Miércoles, 02 Noviembre 2016 10:03

¿Un proyecto social de largo aliento?

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La primera condición para que el título de estas reflexiones sea realidad, es que nos hagamos cargo todos de la enorme dificultad que entraña, porque es muy difícil reformar una sociedad que ha vivido de ambigüedades, ensueños y desesperanzas.

 

 

Nos gustaría recordar, ante todo, una frase del economista  francés Charles Dupont-White en su prólogo de 1860 a la obra “On Liberty”, de John Stuart Mill: “La continuidad es un derecho del hombre y un homenaje a todo aquello que lo distingue de una bestia”.

 

En ese sentido, las instituciones de una república representan un símbolo que debe refirmar su valor mediante la continuidad de las políticas públicas de todos los gobiernos, a fin de regular ordenadamente la vida social y darle contenido a cualquier programa de desarrollo.

 

Cada nuevo presente se transforma así en la presencia simultánea  del pasado y del porvenir, un lugar donde futuro y pretérito existen en forma efectiva para consolidar la continuidad de cualquier proceso político.

 

Nuestra anatomía social ha permanecido lejos de este escenario,  porque, como decía Ortega, “las revoluciones” (a las que hemos sido tan afectos), “tan incontinentes en su prisa hipócritamente generosa de proclamar derechos, han violado siempre, hollado y roto, el derecho fundamental del hombre, cual es la definición misma de su sustancia: el derecho a la continuidad”.

 

Ninguna revolución puede hacernos creer que el pasado es parte  de un vetusto ceremonial sin valor, ni debería desconocer la sustancia del mismo, precisamente porque ha pasado y sigue  existiendo para todos “sobre nuestra espalda”, como agrega el filósofo madrileño.

 

Apostar a cambios, supuestamente “revolucionarios”, con la idea de arrasar lo que se considera que ya no está vigente, o se disfraza con “nuevos” atributos absolutamente falsos ha sido nuestro talón de Aquiles en materia política.

 

Por el contrario, puede observarse hoy que Cambiemos ofrece, probablemente por primera vez en años, varias diferencias conceptuales respecto de otros gobiernos, que valdría la pena destacar:

 

  • a) reniego de cualquier espíritu renovador “absolutista”;
  • b) confirmación de la continuidad de políticas públicas precedentes que fueren útiles para confirmar el espíritu solidario de la sociedad;
  • c) diálogo y rectificación en cuanto asunto de interés público lo amerite;
  • d) construcción de dichas políticas públicas careciendo de mayoría parlamentaria y aceptando este reto como parte de las reglas de juego permanentes de la democracia;
  • e) volver al respeto por los valores dictados según el principio de la ética de la responsabilidad;
  • f) pragmatismo económico, sin descuidar el rigor necesario para tratar ciertos asuntos de imposible resolución “fulminante”;
  • g) destierro del lenguaje gaseoso tan caro a la demagogia;
  • h) luchar para poner en evidencia que la libertad y la diversidad no interesan solamente al gobierno, sino que benefician a toda la sociedad;
  • i) ausencia de presión sobre la justicia para que ésta resuelva con independencia las causas en trámite en los tribunales.

 

Es probable que esta sucinta enumeración efectuada al “correr de la pluma”, omita algunos otros” ítems”, pero nos parece que como muestra indicativa resulta elocuente por su fuerte contenido cultural.

 

Asimismo, deberíamos reconocer que el gobierno tiene una percepción intelectual que le permite dejar atrás las abstracciones, sin dejarse llevar por discursos que tiendan a dejar satisfecha a la sociedad “en la superficie”, mientras señala con exactitud los problemas que debemos afrontar. No solo por la más reciente herencia recibida (a la vista), sino por la imposibilidad de revertir en poco tiempo una decadencia que excede largamente dos o tres períodos de gobierno anteriores.

 

Los funcionarios de Cambiemos no abusan de la retórica al comunicar noticias oficiales y no recitan el tradicional paisaje oratorio cuasi poético tan caro a la política demagógica,  alejándose de cultivar ciertas artes orales engañosas que conducen en general a solemnes dislates conceptuales.

 

Parecen decir, como reza el refrán español: “al pan, pan y al vino,  vino”.

 

Después de haber sufrido más de una década la vanidad y la  soberbia del kirchnerismo, lo descripto hasta aquí no es poca cosa y mueve a pensar que quizá estemos viviendo los albores de una etapa política diferente al conjuro de una coalición que puede constituirse en un instrumento que abra la puerta al fortalecimiento de nuestra vapuleada democracia.

 

Una continuidad como la señalada por Dupont-White, que excluya definitivamente –por otra parte-, la prevalencia del pensamiento único peronista que, bajo diversas metamorfosis, ha sido el motor de las sucesivas revoluciones políticas “fundacionales” que se convirtieron en una carrera desenfrenada para acceder al poder y mantenerse en él a cualquier precio.

 

El exitoso financista J.P. Morgan solía decir que “el primer paso  para llegar a alguna parte, consiste en decidir con firmeza que uno no va a quedarse eternamente donde está”.

 

¿Habremos comenzado a darlo de la mano de Cambiemos?

 

Carlos Berro Madero

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