Miércoles, 19 Octubre 2016 10:51

Los comportamientos conjeturales, bajo la lupa de Balmes

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Decía el filósofo catalán Jaime Balmes que la conducta del hombre, con respecto a lo moral tanto como a lo útil, no debería gobernarse jamás por “impresiones”, sino por reglas constantes. En lo moral, por las máximas de la eterna verdad; en lo útil, por los consejos de la sana razón.

 

 

De esto se infiere que es necesario reconocer a las cosas por lo que son y no según el grado en que las mismas puedan afectarnos, porque el mundo no se construye sobre sentimientos personales que terminan “divinizando” las pasiones, contribuyendo a que perdamos la objetividad necesaria para encontrar el camino de la verdad.

 

“Las inclinaciones buenas no son buenas sino en cuanto la razón las dirige y modera;”, sigue diciendo Balmes, “al abandonarlas, se exageran y se hacen malas”.

 

La actual diáspora del movimiento nacional peronista, nos ha puesto frente a la ausencia de un líder indiscutido del mismo detrás de quien pueda alinearse una dirigencia partidaria bastante mediocre y confundida. Frente a ellos crece, al mismo tiempo, la inhabilidad de sus contradictores para atacar un discurso que durante décadas fue fácilmente identificable: el apotegma de la “inclusión social”.

 

Hoy, los problemas son más complejos y de una variedad que asusta: narcotráfico, drogadicción, corrupción estatal, falta de acceso a la educación de los más jóvenes entre otros. Frente a ellos, la sociedad busca, desesperadamente, remedios aptos que mitiguen el tembladeral.

 

En ese terreno, lo que dicen y hacen Cristina, Gioja, Pichetto, Massa, Solá, Moyano, Randazzo, Scioli, Duhalde, Bonafini, Aníbal, Carta Abierta, la Cámpora De Petris y compañía, se asemeja a la música de una banda que interpreta partituras en claves diferentes.

 

¿Cómo ha elegido combatirlos la opinión pública opositora? Pues conjeturando en forma abstracta, sintiéndose perseguida por una realidad que no acomete atendiendo a “máximas de eterna verdad, ni producto de sana razón”.

 

Se olvida así que los asuntos del Estado deben estar sometidos siempre a análisis conceptuales que permitan encontrar respuestas sobre ciertas evidencias incontrastables. En nuestro caso, por dar algunos ejemplos: ¿cómo hacemos para salir del pozo en el que estamos sumergidos sin caer presos del facilismo y la demagogia? ¿Cómo aumentar la productividad de las empresas, mejorando al mismo tiempo la calidad de lo que producen? ¿De qué manera logramos perfeccionar todas las estadísticas -públicas y privadas-, y la labor de los encuestadores para que vuelvan a ser confiables y no induzcan falsamente a la sociedad? ¿Cómo hablar de educación sin aludir a ella como un slogan semejante a la publicidad de un producto del que luego de consumirlo se tira el envoltorio? ¿Qué tipo de planificación permitiría salir de políticas de subsidios sin contraprestaciones, creando trabajo genuino mediante apoyo financiero sujeto a reglas claras y constantes?

 

Ninguna teoría progresa sin una adecuada observación de la realidad y los resquicios –grandes o pequeños- que ésta proporciona; como así también las experiencias exitosas de quienes afrontaron problemas similares a los nuestros superándolos sin preconceptos ideológicos.

 

Es de toda evidencia que los principios del capitalismo, el socialismo, izquierdas y derechas se encuentran hoy frente a dilemas sociales de muy difícil resolución, como consecuencia de una explosión demográfica incontenible a la que ya hemos hecho referencia en otras oportunidades.

 

La unificación de estos vectores tradicionales de la política, han convergido hoy en el populismo, un vademécum construido sobre mentiras que procuran satisfacer a todos por igual, echando mano a los recursos del Estado para llenar los bolsillos de la gente con dinero “ilusorio” sin respaldo y creado de la nada.

 

La controversial actitud de la sociedad respecto de cómo desarrollar los medios de producción con la velocidad necesaria que permitan atender el hambre y la pobreza muestran a especialistas en las incumbencias respectivas que terminan aplastados por una inundación de charlatanes que han ido destruyendo el camino hacia la planificación “académica”.

 

Existe, por otro lado, un tipo de ciudadano medio para quien no hay recuerdo alguno del ayer, ni previsión sobre el mañana, y fuera de algunas débiles referencias sobre la paz social, reacciona sólo ante hechos irremediables cuando suele ser tarde para impedir los daños ocurridos. El goce del presente y el deseo de la satisfacción inmediata obnubila al individuo, y lo demás casi no existe para él.

 

Este escenario confuso y superficial ha adquirido dimensiones muy dañinas en el seno de la sociedad, porque los requerimientos se canalizan por medio de meras suposiciones conjeturales, acompañadas por parrafadas inconsistentes que solo tienen como fin el brillo personal de quienes las vierten sin ton ni son.

 

Las convicciones han desaparecido, al punto en que todo parece sometido al terreno de dudas que jamás se esclarecen, porque nadie tiene tiempo ni ganas de analizar la realidad, lo que mueve a obrar “al acaso”.

 

Si todo se redujese a cuestiones “de tribuna”, sería tolerable. Pero lo que ocurre es que también sucede al tratar proyectos de envergadura donde debe balancearse el “qué” y el “cómo”. Las matemáticas brillan entonces por su ausencia y los distintos protagonistas políticos solo piensan en la apariencia de su discurso, aunque éste no sirva para nada en los términos en que lo plantean.

 

Parecería que hemos resuelto ignorar que las promesas de ponerse en camino con una VOLUNTAD IMPETUOSA de cambio, no tienen nada que ver con la VOLUNTAD ENÉRGICA. La primera es producto de un estado de pasión. Esta última, significa sostener dicha pasión en el tiempo: “en el ímpetu hay explosión, el tiro sale, más el proyectil cae a poca distancia; en la energía hay una explosión también -quizá no tan ruidosa-; pero el proyectil silba gran trecho por los aires, y alcanza un blanco muy distante, PORQUE ES UNA PASIÓN CONSTANTE, CON DIRECCIÓN FIJA, SOMETIDA A REGULARIDAD” (siempre Balmes).

 

Si Cambiemos comprende acabadamente de qué se tratan estas cuestiones y pone a la vista una batería de argumentos sólidos y factibles de ser llevados a vías de hecho orgánicamente, puede conducirnos a un escenario similar (metafóricamente hablando), al de los soldados de Napoleón, cuando decían inflamados de fe en la batalla: “él sabe bien lo que hace”; y se arrojaban a la muerte.

 

Carlos Berro Madero

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