Miércoles, 12 Octubre 2016 14:06

Lamentos mirando hacia la luna

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A pesar de los visibles esfuerzos que hace Cambiemos para cambiar el humor y los preconceptos de quienes exigen que lleguen hasta su puerta para ofrecer trabajo inmediato –no cualquiera, sino de tipo “digno”, eufemismo indeterminado que nos es tan caro-, tarifas de servicios públicas subsidiadas “a piacere” y un éxito fulminante respecto de una inseguridad que no comenzó ayer por la tarde, muy poca gente parece valorar nada de lo hecho en estos diez meses de gobierno. Sobre todo por  los más desprotegidos.

 

 

Como algunos perros que al caer la tarde aúllan mirando al cielo, la clase media en especial, se entretiene en sus lamentos, sin prestar atención a las consecuencias del muy reciente paso del “Huracán K” –convalidado a su desastroso paso por el 54% de los argentinos-, que dejó una sociedad desfondada por el saqueo inmisericorde de una banda de delincuentes. Algunos de ellos, felizmente, entre rejas, y otros aguardando en la sala de espera de los Tribunales Federales. Incluida la parlanchina ineficiente y venenosa ex Presidente.

 

La disconformidad social se ha convertido así en una secreción espontánea y confusa que expresa el grado de individualismo intolerante de una sociedad que cree no ser responsable de la tragedia que estamos viviendo y mira como siempre para otro lado.

 

Como dignos herederos de quienes llegaron a estas tierras con el objetivo de “hacerse la América”, seguimos reflejando un alto grado de involución conceptual sobre cuál es la esencia de vivir en sociedad privilegiando el esfuerzo común como instrumento primordial para el desarrollo, sin haber logrado aún la unidad de criterio necesaria para salir del pantano en el que estamos sumergidos (¿hasta las rodillas?) desde hace rato. Quizá desde hace no menos de 60 años.

 

Ni los hechos trágicos parecen conmovernos, desvaneciendo el sentido siempre vigente de los dichos de Balzac respecto de la conformación de una república, al definirla con ingenio sin igual como “una gran familia, donde todos los esfuerzos tiendan a no sé cuál misterio de civilización” (sic).

 

¿Será un caso parecido al del perro que aúlla mientras mira hacia la luna ensimismado y melancólico? ¿O el rechazo a una homogeneidad que no hemos sabido ligar a los asuntos que deberían constituir la síntesis de nuestras responsabilidades colectivas?

 

Al parecer, son preguntas sin respuesta. Al menos, si tenemos en cuenta la desolada condena que nos hemos impuesto por vivir inmersos en nuestras recurrentes frustraciones, desconociendo el valor de un lenguaje común.

 

En ese escenario, somos injustamente críticos con los visibles esfuerzos de un gobierno que hace lo que puede, ayudado por algunos intelectuales que se esfuerzan por aclarar ciertas evidencias de la realidad -con frecuencia en vano-, mientras kirchneristas y peronistas “de Perón” (¿) intentan confundirlas más de lo que están. Son los mismos que ya fracasaron asaltando al Estado y a quienes les cedimos espacio para pensar por nosotros en un acto de distracción perezosa inconcebible.

 

Cualquier proyecto de vida, comienza por reconocer la presencia de los demás, en razón de una explosión demográfica incontenible muy bien pintada en una metáfora de Ortega y Gasset: “En una prisión donde se han amontonado muchos más presos de los que caben, ninguno puede mover un brazo ni una pierna por propia iniciativa, porque chocaría con el cuerpo de los demás. En tal circunstancia, los movimientos tienen que ejecutarse en común, y hasta los músculos respiratorios tienen que funcionar a ritmo de reglamento”.

 

Sin duda alguna, es cierto que existen en la sociedad actividades y funciones del más diverso orden que requieren capacidad y conocimientos “especiales”, pero la mayoría de nosotros parecemos poco dispuestos a adquirir dichas dotes, renuentes a interrumpir el proceso de aceptación melancólica de una realidad que no nos satisface, con la que hemos decidido no tener ninguna relación.

 

Plantearse estas cuestiones, ¿no es más importante que los desplantes de Pampita, la calidad de las bombachas que vende Xipolitakis, los devaneos de Andrea del Boca, las guaranguerías del show de Tinelli o la mansa aceptación de las opiniones de algunos dirigentes políticos que no saben distinguir un sustantivo de un adjetivo?

 

A quienes dirigen sus lamentos a la luna sin esperanzas, les recordamos una canción de Charles Trenet de los 40, que dice en su verso principal: “Le soleil à rendez vous avec la lune, mais la lune nést pas là et le soleil l´attend; la lune est là, la lune est là, mais le soleil ne la vois pas” (el sol tiene un compromiso de encontrarse con la luna; pero la luna no está y el sol la espera; la luna siempre está, la luna siempre está, aunque el sol no la vea), dice la letra del inolvidable “chansonier” francés.

 

Simpática metáfora sobre el comienzo de una etapa al finalizar otra por imperio de la naturaleza física de la oscuridad y la luz,  que permite siempre la aparición de un nuevo ciclo para salir de las tinieblas.

 

Para rematar las reflexiones que hemos vertido hasta aquí, sugerimos leer las declaraciones breves y tajantes de Peter Harris, Presidente de la Oficina de Competitividad en Australia, efectuadas al diario La Nación el 6 del corriente mes.

 

Vale la pena hacerlo por la gran semejanza de la crisis sufrida por ese país en 1983 y de qué modo pasó del fondo del pozo a constituirse en la quinta economía del mundo desarrollado con la comprensión y el esfuerzo de todos.

 

Es un artículo que no lleva mucho tiempo leer. Solo exige abandonar por un rato el consuetudinario lamento dirigido hacia la luna.

 

Carlos Berro Madero

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