiemos la realidad es que debe hacerse cargo de aquello por lo que luchó para conseguir: gobernar sin atajos, haciendo aquello que resulte en beneficio del equilibrio social y económico.

 

¿Qué puede hacerle al gobierno un paro o un piquete más? De hecho, la ciudad ya está jaqueada diariamente por cualquier motivo por hordas de insatisfechos, que son los mismos que agachaban la cabeza frente a Néstor y Cristina.

 

Los “estados enfermizos” que se han apoderado de nuestra  sociedad, nos siguen aferrando a una terapia intensiva permanente, al sentirnos contenidos por una aureola de presunta inocencia personal que nos aleja de los problemas, mientras creemos que no mencionarlos o adjudicarlos a la maldad de “los demás”, nos pone fuera de cualquier peligro de contaminación.

 

Terminado el perverso ciclo kirchnerista –un patético intento de vivir en medio de un torrente de interpretaciones falsas-, buscamos desperezar nuestra inteligencia, sin manifestar la menor disposición para reconocer que el paraíso bien señalado por Nietzsche exige un acto de contrición profunda que permita salir de los mitos que, en nuestro caso, nos llevaron a dejarnos gobernar por políticos de muy mala reputación a quienes seguimos mansamente como carneros degollados.

 

Es lo único que permite entender la catarata de críticas que emergen de todos los rincones respecto del gobierno de Cambiemos, y prueba que la sociedad no parece haber sentido aún la necesidad de aborrecer de teorías falsas e imaginarias por medio de las cuales los K pretendieron apartarnos  de la razón. Las que, dicho sea de paso, les permitieron instalar el régimen más corrupto que haya existido en la política argentina en los últimos cincuenta años.

 

Es bien sabido que una sociedad “no se muestra igualmente moral en todo momento; y si juzgamos su moral por la capacidad de sacrificio en aras de los demás y de renuncia a sí misma, advertimos que generalmente donde más moral se muestra es en la PASIÓN; esta emoción superior le permite tener unos impulsos insustanciales, de los que nunca se habría creído capaz en un  estado de frialdad y serenidad”, sigue diciendo Nietzsche.

 

Esta certera descripción, debería llevarnos a ser más generosos con quienes han llegado para alejarnos de un escenario monstruoso en donde el autoritarismo y la inflexibilidad “coparon la banca” durante doce largos años, dejando una secuela de violencia que aún perdura.

 

Cambiemos sufre la típica desgracia de los gobiernos claros, resueltos y de buenas intenciones, que son considerados triviales y a los que  nadie parece tenerles respeto, mientras se les adjudican toda suerte de “trascendidos” falsos o desviados, con los que se intenta socavar su autoridad poniendo en duda su eficiencia.

 

Para clarificar todo lo antedicho, volcamos aquí otras reflexiones del filósofo austríaco que parecen describir muy bien los esfuerzos de algunos nostálgicos simpatizantes del peronismo en general: “lo incompleto produce a menudo más efecto que lo completo, sobre todo en el panegírico; porque para lo que se propone, NECESITA PRECISAMENTE EL ENCANTO DE LO INACABADO, como un elemento irracional que extendiera un espejante mar ante la imaginación del auditorio, que ocultase como una bruma la orilla opuesta; es decir, los límites del ser que se trata de alabar. Cuando se citan los méritos de alguien SIN EXTENDERSE EN LOS DETALLES, se hace nacer siempre la sospecha de que esos son todos sus méritos, porque lo acabado tiene el efecto de debilitar”.

 

¿No puede descubrirse en estas palabras el espíritu revulsivo de quienes se fueron en medio de un desastre y tratan hoy de explicar que “ellos” hubieran hecho mejor las cosas de haber sido votados nuevamente?

 

Carlos Berro Madero

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