Miércoles, 16 Noviembre 2016 10:36

Donald Trump, una consecuencia del mundo impredecible

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El escritor y psicólogo estadounidense Warren Bennis, predijo en los 70 el advenimiento progresivo de una decadencia de la burocracia política, asegurando que habría que ir mirando qué ocurriría más allá de ella. Que el cambio no sería explosivo, pero se agudizaría más y más por su incapacidad para adaptarse a  acontecimientos que irían ocurriendo con una rapidez inesperada.

 

 

Resulta muy visible que la tradicional estabilidad -en los términos conocidos-, se ha desvanecido hoy en todas partes, al compás del paso arrollador de la tecnología y las comunicaciones, que han adquirido una velocidad difícil de “amortiguar” por parte de organizaciones políticas incapaces de adaptarse a un ritmo vertiginoso de vida.

 

Esta velocidad le exige hoy a dicha burocracia -convertida en un paquidermo sin flexibilidad-, que atienda cuestiones acuciantes en forma imperativa sin que pueda lograrlo, lo cual debería ser motivo de profunda reflexión por parte de los “profesionales” de la política.

 

En ese escenario, los Estados Unidos acaban de darnos a todos una lección de sociología contemporánea; en mayor medida, a quienes edificaron sus pronósticos basados en una visión obsoleta de la realidad frente a la manifiesta desaparición de la “permanencia” de otros tiempos.

 

Los problemas de hoy han dejado de ser rutinarios, exigiendo a los líderes una dosis de heterodoxia, creatividad y arrojo frente a la transitoriedad alarmante del mundo del trabajo, la revolución tecnológica (que vuelve casi inútiles algunos instrumentos a poco de nacer) y, como consecuencia, la desaparición de ciertas lealtades permanentes que fueron la base de los partidos políticos tradicionales.

 

Hillary Clinton representa, a nuestro entender, la política de fines del siglo 19 y principios del 20 y Donald Trump es la cara visible de la sociedad líquida del siglo 21. Una sociedad que rechaza sostener a una burocracia que ejecuta políticas públicas de un entramado demasiado “espeso” para resolver con urgencia los cambios señalados.

 

Esa espesura -mayormente “socialista”-, apegada al sostén de corporaciones estratificadas, demostró su ineficacia a la hora de encontrar soluciones prácticas para quienes viven con enormes dificultades de supervivencia, apostando solamente a la redistribución del ingreso y los subsidios públicos, sin detenerse a analizar de qué manera nacerían los fondos genuinos necesarios para construir el bienestar que prometen.

 

El antiguo sentido de lealtad hacia los partidos políticos se ha ido esfumando, porque la evolución tecnológica ha llevado a la sociedad mundial a un nivel de transitoriedad nunca vista antes, convirtiendo al ciudadano en un nómade cultural que ya no permanece en un solo lugar, ni firma contratos de fidelidad perpetua con nadie.

 

Todo se vive hoy en forma instantánea: la educación, la comida, los viajes, el acceso a la “pertenencia”, destruyen implacablemente el mundo estable que se vivió en otro tiempo, mientras la mente del hombre se ve aturdida por imágenes que van cambiando ante su vista con una vertiginosidad que lo abruma.

 

El cambio climático, los notables descubrimientos científicos y el afán de acceder a bienes “superiores” han adquirido la forma de “rayos de comunicación masiva” y es necesario monitorear un sentimiento que inunda a la sociedad: la sensación de que somos meros transeúntes de paso, mientras la vida de carne y hueso y el vecino de “la puerta de al lado” parecen haberse convertido en meras referencias circunstanciales.

 

Vivimos una etapa “sensorial”, donde los rumores de arrastre son de una potencia hasta hoy desconocida.

 

En ese escenario, acaba de finalizar la reciente elección estadounidense y no debe causar sorpresa alguna que el anquilosado establishment capitaneado por los burócratas de Washington -aplaudidos por periodismo, encuestadores y sociólogos aferrados al “sistema” imperante-, haya caído en su propia trampa, olvidando que “afuera” seguía aumentando la desigualdad y la injusticia de una sociedad que había comenzado a detestar el parecerse a los demás sumergidos del mundo, en un país que llegó a ser la primera potencia mundial.

 

Aquellos cuáqueros inmigrantes que llegaron desde Inglaterra en el mítico Mayflower, para ejercer el derecho a profesar sus creencias y su afán de progresar individualmente en libertad, fundó las raíces de quienes se enorgullecían de poder levantarse de la noche a la mañana (“in an overnight”) para unirse ante cualquier adversidad y construir proyectos de largo alcance, que lograran la obtención de una prosperidad colectiva ascendente: el bien llamado “sueño americano”.

 

Esto fue así hasta que la burocracia política extendió sus tentáculos poco a poco, convirtiendo a la sociedad en un escenario de criaturas dependientes de un “sistema” poblado por funcionarios que competían por agrandar su influencia ideológica, mediante el aumento desproporcionado, omnipotente y elefantiásico del Estado.

 

En los últimos diez años, hemos sido obligados a adoptar un estilo de vida “standard” al influjo de una tecnofobia asfixiante enemiga de toda innovación renovadora, que fue creando subestructuras absolutamente innecesarias con el objetivo de justificar su propia existencia, para lo cual se desarrollaron planes de gobierno ineficientes, financiados en forma incierta e inflacionaria, para atender crecientes demandas populares insatisfechas, obteniendo como resultado el aumento del déficit de los Estados en forma colosal.

 

Comienza el tiempo pues en que la sociedad estadounidense –y la de todo el mundo, por supuesto-, deberá resolver el enigma que representan hombres que, como Donald Trump, arriban al poder por afuera del sistema burocrático imperante, representando de algún modo la irrupción en carne y hueso de las profecías de Warren Bennis.

 

Muy pronto –quizá en semanas-, sabremos a qué atenernos, porque como nos recordaba Góngora: “el tiempo, ni vuelve, ni tropieza”.

 

Carlos Berro Madero

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