Martes, 13 Diciembre 2016 09:10

El debate de fondo

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El kirchnerismo, decíamos hace un tiempo, ocultó tras el grotesco durante una década el verdadero debate de fondo de nuestro país. Pero en realidad, era sólo su dimensión extrema.

 

 

No es un conflicto político, si se entiende que éste es sólo la lucha por el poder. Es una tensión profunda, de cuya solución depende la viabilidad de la Argentina como país desarrollado.

 

Los argentinos debemos elegir.

 

Hay un país corporativo, arcaico, adicto al pensamiento mágico, voluntarista, resignado a la decadencia inexorable y encerrado en el chauvinismo defensivo, de palabras que ocultan y afirmaciones que engañan, en el que ingresamos con paso crecientemente acelerado hace más de ocho décadas, luego del golpe de 1930. Se reagrupó estos días en el Congreso, alrededor del peronismo aunque “arrastrando” –como suele hacerlo- a los sectores con visión más vetusta emigrados del radicalismo. Tanto el Frente para la Victoria como el Frente Renovador traen a sus propios exradicales, útiles para presentar como herramientas para lavar culpas de corrupción y autoritarismo.

 

Hay otro país democrático-republicano, moderno, afecto al análisis racional y crítico, que resiste resignarse a la decadencia, habla con la verdad y aspira al relanzamiento de la Argentina como un país señero en el mundo que viene.

 

Este otro país se agrupa en Cambiemos, contando con el aporte el PRO –fuerza reciente pero de demostrada identidad democrática-republicana y modernista-, el respaldo del “mainstream” del radicalismo y la tesonera obsesión de la Coalición Cívica, considerando a la ética como inescindible de la política y su legitimación última. Es mirado con simpatía con innumerables peronistas que tampoco se resignan a una Argentina condenada al languidecimiento eterno.

 

Los bloques sociopolíticos que se forman no son nuevos y responden a actores claramente identificables.

 

El país corporativo junta a los empresarios rentistas protegidos, las mafias clientelares que están siendo desplazadas de sus herramientas locales –corrupción policial, protección jurisdiccional, apoyo político-, dirigencias políticas en simbiosis histórica con esos sectores, todos defendiendo al país-corralito, en el que los ciudadanos son fácilmente expoliables, a menudo con un discurso de tono justiciero –aunque banal- que suele terminar como en Venezuela. Son fuertes, porque han creado durante ocho décadas lazos de complicidades económicas, comunicacionales, ideológicas, políticas y hasta intelectuales, adueñándose del relato “oficial” del país cerrado y fracasado.

 

El país abierto y plural puja por una Argentina inserta el mundo con vocación pionera. Su herramienta no es la violencia patotera sino la educación popular. Su norma no es el “puro poder” sino la vigencia de la ley, aplicada por una justicia libre e imparcial, porque confía en su propio esfuerzo que no por ello carece de solidaridad. Al contrario: se esfuerza por incorporar al trabajo activo a los compatriotas atados por el clientelismo. Y cree en la ética de la verdad.

 

El país moderno no cuenta con la poderosa magnitud del entramado corporativo y su única fuerza es la batalla cultural, que debe brindar como única herramienta de éxito. Su error es no dar esa batalla, tal vez por prurito republicano, tal vez por no asumir su importancia.

 

Lo que se aprecia es que sin que esa visión de la Argentina pujante se haga carne en los argentinos, la tarea será singularmente más difícil. Afortunadamente, son muchos los que la intuyen, y a ellos debería dirigir Cambiemos su relato porque son sus representados directos.

 

Ricardo Lafferriere

www.laspi.net/rel  

www.ricardo-lafferriere.blogspot.com  

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