Miércoles, 26 Octubre 2016 09:38

¿El aborrecible Donald Trump o la sabihonda Hillary Clinton?

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 “Una verdad sin interés, suele ser eclipsada por una falsedad emocionante” -Aldous Huxley

 

 

La campaña presidencial de los Estados Unidos está exhibiendo el fanatismo con que algunos partidarios de Donald Trump lo llenan de elogios por su sinceridad, desenfado verbal y apelación al “american way of living”, sin que las desagradables aventuras publicadas sobre su pasado hayan hecho mella en el porcentaje todavía elevado de sus adeptos.

 

Sus adversarios, alineados detrás de “los” Clinton, le regalan mientras tanto a manos llenas y con el mismo fervor, los motes de ignorante, estúpido, inhumano, monstruo y otras lindezas por el estilo, mientras tratan de minimizar los dudosos antecedentes morales de una pareja con pocos escrúpulos a la hora de ocultar las trapisondas de la tumultuosa historia política de Bill, tanto como Gobernador de Arkansas, como Presidente (muchos opinan que entre él y Néstor Kirchner no hay mucha diferencia en cuestiones de liderazgo corrupto), y el perfil gélido de Hillary, a quien le cuesta mucho disimular su soberbia (¿Cristina made in USA?) y su falta de escrúpulos a la hora de responder -entre otros “pecados”-, por sus transgresiones al uso indebido de los correos electrónicos oficiales mientras se desempeñó como funcionaria del Estado.

 

Ambas facciones están luchando para volcar en su favor el favoritismo de una adormecida opinión pública –merced a la anodina tarea realizada por el gobierno de Obama-, a fin de que ésta despierte de su letargo y se alinee con los principios de los Padres de la Patria, sobre los que ambos candidatos se adjudican la verdadera interpretación.

 

Trump se muestra a veces como un parroquiano que sale alcoholizado de una taberna en la madrugada, mientras Hillary se disfraza de sibila, y usa palabras de un inocultable sentido profético, alertando a todos sobre los riesgos que afrontan quienes creen que su rival es un buen candidato, usando argumentos casi esotéricos, acerca del supuesto peligro que engendra quien tendrá el poder de pulsar el “botón rojo” (metáfora que alude a la activación de la guerra nuclear), lo que constituye una exageración ofensiva para la inteligencia de cualquier persona.

 

Los dos han manipulado la supuesta injerencia de Putin sobre las elecciones con argumentos que lucen como infantiles, lo que prueba el grado de ligereza con que manejaron aseveraciones absolutamente innecesarias.

 

Al mismo tiempo, casi todos los medios informativos ocultan o  tergiversan asuntos que debieran ser puestos en conocimiento público sobre la base de la verdad, sabiendo que el daño o el provecho de las noticias emitidas podrían multiplicar sus adherentes o condenarlos a la indiferencia popular. Por lo tanto, han puesto el máximo empeño para que sus editoriales se mantengan, en su gran mayoría, en el terreno de las suposiciones y los trascendidos.

 

Se ha establecido así una lucha entre desmentidas recíprocas de ambos bandos, donde la “fe de erratas” está depositada en la exageración, la desfiguración o la mentira, sobre noticias que resulten convenientes a la eventual veracidad de ciertos hechos que huelen sospechosamente a haber sido “armados”.

 

La política, con mayúscula, se ha visto bastardeada así hasta extremos inimaginables, en un país que resguardó siempre la vigencia de los valores morales.

 

Esto ocurre, seguramente, porque los dueños de los medios han tenido en cuenta en todo momento lo que sostiene Jean Revel acerca de la verdad en materia de información: “la capacidad del hombre para construir en su cabeza más o menos cualquier teoría, para demostrársela a sí mismo y creer en ella, es ilimitada.

 

Solo es igualada por su capacidad de resistencia a lo que la refuta y su virtuosismo en cambiar, no por haber tenido en cuenta informaciones hasta entonces desconocidas por él, sino para responder a sus exigencias pasionales”.

 

Hay que recordar también, que cuando se trata de enfrentar situaciones de extrema gravedad -cual resulta ser la confirmación o rectificación del rumbo político de una potencia mundial-, el mantenerse fiel a la virtud y a la verdad es heroísmo. Y el heroísmo es un sentimiento raro de encontrar en estos tiempos en todo el mundo.

 

Se advierte asimismo –en ambas bandos-, la presencia de una ideología subyacente que apunta a crear: a) un instrumento de poder; b) un mecanismo de defensa contra la información que no convenga que sea revelada; c) un pretexto para sustraerse a la moral haciendo el mal o aprobándolo con una “buena conciencia” y d) un medio para prescindir de la experiencia y eliminar o aplazar indefinidamente los criterios de éxito o fracaso.

 

De alguna manera, se ha buscado también amortiguar un hecho decisivo que  afectará fundamentalmente al candidato triunfante: la composición del Senado estadounidense, que podrá apoyar o bloquear gran parte de las iniciativas del próximo presidente. Ello debería ser tenido en cuenta al analizar las consecuencias emergentes de la compulsa, por el respeto al tradicional equilibrio de poderes que ha puesto en jaque en los últimos tiempos al Ejecutivo.

 

Todo esto mueve a profundas reflexiones sobre el poder que ejercen ciertos medios de comunicación desaprensivos, al multiplicar la trastienda exótica que ha rodeado esta confrontación, convirtiendo la campaña en un auténtico vodevil, en donde a Trump se lo exhibe con los defectos de los emprendedores sin escrúpulos y a Hillary se la representa como parte de los intereses de la peor burocracia dominante hoy en Washington DC.

 

Por lo expuesto, es posible que muchos votantes se acerquen a las urnas tapándose la nariz con los dedos, repitiendo un gesto que se ha vuelto muy popular en el mundo entero en acontecimientos similares, lo que hace pensar, a pesar de las encuestas de opinión pública, que nada está definitivamente claro aún.

 

Quizá lo más importante de cara al futuro, consista en observar en su momento la forma en que se comporte después de las elecciones el candidato que pierda las mismas. Sería saludable que se uniera con el ganador,  manifestando como acostumbraba decir en algún tiempo la tradición política en Francia frente a una transición: “le Roi est mort, vive le Roi” (el Rey ha muerto, viva el  Rey); frase que simboliza metafóricamente la vigencia plena de las instituciones.

 

Nuestra opinión al finalizar esta breve reseña, podría sintetizarse con una frase de Ortega y Gasset vigente para los tiempos que vivimos: “el hombre domina casi todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia.

 

Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva”.

 

Carlos Berro Madero

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