Miércoles, 01 Junio 2016 09:32

El “Panelismo”: un modo de contribuir a la perplejidad de la opinión pública

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La identidad de un grupo social se conforma por lo común a través de hábitos, conductas y técnicas que resultan ser finalmente una suerte de “estilizaciones” brotadas en una época en que dicha identidad se hace deseable, pero que infinidad de veces confunde, promoviendo lo peculiar como una excentricidad supuestamente fecunda.

Es bien sabido que la televisión -medio de divulgación masiva por excelencia-, suele retratar ciertos síntomas revulsivos de la realidad y, de tanto en tanto, contribuye a bloquear nuestra capacidad para resolver algunos asuntos conflictivos que nos aquejan.

Se vive hoy una pasión creciente por desarrollar programas donde un grupo de personas “mediáticas” (cuya erudición es medida vaya a saber por qué standard de calidad), se reúnen dentro de un set de TV, con la presencia de un inquieto “conductor” que transmite, como ellos, sus dudas personales, expresadas de manera muy elemental y “telegráfica” sobre temas variopintos, con los que se “salpica” un discurso que pone en evidencia, primordialmente, que a la mayoría de los presentes les fastidia ver rebatidos argumentos que no siempre tienen precisión “académica” ni información suficiente, y que adolecen de una llamativa falta de profundidad.

Ver estos programas deja la sensación de haber asistido a un concierto orquestal de instrumentos desafinados tocando sin partitura.

Se está cultivando de este modo una suerte de “idolatría de la  identidad” que generalmente hace olvidar el objetivo principal de la convocatoria, cual es el análisis de los problemas que supuestamente se “debaten” (tenemos grandes dudas de que sea realmente así), evidenciando UNA PRETENSIÓN GENERALIZADA DE LOS CONTERTULIOS DE SINGULARIZARSE ANTE LOS TELEVIDENTES. Resulta muy curioso asimismo que se recurra a lo “idéntico” para propagar lo “diverso”, promoviendo una uniformidad de escenarios donde se pretende desarrollar dicha “identidad”.

Fundarla en la uniformidad de un sentimiento de “diferencias conflictivas”, no es más que una lucha argumental entre quienes expresan ideas que les permitan proyectar su propia idolatría, que terminan estrelladas en medio de un maremágnum de reflexiones sin mayor ilación y que no contribuyen a esclarecer absolutamente nada.

El “panelismo” no desarrolla ideas sino que SALPICA EMOCIONES, y en vez de cultivar lo concreto intenta profundizar abstracciones al estilo “Gran Hermano”, olvidando que, como decía Ortega, “los problemas humanos no son, como los astronómicos o los químicos, abstractos. Son problemas de máxima concreción, porque son históricos”.

En medio de este escenario muy voluble, donde se cultivan “trascendidos” para apoyar exposiciones minúsculas, solo queda en evidencia el deseo de notoriedad personal de los convocados.

Nuestra sociedad se ha tornado cada vez más discursiva y el análisis de la política se vuelve así muy confuso merced a estos escenarios que solo han logrado poner en evidencia cuán lejos estamos de poder definir la esencia de los problemas que debemos abordar.

Nadie se sorprende por el tratamiento vago de dichos problemas,  SINO DEL MODO QUE SALEN A LA LUZ, a través de la mirada de una minoría que ha logrado tomar casi por asalto el lugar selecto que le correspondería más bien a quienes emplean su vida para desarrollar “exigencias superiores” del  pensamiento crítico.

Aquellos que se obligan a acumular sobre ellos los deberes de perfección que les impidan constituirse en boyas a la deriva.

La tradicional división de la sociedad en masas populares y minorías excelentes no es una división en clases sociales, sino en CLASES DE HOMBRES, “y las clases inferiores están normalmente constituidas por individuos sin calidad”, decía Ortega, “donde se advierte el progresivo triunfo de los pseudo intelectuales incualificados, incalificables y descalificados por su propia contextura”.

El auspicio de estas nuevas formas de debatir por medio de estos verdaderos “colectivos populares” sobre la realidad, da lugar a que estos individuos desarrollen un escenario propicio para la elevación de su autoestima y nos acerca al sentimiento peligroso de que nada es posible si no cultivamos ciertas “abstracciones”.

Un escenario altamente corrosivo para un gobierno al que se acusa de ser ejecutivo e “impiadoso”, pero que está intentando con gran esfuerzo volver a ponernos en el “camino hacia las  cosas”, como nos sugirió Ortega en ocasión de su visita al país en 1935.

Ha pasado casi un siglo de ello y parecería que seguimos aferrados misteriosamente a ciertas costumbres viciosas e inútiles que nos han traído hasta las puertas del gran fracaso político que culminó hace pocos meses –una vez más-, con el fin del kirchnerismo.

Un kirchnerismo discursivo que nos entretuvo con sus “ollas populares del pensamiento abstracto”, mientras nos robaba a manos llenas.

Carlos Berro Madero

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