Martes, 15 Noviembre 2016 14:34

Trump y la Argentina

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Si la mala suerte existiera en el destino de los países, no caben dudas que la Argentina, es uno de esos lugares que nacieron estrellados, antes que con estrellas.

 

 

Quienes siguen estas columnas saben que no soy para nada partidario de colocar fuera de uno las razones del éxito o del fracaso individual o colectivo.

 

Pero como dijera Ortega, no hay dudas de que uno es uno y sus circunstancias y éstas no pueden dejar de ser tenidas en cuenta a la hora de hacer un balance de la performance de los países.

 

El triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los EEUU, constituyen una complicación para el escenario que el presidente Macri había proyectado antes del 8 de noviembre.

 

Hace más o menos 80 años que el país cayó en el populismo nacionalista y de allí no ha logrado salir. Esa malaria lo arrastro por una pendiente declinante como quizás a ninguna otra nación de la Tierra: literalmente lo destruyó.

 

La llegada de Mauricio Macri al gobierno no suponía un abandono completo de ese sistema pero sí al menos una revisión profunda de sus extremos más delirantes. El presidente había confiado en construir una relación cercana con Washington para que eso lo ayudara a sacar gradualmente al país del extravío de la economía cerrada y el proteccionismo inútil.

 

En ese contexto ocurrieron las elecciones en EEUU. ¿Y qué ocurrió? Ganó un personaje que basó su discurso en el cierre de la economía. ¿Es eso posible? ¡Justo cuando el país decide enfrentar la que probablemente haya sido la causa principal de su catástrofe, en la mayor economía del mundo triunfa un discurso populista! ¿Se puede llamar a eso mala suerte? No lo sé, pero si existiera, esto que ocurrió se le parecería bastante.

 

¿Qué probabilidades hay, de todos modos, de que Trump dirija a los EEUU a un proteccionismo al estilo argentino que siente un precedente mundial como para que otros países puedan imitarlo, lo que, obviamente sería muy negativo para Macri y para la Argentina?

 

Creo que sinceramente bastante pocas. El candidato Trump tendrá dificultarse en clonarse en el “presidente” Trump. Los EEUU son un país muy “institucional” y muchas de las promesas de campaña no se concretarán fácilmente.

 

Además, el presidente electo parece tener una remembranza de un país que ya no es posible. Sus referencias al “renacimiento” de ciertas industrias que supuestamente “el libre comercio” hundió es una mezcla de demagogia y ensoñación: esas fábricas no cayeron por la libertad comercial ni por la globalización, sino porque el mundo cambió y los países que progresan son aquellos de tecnología intensiva más que los de trabajo físico intensivo. Por lo tanto, si ese progreso desea mantenerse no se trata de retrotraer el mundo a los años posteriores a la Segunda Guerra sino en adaptar las condiciones de los trabajadores a las nuevas demandas laborales. Quizás Trump aprenda eso de la manera dura. Estará en él elegir a tiempo una alternativa más racional.

 

Más allá de la increíble coincidencia “al revés” que caracterizó a la Argentina (caer en manos de un proteccionismo picapiedra cuando el mundo disfrutaba de un progreso sin igual que el libre comercio le permitía; y ahora intentar una vía más afín al libre comercio cuando en Washington gana un proteccionista -algo que muchos dirían se parece a la suerte de aquel emprendedor que decide poner un circo y le empiezan a crecer los enanos-) no está necesariamente terminada la opción por la libertad.

 

Trump ya ha salido a “ajustar” parte de su discurso de campaña, ahora en su nuevo rol de presidente electo. Ahora resulta que el muro quizás sea un cerco y que los deportados sean criminales e inmigrantes con antecedentes penales pero no inmigrantes lisos y llanos. También quizás sea posible que el Obamacare no se derogado, sino “reformado”. En esa misma línea el nuevo presidente deberá ajustar su discurso en materia económica y es allí donde las condiciones  que Macri había pensado, renacen.

 

El país necesita desesperadamente un socio de primer orden, mucho más desarrollado que él para que esa vorágine ascendente lo arrastre también hacia arriba. Sus clásicas asociaciones regionales, serán muy convenientes desde la demagogia de la “Patria Grande”, pero son completamente inconducentes para mejorar el nivel de ida de la gente, que, en el fondo, es lo único que cuenta.

 

Trump no es estúpido y sabe negociar. También Macri ha demostrado ser un buen negociador. Desde sus tiempos en la presidencia de Boca, hasta su gestión como jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el presidente ha conseguido buenos arreglos para sus representados (los socios de Boca primero y los ciudadanos de Buenos Aires, después).

 

Nadie dijo que la tarea de un presidente fuera fácil. Trump y Macri pertenecen a una raza común: son hombres de negocios que se han metido en la política. Y el presidente argentino lleva incluso unos años de experiencia por sobre el norteamericano, en ese terreno.

 

Negociar con la nueva administración republicana probablemente obligue a un replanteo de las estrategias. Pero lo mejor que podemos desear y esperar es que ese cambio no implique una desestimación de la meta principal: sacar a la Argentina el encierro y de la asfixia.

 

Ya hemos tenido bastante escuchando a la Sra. Fernández queriendo atribuirse poco menos que el triunfo de sus ideas en Washington. Salgamos de esta pavada, por favor. No se puede pretender seguir engañando a la gente con un mundo irreal. Y si parte de los norteamericanos votaron como votaron llevados por esa esperanza de mentira, lo lamento por ellos. Percibir el engaño y salir de él no será gratis para ellos. Pero eso no necesariamente debería sacar de su norte al presidente argentino.

 

Carlos Mira

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