Miércoles, 28 Septiembre 2016 09:25

El derrumbe de los mitos populares

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 “No el que tú me hayas mentido, sino el que yo ya no te crea a ti, ESO ES LO QUE ME HA HECHO ESTREMECER” -Friedrich Nietzsche

 

 

La expresiva frase del filósofo austríaco, podría reflejar muy bien las características psicológicas de la crisis que sufren hoy una gran cantidad de mitos políticos que van cayendo uno a uno por la comprobación de su falta de ajuste a lo que sucede en la realidad “real”.

 

Fundamentalmente también, porque, por su misma naturaleza, la raza humana seguirá siempre seducida a correr eventuales riesgos para afirmar su voluntad de verdad, que provoca una impaciencia que nos vuelve muy desconfiados frente a las tentaciones de algunos charlatanes, al comprobar que sus recurrentes falacias acerca de la felicidad y el progreso personal no se corresponden en absoluto con la índole de sus promesas.

 

La sociedad vive un cambio de tendencia en ese sentido, rechazando apariencias que han resultado ser mucho menos valiosas que ciertos asuntos esenciales para la supervivencia que nos interesan a todos por igual: el derecho a la salud, el trabajo y el progreso personal en un régimen de orden y libertad.

 

El dilema entre el mundo real versus el mundo aparente, refleja dicha “voluntad de verdad” que va estrechando el sendero aparentemente tentador que pretenden hacernos recorrer algunas ideologías trasnochadas, detrás de las cuales se esconden, invariablemente, los engañadores de siempre. Aquellos que pretenden proscribir de facto la naturaleza de las cosas y agazapados en la sombra lanzan aseveraciones temerarias cuya argumentación choca frente a las evidencias de la naturaleza.

 

Por otro lado, las grandes facilidades que brinda el progreso del turismo y los viajes, hace que la gente esté yendo siempre a “alguna parte” para terminar comprobando que el tiempo pasa más de prisa que hace cincuenta o cien años en términos de mutación, reconociendo, de primera mano, la fuerte presencia de la diversidad y el peso del mundo impredecible.

 

Estudios ya realizados en los años 70 en la Universidad de Denver, Estados Unidos, evidenciaban que las personas que han cruzado una y hasta diez veces las fronteras del país donde viven, rechazan instintivamente un mundo conceptual falso que solo mora en la mente de políticos aprovechados. Esto puede reconocerse como una intuición espontánea respecto de los cambios permanentes que depara una modernidad apabullante, sostenida por el progreso tecnológico de medios de comunicación que permiten advertir casi en el acto las evidencias de ciertas doctrinas basadas en propuestas falsas.

 

Las imágenes “visuales” han ido cambiando y la carga de su velocidad nos impulsa el deseo de concretar ciertas aspiraciones personales sin aceptar con tanta facilidad los cantos de sirena de quienes hablan de un futuro que intuimos no existe más que en su imaginación fraudulenta.

 

“La transitoriedad”, decía Alvin Tofler, “afecta necesariamente a las esperanzas de duración con que las personas abordan las nuevas situaciones, y aunque puedan desear una relación permanente, algo les dice en su interior que esto es un lujo de concreción sumamente improbable”.

 

Frente a la velocidad en que se producen los cambios de hoy, los mitos populares construidos sobre la insustancialidad de promesas grandilocuentes, tienden a ver muy acotado su futuro, porque la gente no puede imaginarse prometiendo su entrega “para toda la vida”, por lo que someten dichas promesas a un período de comprobación muy corto al intuir que son producto del voluntarismo fantasioso y muchas veces malévolo de quienes las pregonan.

 

La modernidad, la globalización y la imprevisibilidad están poniendo en jaque la supervivencia de los métodos tradicionales de convencimiento público de los políticos y existe cada vez menos lugar para que aceptemos esperar “sine die” a que algunas de sus ensoñadas aseveraciones sobre nuestra eventual prosperidad personal se hagan realidad.

 

“En materias grandes y pequeñas”, sigue diciendo Tofler, “en los conflictos más públicos y en las condiciones más privadas, se rompe así el equilibrio entre lo rutinario, lo previsible y lo imprevisible, lo conocido y lo desconocido; y se percibe que la razón de novedad irá en aumento”.

 

En este escenario, los mitos populares tienden a desaparecer más rápidamente y su eventual validez queda aplastada por el paso de un tiempo cada día más acelerado que nos impide prestar nuestra benevolencia a meras paparruchas.

 

Algo de eso le ocurrió al kirchnerismo cuando su “relato” quedó al desnudo y se hicieron acreedores a que los confrontáramos en los términos de la frase de Nietsche con la que comenzamos estas breves reflexiones.

 

Por esa razón, los que aún creen que tienen un futuro cobijados en los residuos ideológicos K, terminarán hablándose a sí mismos entre cuatro paredes, como ya ha comenzado a ocurrir.

 

Carlos Berro Madero

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