Martes, 11 Octubre 2016 09:19

Degradación

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 “La política es la más noble de las actividades humanas”, supo sentenciar, hace un par de décadas, Juan Pablo II.

 

 

Dejar tiempo, afectos, tranquilidad, patrimonios y vida hogareña para trabajar por los demás, cuando es hecho con honestidad, es –coincidiendo con la frase del viejo pontífice- una de las mayores virtudes del ser humano.

 

Esta valoración se remonta a los albores de la civilización. Servir a su país, es decir, al conjunto que conforman los hombres y mujeres de la comunidad en la que vive y a la que pertenece, distingue a los más sabios, a los más altruistas, a los más desinteresados, en síntesis, a los mejores.

 

Es a ellos, a los que consideran los mejores, a quienes sus conciudadanos les confían la dirección de las cosas comunes.

 

No está claro cuándo comenzó la degradación. Está claro que ésta existe, porque la política –la actividad de la que depende el destilo de la “polis”, es decir, de todos- ha caído en un descrédito innegable. Sería injusto, sumamente injusto, englobar en la descalificación a todos quienes se dedican a ella, porque los hay que hacen honor a la definición de Juan Pablo II. Y no son pocos.

 

Sin embargo, está claro que la actividad en sí no acredita hoy una valoración social positiva, y ello acarrea un grave perjuicio para la sociedad en su conjunto, tema grave si los hay en un momento en que el mundo entero enfrenta peligros que nunca habían existido en la historia de la humanidad sobre la tierra, entre otros el de hacer inviable la vida humana en el planeta por el deterioro de su hábitat, la pérdida de respeto a la dignidad de la condición humana en muchos de los actores y el portentoso desarrollo tecnológico que ha permitido fabricar armas de exterminio de un alcance nunca antes siquiera imaginado.

 

Tal vez haya responsabilidad en los propios ciudadanos, que ya no consideran a su “polis” –o a su remedo más moderno, la “patria”- un conjunto por el que valga la pena sacrificar las dichas de la vida personal. Tal vez lo haya en muchos que han utilizado el poder que otorga la política, invirtiendo su sentido, como una herramienta para provecho propio.

 

Lo que está claro es que los valores de desinterés, entrega y altruismo que forman sus atributos éticos fundamentales no son ya un común denominador del escenario público.

 

El debate presidencial del domingo 9 en Estados Unidos, la primera democracia representativa moderna, lejos de honrar la sentencia de Juan Pablo II fue un crudo recordatorio de la degradación de la política y de la urgencia de reaccionar.

 

Por el bien de todos.

 

Dr. Ricardo Lafferriere

www.laspi.net/rel

www.ricardo-lafferriere.blogspot.com

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