Miércoles, 29 Junio 2016 10:45

Breves reflexiones sobre la crisis de la Unión Europea

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 “Lo que se denomina como ALMA COLECTIVA, nos deja a los pensadores entre manos algo desalentador y hasta terrible: saber que la colectividad es, sí, algo humano, PERO ES LO HUMANO SIN EL HOMBRE, lo humano sin alma, lo humano deshumanizado. Es pues, una acción humana sin espíritu” -José Ortega y Gasset

 

 

Hay quienes señalan desde hace rato que el mundo globalizado afectó severamente muchos sentimientos milenarios arraigados en la sociedad, bajo el peso de uniones políticas continentales creadas con el propósito de mejorar la calidad de vida de sus miembros, pero que finalmente parecen no haber acertado con el objetivo de desarrollar políticas comunes plenamente satisfactorias para todos.

 

Estamos pagando así el costo de esa alma colectiva, sobre la que Ortega nos alertaba en el siglo pasado.

 

La Unión Europea aseguró al constituirse, que se le permitiría a todos sus adherentes a mantener los principios de su cultura y su historia, para terminar creando finalmente superestructuras administrativas “asépticas”, que no lograron cumplir acabadamente con estos propósitos. Muy pronto, la diversidad esencial de sus socios hizo surgir algunas chispas entre ellos, que hasta hoy (y solo hasta hoy, según parece) pudieron ser sorteadas temporalmente.

 

Con el tiempo, se fue condenando a los partidos políticos “nacionales” a ser juguetes de una “supra burocracia”, donde al ritmo del whisky y los cigarros se terminaron debatiendo términos de “pertenencia” que solo han contribuido a expandir la corrupción.

 

Congresos legislativos multitudinarios, oficinas supernumerarias donde se dictamina quién y cómo debe hacerse cargo de cuestiones de supuesto interés colectivo, terminaron decidiendo las mismas en una “lejanía” (Bruselas), sometiendo a sus asociados a una suerte de autoritarismo supra nacional.

 

En medio de la mayor y más confusa crisis inmigratoria de la historia, estas decisiones han afectado seguramente la psicología de una nación como Gran Bretaña, que siempre se manifestó deseosa de explorar otros caminos en este terreno, habiendo sido desde el principio un socio algo ambiguo en cuestiones que pudiesen afectar su estilo de vida tradicional.

 

Ante la decisión popular de salir de la Unión, solo se nos ocurre decir que “el que avisa, no traiciona”, como reza el refrán popular.

 

Casi todos los países que se fueron anexando en los últimos 60  años, creyeron que el nuevo bloque constituiría un modo eficaz para extender la influencia de una economía de mercado que traería prosperidad instantánea, como así también libertad igualitaria entre sus miembros. Pero “el rostro de las incidencias históricas de la vida humana”, como dice Savater, mostró lo contrario y los países burocráticamente más fuertes hicieron marcar el paso a los demás.

 

Las superestructuras continentales le permitieron vivir a Europa una era de paz relativa durante un tiempo, bajo la cual bullía no obstante la inquietud de quienes no estaban satisfechos con tener que abandonar un estilo de vida más acorde con las características de su propia cultura.

 

Además de ello, algunos de los integrantes continuaron practicando políticas hedonistas de “buen vivir” fronteras adentro (Grecia es un buen ejemplo al respecto), obligando al resto a sufrir la carga de injustas contribuciones colectivas de “salvataje” financiero en su favor, para resguardar la unidad del bloque. Esto no favoreció el espíritu comunitario en absoluto, generando  muchos sentimientos de rechazo. Sobre todo en Gran Bretaña.

 

Se ha tratado entonces de la formación de un mercado común NO TAN COMÚN, porque la secularización progresiva de las instituciones políticas de sus miembros coartó la aparición de oportunidades para el hombre real; y la llamada libertad, no resultó ser sino un adocenamiento para acatar las directrices de  un sistema de preferencias explícitas e implícitas que alejaron al europeo de las IRREVOCABLES PERTENENCIAS que se enraízan con historias muy diversas.

 

Lo que Heidegger describiría como una suerte de “identificación tribal”, consistente en la relación de confianza con la que el hombre tiende a desarrollar su vida “de acuerdo con las cercanías de su entorno”. Ni el francés ni el italiano se han convertido mágicamente en “europeos” culturalmente hablando, y las diferencias esenciales entre ellos no solo no han desaparecido,  sino que se mantienen incólumes. Gran Bretaña y Grecia, o Alemania y Francia han seguido viviendo puertas adentro en las antípodas de un denominador común como estilo de vida.

 

Las superestructuras continentales que pretendían lograr beneficios para la integración del comercio entre los países miembros, se fueron convirtiendo paulatinamente en una suerte de tiranía instrumental, que impidió conciliar el vigoroso “individualismo democrático” señalado alguna vez por Thomas Jefferson.

 

No creemos que vaya a producirse una catástrofe mundial como  consecuencia de esta decisión británica. Solo ha salido a la luz lo que subyacía en la penumbra: los ciudadanos ingleses, ejercitando reglas democráticas comunes a todos (seguir dentro o excluirse),  han permitido expresar preferencias personales “diferentes” a los intereses de los demás. Eso es todo.

 

Tampoco compartimos la opinión de quienes señalan la existencia de influencias negativas ejercidas sobre los partidarios del Brexit que, por supuesto, no precisan.

 

Nos parece más bien –y se palpa en las entrevistas callejeras celebradas con ciudadanos del común-, que la respuesta está dirigida contra la tiranía de los políticos profesionales: Cameron activó con el referéndum una mecha que estaba lista para arder.

 

“Last but not least”: el resultado final debe ser sometido a los términos del artículo 50 del tratado de organización de la Unión Europea, para obtener la decisión – afirmativa o negativa-, de los otros 27 miembros de la misma. Este determina que ninguno de ellos puede sacar los pies del plato en forma independiente, hasta que se haya obtenido el asentimiento formal y explícito de los demás.

 

Ese es el próximo paso. Hasta ese momento, hay muchas cosas que acomodar todavía a esta nueva situación. Y después se verá. Como dijo Harry Truman alguna vez respecto de situaciones aparentemente irreparables en tiempos como éstos: “siempre hubo tiempos como éstos”.

 

Carlos Berro Madero

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