Miércoles, 08 Junio 2016 08:31

Francisco, la misericordia y la política argentina

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El físico belga Jean Bricmont, un decidido propulsor contemporáneo de la racionalidad científica, sostiene que la principal argucia de algunos discursos religiosos contemporáneos consiste en la idea de que la religión se ocupa de un orden de verdades distinto al de la técnica y de la ciencia.

Es posible que el Papa Francisco procure confirmar esta sentencia, vista la forma en que afirma sus preferencias políticas respecto de nuestro país y la manera en que demuestra estar convencido que deberíamos rechazar un capitalismo endemoniado, al que suele acusar de insensibilidad, tratando de negar la evidencia de que se trata en realidad de un instrumento que produce bienes y servicios que permiten sacar a mucha gente de la postración en la que vive, dándole trabajo y oportunidad de progreso.

Sus conceptos pueden conducir a una simplificación engañosa de algunos problemas sociales que requieren el inevitable concurso y aplicación de conocimientos científicos y tecnológicos emergentes del desarrollo que genera la acumulación de capital, pues parece extenderlos a muchos emprendedores que logran hacer fortuna al referirse a ellos tácitamente como seres alejados de los fundamentos piadosos de la doctrina social de la iglesia católica,  como si fuesen monstruos gigantescos que se dedicaran a la depredación de víctimas indefensas.

El ex Cardenal Bergoglio parte de la base que una creencia religiosa nos permite entender mucho mejor la vida humana en su verdadera dimensión y nos abre la posibilidad de acceder a algo superior: la vida sobrenatural.

Totalmente de acuerdo. Hasta allí vamos bien.


Nadie puede contradecir este principio, respaldado por ciertas consideraciones que lo favorecen -no sólo porque lo hacen más atractivo o algo por el estilo-, sino en el sentido específico de que proporciona razones para creer que es verdadero.


Muy posiblemente el deseo de Francisco esté dirigido a alentar nuestra conversión a un espíritu superior (no nos parece mal), que nos permita discernir lo justo de lo injusto, sugiriendo, eso sí, que la interpretación sobre el concepto de dicha justicia debe corresponder a SU visión política personal de la realidad argentina.


Pero he aquí un problema: el Papa se ha mostrado simpatizante del justicialismo y la historia registra sus vínculos “afectivos” con la derecha peronista (la célebre Guardia de Hierro), que tuvo una controvertida historia política. De tal manera, causa la impresión que intenta llevarnos por el buen camino EN UNA SOLA DIRECCIÓN, tratando de imponer el poder espiritual de convocatoria que le concede su pontificado.


Está convencido – los viajes de sus amigos peronistas “entrañables” recibidos con amplias sonrisas en Santa Marta lo demuestran-, que el culto por la verdadera fe debería asentarse en los principios populistas de un movimiento político que ha evidenciado promover siempre estructuras totalmente verticalistas.


Al no admitir una forma más “abierta” de ver la vida política, formula quizá una condena injusta sobre quienes tienen un concepto diferente sobre los valores del capitalismo, el que para otros credos religiosos significa una manera de crear riqueza y emprendimientos que extiendan finalmente sus beneficios a  quienes menos tienen.


Estamos de acuerdo con que se condene al capital que genera modos de opresión encubierta, pero creemos que de ninguna manera debería generalizarse al respecto y considerarlo como el principio y fin de todos los vicios que desvían a la raza humana de la caridad, la solidaridad y la ayuda al prójimo.


No vemos pues necesario estar de acuerdo con Francisco en relación con sus opiniones políticas. Ni mucho menos aspirar a que “bendiga” un futuro donde las distintas fuerzas en pugna en nuestra sociedad debieran alinearse indefectiblemente con sus simpatías personales al atender los problemas que la aquejan.


Nos sentimos más cerca de un escenario donde exista “igualdad de oportunidades para todos, de acuerdo con la capacidad natural de cada uno”, como sostuvo alguna vez la Revolución Francesa, a la que seguramente no podrá acusarse jamás de haber promovido un capitalismo “salvaje”.


La misericordia y el dolor por los que menos tienen no deberían constituirse jamás en una barrera que impidiese “hacer fortuna” a los emprendedores, en tanto y cuanto utilizaren para ello herramientas lícitas y morales.


Los últimos cien años han evidenciado, a través de estadísticas serias y bien fundamentadas, que el auge del capitalismo ha traído mucho progreso a grandes franjas de una humanidad que durante años fueron engañadas por un progresismo mentiroso de índole marxista que siempre terminó de la misma manera: aumentando la miseria al pretender forzar la “redistribución” del ingreso sin crear las condiciones necesarias para desarrollar una mayor productividad social.


La distribución de lo que no existe es una utopía que no suele llenar de comida el plato de los hambrientos, pues como diría algún profesor de matemáticas: la división en partes de cero, sigue siendo cero.


Carlos Berro Madero

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Visto 1004 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 22:49

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