Miércoles, 18 Mayo 2016 08:16

La sempiterna ineficiencia vanidosa del peronismo

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Ahora que el FPV se ha lanzado a una propuesta “unitemática” (la ley anti despidos) para solucionar la crisis que ha dejado su pésima administración, vuelve a comprobarse, una vez más, que los peronistas suelen distinguirse por una insufrible locuacidad que les impide juzgar nada con acierto. Si alguna vez comienzan un buen camino para avanzar, poco tardan en apartarse de él arrastrados por sus propios discursos vacíos de contenido.

Suelen regodearse así con perspectivas que ellos suponen constituyen un sólido basamento de su ideología “trascendente”, que está condenada al fracaso por reunir conceptos dispersos, inciertos, dudosos, inexactos o directamente falsos.


Sus contactos políticos con el resto del mundo han tendido siempre al aislamiento y una inocultable simpatía por regímenes autoritarios en donde primó la bien denominada por Santiago O´Donnell “democracia delegada”, es decir un escenario dominado por cúpulas cerradas y todopoderosas que de ordinario no aceptan opiniones diferentes, estimulando el crecimiento de fanáticos que les siguen con fidelidad irrestricta.


Sin hacer caso jamás de las advertencias que les formulan quienes no piensan como ellos y las evidencias de una realidad que indica claramente su ineficiencia para edificar un gobierno mínimamente republicano (el kirchnerismo, por dar un ejemplo de la actualidad reciente, fue en esencia un modelo de rapacidad y chapucerías), persisten siempre en sostener sus torcidas razones, que terminan arrastradas por una corriente de conceptos sobreabundantes y de dudosa coherencia.


Hablan de democracia, pero referida al concepto que tienen de ella: algo restrictivo y totalmente apegado al populismo ideológico de gobiernos que privilegian el pensamiento único.


A pesar de la evolución que ha sufrido la política mundial en los últimos veinte años, siguen impertérritos desarrollando teorías polifacéticas de tan difícil comprobación, que quienes pensamos “con la cabeza”, nos sentimos inhibidos muchas veces de poder rebatirlos con argumentos “académicos”, ya que se asemejan más bien a los pensamientos emocionales de un niño travieso, inmaduro y mal intencionado.


Este flagelo que ha azotado a nuestra sociedad por más de 50 años se distingue por un rasgo esencialmente emocional: la falta de madurez, buen sentido y tacto de sus proposiciones, que solo giran alrededor de ideas voluntaristas que suelen contradecir el sentido común, olvidando que la política debe estar sometida al escrutinio de razonamientos lógicos.


Su idiosincrasia esencial, ha consistido en la vanidad de considerarse a sí mismos como principio y fin de todo lo que concierne a la política nacional (como también ocurre respecto del resto del mundo, a quien suelen señalarle con petulancia sus supuestos errores), que los ha llevado finalmente a  profundizar males que terminaron convirtiéndolos en dictadores de sus propios (¿o impropios?) razonamientos.


A través de argumentos deshilachados se han entregado en cuerpo y alma a fomentar dicha vanidad y no hay forma de obligarles a callar, por lo que debemos sufrir “con estoica impasividad la impetuosa avenida de sus proposiciones aventuradas, sus raciocinios incoherentes y sus planes descabellados” (usando palabras de Jaime Balmes respecto de cuestiones de esta índole).


“Así, no es raro”, (siguiendo con la descripción conceptual del filósofo catalán), “verlos volver en sí a poco rato de abrumar con su locuacidad a quien no les contesta. Son almas petulantes, inquietas y ardientes que viven de contradecir, y que a su vez, necesitan contradicción; cuando no la hay, cesa la pugna; y si se empeñan en reemprenderla, bien pronto se fastidian cuando notan que, lejos de habérselas con un enemigo resuelto a pelear, se ceban en quien se ha entregado como víctima en aras de una verbosidad inoportuna”.


Probablemente por eso, puede asegurarse que el peronismo ha sido, merced a gobiernos profundamente ineficientes, habladores y tramposos, la mayor fábrica de producción de pobres en la historia argentina, retornándonos sistemáticamente, una y otra vez, a un pasado cuasi medieval en materia de cultura política, en cada oportunidad en la que asumieron el poder. Un poder que, de paso, ejercieron enriqueciéndose con desprejuicio absoluto.


A pesar de ello, siguen regodeándose aún hoy con una vana satisfacción: la devoción que le han prestado quienes siguen creyendo (¡misteriosamente!) en su capacidad fuera de toda discusión para resolver problemas sociales, cuando la verdad es que son ellos quienes los crean inveteradamente, despilfarrando a manos llenas los recursos del Estado y desencadenando al final de cada mandato político largos períodos de escasez, “olvidando” (¿) quizá en algún desván cualquier principio de desarrollo productivo aceptable.


Para el político peronista, debe existir siempre un dios que convalide sus “sacrificios” (¿) por el bienestar del pueblo (al que engañan sistemáticamente), “entregados a su propio pensamiento de manera exclusiva, sin dar ninguna importancia a los consejos, reflexiones o indicaciones de los que ven más claro, pero tienen la desgracia de ser mirados de arriba abajo, a una distancia inmensa, por ese dios mentido, que habitando allá en el fantástico empíreo fabricado por su vanidad, no se digna descender a la ínfima región donde mora el vulgo de los modestos mortales” (siempre Balmes).


¿Será demasiado tarde ya para que muchos crédulos que los han seguido hasta hoy alcancen a darse cuenta que solo han sido usados por ellos para sus propios fines personales?


Lamentamos ser tan enfáticos con las presentes reflexiones -mal que le pese a quienes hablan de “cerrar grietas”-, pero creemos que la realidad ha probado con holgura que mientras el peronismo siga en las inmediaciones del poder público, no habrá descanso en nuestro camino impenitente hacia la mediocridad.


No creemos en absoluto en el devenir de un movimiento que se ha caracterizado por vivir su tiempo fuera de la realidad, predicando las virtudes de una sociedad benefactora imposible de sostener por los medios rústicos que  consideran adecuados para tal fin. En todo caso, quizá veamos su transfiguración en “otra cosa”, que debería consistir en arriar banderas a las que se han  aferrado tozudamente para llevarnos hasta la postración actual. Las banderas de los “derechos” sin obligaciones como contraprestación.


El peronismo no parece haber advertido además que el mundo ha cambiado y la tecnología y la globalización imponen, por sobre todas las cosas, estrechar lazos amigables con todo el mundo, sin tratar de llevarse a nadie por delante con imposiciones que, bien miradas, huelen a antiguallas con olor a naftalina.


Carlos Berro Madero

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