Miércoles, 27 Julio 2016 09:48

Sacando punta al lápiz

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“Algo que ya se posee, rara vez tiene el mismo encanto que tenía cuando se luchaba para obtenerlo” -Marco Ulpio Trajano

 

 

Si hay una frase que puede resumir el momento que vivimos, es la que encabeza estas breves reflexiones. Sobre todo, cuando el objetivo deseado por la sociedad antes de las recientes elecciones  no parece hoy satisfacer a mucha gente y comienza a provocar conatos de rebelión incipientes.

 

“A cada paso que damos”, decía Balmes, “se observa la mucha influencia que tienen las pasiones sobre nuestra conducta. Lo propio sucede con el entendimiento; los objetos son a veces los mismos y, no obstante, se ofrecen muy diferentes, SIN QUE PARA ESTA MUDANZA SEA NECESARIO MUCHO TIEMPO. Se corre un velo y todo ha variado. ES QUE EL CORAZÓN SE HA PUESTO EN JUEGO y nos parece que se hubieran mudado los objetos”.

 

El repentino cese del “viento a favor” en las preferencias populares que tuvo el kirchnerismo durante doce años, comenzó a detenerse cuando los desaciertos del segundo gobierno de Cristina fueron provocando escozores emocionales en una sociedad que despertó del sueño del “no se puede” en el que vivíamos.

 

El creciente descontento generado por medidas inconsultas, arbitrarias y prepotentes llegó al clímax y llevó a creer que la solución consistía en encontrar un cambio que asegurara la desaparición de la “incomodidad” SIN DEMASIADO DOLOR. De tal modo, la habitual intolerancia “pasiva” que está en los genes de nuestra sociedad, vería cumplido el sueño de que todo fuera diferente, sin que nada cambiase demasiado.

 

Se creyó que las estructuras molestas –y solamente ellas-, serían removidas para sacudirnos de las consecuencias no queridas, dispuestas por un gobierno que marchaba a los tumbos, donde primaban las decisiones del “sabio- ignorante” señalado por Ortega y Gasset; ese clásico prepotente que no admite jamás su incapacidad para ejercer funciones que requieren conocimientos  específicos que no tiene.

 

Durante doce años no hubo advertencia alguna que tomara en cuenta el kirchnerismo para enderezar el relato absurdo de su desorden autoritario, hasta que un buen día, Cristina Fernández decidió ungir al impresentable Aníbal Fernández como candidato a Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.

 

Nada hacía presagiar la tragedia que esto desencadenaría, y acto seguido comenzó a ocurrir el comienzo del final.

 

Hasta pocos días antes de las elecciones y antes de ese hecho, la gente sentía que un cambio era necesario, pero parecía dispuesta aún a agachar la cabeza, admitiendo a desgano que no parecía haber otro remedio que aceptar una realidad detestable: los K parecían invencibles y marchaban a paso firme para quedarse en el poder in aeternum.

 

Solo el miedo a algo peor aún movilizó a la sociedad, que decidió rechazar visceralmente la oferta del FPV: Scioli candidato a la Presidencia y Aníbal a la Provincia de Buenos Aires. Cartón lleno.

 

¿Estábamos sin embargo dispuestos a aceptar que CAMBIO SIGNIFICA CAMBIO?

 

Por lo que se ha visto en estos siete meses, creemos que no. A pesar de que durante doce años peleamos casi “en sordina” contra el kirchnerismo por pequeñas cuotas de bienestar, éstas fueron aplastadas por una política opresiva que absorbió toda espontaneidad social.

 

Para “ir tirando”, la sociedad aceptó que el Estado se hiciese cargo de subsidios y obras públicas de dudosa transparencia, negociando su eventual cuota de “participación” en una peculiar redistribución caprichosa, mientras el kirchnerismo definía, en última instancia, lo que conviniese a sus  planes de permanencia en el poder.

 

John William Ward solía decir que “mucha gente se acostumbra a hacer un lugar al desorden, por considerarlo como un rescate de su libertad”.

 

Quizá por esta razón, una propuesta que intenta recrear jerarquías de importancia y necesidad, ha comenzado a ser rechazada con mucha menos paciencia que la que se tuvo con la banda de ladrones que nos robó descaradamente: la sociedad pedía un cambio, pero no al precio de tener que asumir  las consecuencias.

 

Todo lo que hoy se le reclama a Cambiemos en forma destemplada, no son más que pretextos para eludir -salvo honrosas excepciones-, nuestras propias responsabilidades, al no aceptar que poner las cosas en su lugar tardará bastante tiempo y exigirá sacrificios personales detestables, pero absolutamente necesarios.

 

El culpable no es Macri o la eventual mala “comunicación” de sus  funcionarios. O sus admitidos errores de cálculo al decidir el aumento imprescindible de servicios públicos que se “regalaban”. O la ausencia de un programa económico global, en un escenario casi de posguerra donde la falta de productividad y una corrupción enquistada en la administración pública nos han puesto de rodillas.

 

Es evidente que lo que duele y subleva a muchos, es tener que aceptar que la única verdad es la realidad.

 

Carlos Berro Madero

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