Miércoles, 13 Julio 2016 09:41

El gobierno no debería obsesionarse por predicar la “buena nueva”

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 “La esperanza, no es solo la convicción de que algo bueno sucederá, sino la certeza de que hay cosas que tienen sentido en sí mismas más allá de cómo terminen resultando” - Václav Havel, Primer Presidente de la República Checa

 

 

Está claro que donde se aprieta un poco sobre la gestión K, sale pus a torrentes.

 

En ese escenario, el gobierno debería bajar un cambio y no apresurarse a comunicar tan ansiosamente algunos de sus éxitos parciales, poniendo una cara innecesaria de pecador arrepentido, recordando la experiencia de quienes, como Havel, tuvieron una ímproba tarea en su tiempo para reorganizar un país devastado.

 

Creemos que la sociedad “no come vidrio” y ha comprendido que deberá tolerar que se haga lo que sea necesario para alejarnos definitivamente de caer en una segunda república bolivariana. Ver hoy a los venezolanos pasar -¡por escasas doce horas!-, de Táchira a Colombia para comprar productos esenciales para la vida diaria, debería consistir en un recordatorio de hacia dónde nos encaminábamos durante el período de ficción kirchnerista.

 

Si se analiza detenidamente la magnitud de los problemas concretos para resolver -mediante una caja exhausta y recaudación e inversiones por el piso aún-, resulta muy difícil predecir con exactitud cuándo podremos insertarnos nuevamente en un círculo virtuoso, por lo que insistir sobre fechas posibles para que ello ocurra, solo contribuye a generar mayor ansiedad popular.

 

Por otro lado, tendríamos que grabarnos en la conciencia que el esfuerzo deberá ser compartido por todos: gobierno y ciudadanía.

 

Más allá de preferencias políticas específicas. Como ya hemos dicho antes de ahora, quizá Cambiemos resulte finalmente solo un puente necesario para volver a la normalidad, porque el monto de lo robado por el kirchnerismo no debe caber ni en la imaginación más frondosa. Casi con seguridad se trata de cifras siderales, si tenemos en cuenta que ha sido probado que sólo la obra pública encubrió “retornos” de hasta un 60% en algunos casos.

 

Esto se logró mediante el sometimiento de quienes ofrecieron dádivas escandalosas distribuidas a troche y moche, mientras sus líderes llenaban en la trastienda bolsos con dinero espurio que iba a parar a sus bolsillos.

 

Las evidencias hablan por sí mismas: los gobiernos de Néstor y Cristina reprobaron no solamente en materia política y moral, sino también en todos los aspectos tecnológicos de su gestión, quedando expuestos hoy a la vindicta pública por la ineficiencia de funcionarios que “tocaron de oído” en casi todos los asuntos que les fueron confiados. Lo que importaba era la obsecuencia y la sumisión a la pareja gobernante.

 

Caminando por la calle, se percibe que la sociedad ha comprendido de qué se tratan estas cuestiones. Las quejas se hacen oír, inevitablemente, porque la gente debe afrontar, “de golpe y porrazo”, un costo de vida encorsetado durante doce años mediante una maraña de regulaciones tramposas aplicadas a los servicios públicos.

 

Por otra parte, puede apreciarse que el “fantasma” peronista ha entrado en coma y es muy posible que siga por el momento en un cono de sombras. La depuración les va a llevar mucho tiempo a quienes cantaron siempre loas a la lealtad (hasta tienen un día para festejarla), que han dado pruebas más que suficientes de que son muy zorros para desembarazarse rápidamente de compañeros de ruta a los que no conviene mantener en la vitrina cuando el agua les llega al cuello, lo que por el momento los tiene muy ocupados.

 

Como siempre ha ocurrido hasta hoy, el peronismo está en estado de sesión permanente para ver de qué manera consigue pergeñar una versión edulcorada de su reciente aventura política. Será cuestión de ver si lo logran en un mundo que cambió aceleradamente desde los ya lejanos años 40.

 

¿Qué sentido tiene pues polemizar y/o complacer a los adalides de un fracaso monumental que pretenden seguir dictando cátedra desde el clásico resentimiento de los derrotados?

 

La cuestión consiste en avanzar con las reformas necesarias hasta el hueso, trabajando sin desmayo hasta que el último corrupto marche preso, porque si algo ha comenzado a valorar la sociedad en general -de acuerdo con recientes encuestas serias-, es que se le diga la verdad. Mal que le pese a algún periodismo nostálgico que sigue apantallando la hoguera de la disconformidad, creyendo que tendrá más prensa por tirarle piedras al gobierno,  buscándole la quinta pata al gato.

 

¿Que Macri como Presidente no convence del todo? Puede ser.

 

¿Que algunos de sus funcionarios tendrán que aprender? Es posible. Pero, en cualquier caso, ¿cuál sería el atajo a la vista para que nadie sufriera los efectos de una herencia trágica, cuyos números han sido cuantificados con claridad meridiana?

 

Por otra parte y para alejar cualquier temor al respecto, no creemos en la vigencia de los dichos de Perón: la mayor parte del peronismo de estos tiempos ha probado que no se reproduce por la noche como los gatos, sino más bien que roba de día y a cara descubierta, riéndose de todos nosotros como las hienas.

 

Carlos Berro Madero

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