Viernes, 09 Diciembre 2016 13:16

La estudiantina peronista

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Nietzsche se preguntaba qué es más razonable, si parar una máquina cuando ya ha realizado el trabajo, o dejar que siga andando hasta que se rompa. Parecería que en el siglo dieciocho tenía unos buenos catalejos para anticiparse a los acontecimientos que ocurren en el siglo veintiuno.

 

 

En eso debe estar pensando en este momento el Ingeniero Macri ante el espectáculo de un peronismo “amuchado” que procura romper los acuerdos de gobernabilidad indispensables para salir del atolladero en el que ellos mismos nos dejaron.

 

El proyecto de ganancias votado ayer por los adeptos de Massa, Kicillof, Recalde, Lavagna, Camaño, Solá, Bossio y compañía no hace más que ratificar su idiosincrasia. Como dicen los reos: “cualquier pilcha les queda bien” cuando se trata de dar un paso hacia el restablecimiento del mundo voluntarista al que son tan afectos.

 

Un proyecto que les importó poco y nada debatir en los doce años que gobernó el kirchnerismo CON SU CONSENTIDA COLABORACIÓN Y PROTAGONISMO.

 

Todos los tributaristas que hemos consultado –apolíticos todos-, nos han explicado en detalle las características del “pastiche” propuesto (que por otro lado se advierte al leer, aún como lego en la materia el articulado del proyecto), que duplica impuestos existentes con otros nombres, crea otros que conspirarán contra los ahorros de ciudadanos que apostaron al blanqueo, como una manera de contribuir al esfuerzo de reconstrucción comenzado y fomentará las dudas de quienes pensaban que se puede invertir en el país, al ver que éste cambia sus reglas “cuando y como se le canta”.

 

Decididamente, los políticos peronistas son lo más parecido al pueblo de la anécdota que retrata a quienes seguían alegres detrás del flautista de Hammelin fascinados con su música, mientras eran llevados por éste al medio del río para ahogarse.

 

Siguen demostrando que pueden proponernos marchar de la noche a la mañana detrás del más solemne disparate como si tal cosa, porque su vanidad no tiene límites y solo trabajan para confirmar su creencia de que aún conservan el poder para trabar y desnaturalizar las decisiones neurálgicas indispensables para el desarrollo de nuestro país.

 

¡Y vaya si lo hacen!

 

Un tiempo antes de votarse esta iniciativa inflacionaria, el señor Massa se reunió con el Presidente y ambos acordaron no contribuir a desfinanciar las arcas públicas, lo que en este caso significaba no comprometer un déficit presupuestario que se situó  en alrededor de 27.000 a 30.000 millones de pesos anuales, lo que luego fue aprobado en el Congreso.

 

Dicen los expertos consultados que este proyecto crea un agujero fiscal cercano a los 70.000 millones de pesos, además de ciertas dobles imposiciones que serán recurridas y pueden ser anuladas por la justicia con posterioridad, obligando a rascarse la nuca para saber cuál será su reemplazo. Además del galimatías que surge de un articulado confuso, “espeso” y contradictorio.

 

Esto pone en evidencia una vez más el espíritu estrecho de quienes solo saben vivir en una atmósfera impregnada por el objetivo de lograr, a cualquier costo, el reconocimiento popular a través de falsedades y argucias tramposas y retóricas que constituyen el fin de sus afanes (no confundir con “afanos” por  favor).

 

Es sabido que los mediocres jamás sospechan de la imagen que reflejan de sí mismos y olvidan que es una máscara que pone en evidencia sus limitaciones “no visuales”.

 

¿No inspira rechazo la fotografía pública de los harapientos que lograron pergeñar el mamarracho votado (así lo han calificado nuestros informantes “académicos”), regocijándose como una estudiantina escolar adolescente y contradictoria?

 

Es cierto que queda aún la instancia del Senado de la Nación, pero tenemos serias dudas de que éste impida que se consume la vuelta de un Frankenstein peronista arrollador que desea retornar al podio de los vencedores (en este caso a lo Pirro).

 

El Presidente tendrá entonces un solo camino: el veto. Reafirmará de tal manera la confianza de quienes lo eligieron para que lograse lo que sea mejor para todos, evitando al mismo tiempo seguir echando baldes de nafta a un  fuego que recién comienza a apagarse.

 

Y no vale el argumento de quienes le enrostran haber prometido algunas cosas que no cumplió en la extensión de lo prometido, habida cuenta del desastre que encontró en cada escritorio de la administración pública al tomar posesión de su gobierno.

 

En nuestra opinión, la duda de Nietzsche quedará así totalmente resuelta.

 

Carlos Berro Madero

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