Martes, 26 Abril 2016 09:00

¿Huevos y naranjas como promesas de un nuevo futuro?

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Pasadas las primeras tormentas que hubo de soportar el gobierno de Cambiemos, nos vienen a la memoria unas palabras pronunciadas por el senador conservador Matías Sánchez Sorondo en 1935.

 

 

Son las que describían la escena de la política nacional de entonces como un escenario de “viejos conceptos, fórmulas vacías y abandonadas, prejuicios, lugares comunes y frases hechas que forman el bagaje de nuestro ideario político” (sic).

 

¿Esa ha sido nuestra historia hasta hoy?

 

Los huevos, las naranjas y los residuos de botellas plásticas que Cristina Fernández hubo de soportar al salir de su ridícula Fundación Patria (un mero comité partidario decorado con lujo imperial), arrojados por vecinos crecientemente enfurecidos por las “novedades” de la saga del dinero K, parecen ser el comienzo de un nuevo despertar.

 

Ochenta años después, a pesar de que seguimos apostando a ciertas promesas disimuladas bajo un velo de ficciones consentidas sin haber logrado tener aún un presente compartido, la sociedad comienza a indignarse preguntándose cómo y por qué llegamos hasta aquí.

 

En efecto, vivimos un presente que nos encuentra acorralados por una realidad que no nos deja mover con libertad en medio de un escenario social muy complejo donde ningún actor se siente favorecido por los problemas que ¡una vez más! ha dejado atrás un gobierno temerario, tramposo y corrupto, que evidencia haber batido todos los records mundiales sobre la materia.

 

El Presidente Macri debe arbitrar así entre sectores diversos a los que no puede satisfacer al mismo tiempo, porque la heterogeneidad de los problemas que han quedado a la vista luego del final del kirchnerismo está dominada por urgencias de muy difícil solución, pese a lo cual una gran mayoría de actores  sociales comienza a requerir “salidas” inmediatas para una crisis cuya hondura es muy difícil de establecer aún.

 

Atenuar sus efectos requerirá ante todo alejarse de preconceptos ideológicos que han atravesado a la sociedad todos estos años, inmovilizándonos, como decía Sánchez Sorondo, detrás de frases hechas y lugares comunes que pueden llevarnos a una república imposible, donde las requisitorias se agolparían sin permitir tregua alguna, impidiendo el reordenamiento de un Estado destruido, que amenaza con derrumbarse por la impaciencia popular si no se toman las medidas adecuadas para impedirlo.

 

Las reformas a las que se apela retóricamente a través de los medios para encontrar salidas a una democracia bastardeada por el matrimonio Kirchner y sus secuaces, permiten advertir “a vuelo de pájaro”, que la idea de REPRESENTATIVIDAD que debería inspirarlas se da en un escenario de atomización política y cultural sin precedentes, que impedirá abrir un camino sencillo a la normalidad institucional.

 

La Justicia, el Congreso y la Administración Central, exhiben los rastros de su envilecimiento moral y solamente podrían recobrar sus verdaderas funciones si volvieran a nutrirse en la convicción de sus miembros respecto de los requisitos imprescindibles -e insoslayables-, para lograr un saneamiento colectivo que nos concite alrededor de nuevos ideales.

 

De lo contrario, todo se reduciría a una desesperada batalla contra enemigos que amenazan el horizonte político, personificados por los rezagados por el cambio y los castigados por sus rapiñas, que siguen acechando en la sombra con un poder reducido -pero eficaz aún-, frente al marasmo reinante.

 

Por otro lado, la diáspora de los antiguos “caciques” del FPV -que deberían despojarse urgentemente del snobismo con el que se vistieron durante doce años de festejos omnipotentes y soberbios-, resulta escalofriante; y augura duros enfrentamientos hasta que se disuelvan los últimos vestigios de disolución del FPV que hoy se presenta como un conjunto de borregos embarrados  en un potrero después de una lluvia.

 

Estamos convencidos que únicamente la sorpresa y simultaneidad con que se encaren los problemas acuciantes que nos aquejan, apartándose de la apología convencional a la que nos hemos acostumbrado mientras construimos una democracia reticente y paradojal, serán la puerta de salida al drama de la nefasta herencia recibida.

 

Para que ello ocurra, será necesario orientarse hacia fines mucho más trascendentes, que nos alejen de la tentación de arreglar nuestros asuntos en forma “casera” nuevamente, so pena de recaer en los mismos errores que ya hemos vivido.

 

La falta de recursos necesarios para salir rápidamente de la crisis exige que el poder político se incline por lo que es “razonablemente aproximado” al ideal, cada vez que se consideren las necesidades de distintos sectores sociales que han quedado diezmados por años de impericia, bandidaje e imprecisiones políticas. Años donde se puso la administración del Estado al servicio de la demagogia.

 

¿Seremos capaces de entenderlo así?

 

Carlos Berro Madero  
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