Viernes, 03 Marzo 2017 11:48

Macri y la oposición

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El discurso del presidente Macri para inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso marcó varias pautas más allá de la letra pura y simple del mensaje. No solo para el gobierno que preside, sino para la oposición.

 

 

Respecto de ésta van quedando pocas dudas de que el peronismo no puede vivir sin poder y de que la esperanza de un “peronismo republicano” va confirmándose cada vez más como un perfecto oxímoron antes que como una posible ilusión democrática.

 

Ayer, distinguir los comentarios de los kirchneristas y de aquellos que provenían de Graciela Camaño o de Diego Bossio era francamente difícil.

 

El peronismo gobernó 25 de los 30 años de democracia y aun tiene el tupé de preguntar por qué 1 de cada tres argentinos es pobre, como si ellos no tuvieran nada que ver en la ecuación. Resulta francamente insólito, según los parámetros mundiales, que una agrupación política que derrumbó a la Argentina como la derrumbó el peronismo tenga la capacidad para hacerle creer a la gente que no tiene nada que ver con ese desenlace sino que, al contrario, ese resultado se ha producido por la acción de otros que no son peronistas.

 

Por nombrar solo unos cuantos ejemplos sueltos, digamos que cuando el Rockfeller Center comenzó a construirse en New York, el edificio Kavanagh de Buenos Aires ya existía. Cuando la Standard Oil empezó a construir su primer kilómetro de oleoducto, Argentina ya tenía 35 km y 95 pozos en explotación. El subterráneo de Buenos Aires fue el primero en América Latina y uno de los primeros del mundo junto a los de Londres, Paris y New York. Hoy, mientras los demás cuadriplicaron su alcance, el nuestro mantiene, kilometro más kilometro menos, su misma fisonomía.

 

La primera sucursal internacional del Bank Boston fue la de Buenos Aires. Cuando Ford Motor Company decidió comenzar a fabricar autos fuera de EEUU, una de las primeras instalaciones fue en Gral. Pacheco en la Argentina. La primera y única tienda Harrod’s que existió fuera de Londres fue la que alguna vez se alzó en la calle Florida. Argentina llegó a ser la segunda potencia militar de América y el sexto país del mundo medido por su PBI per cápita.

 

La tarea de descubrir el misterio sobre cuándo todo esto comenzó a desmoronarse es tan sencilla como la de trazar una línea del tiempo y ubicar el destartalamiento de todos estos indicadores. Esa línea coincide sugestivamente -prácticamente con día y hora- con la aparición del peronismo en el escenario político argentino.

 

El país no pudo recuperarse nunca más. No sólo los indicadores económicos detuvieron su progreso; el país ingresó en una espiral de violencia política que destruyó la alternancia e instaló una mentalidad fascista de la que muchos comenzaron a beneficiarse, mientras el pueblo se empobrecía.

 

Mauricio Macri puede llegar a ser el primer presidente no-peronista desde Marcelo T. de Alvear que termine su mandato. ¿Cómo ha ocurrido eso? El peronismo también ha logrado que nadie lo considere culpable de los sucesivos derrocamientos de Frondizi, de Alfonsín y de De la Rúa. El peronismo es, en definitiva, un misterio, un misterio argentino que no encuentra paralelo en ningún lugar del mundo.

 

En cualquier otro país por mucho menos, quienes resultaran responsables de tales estropicios tendrían su vida política terminada. Pero aquí el peronismo sigue.

 

Es posible que ayer se haya producido en el presidente y en el gobierno un click que inicie un nuevo enfoque político que se aleje de “las ondas de amor y paz” y considere a la oposición peronista como lo que es: un movimiento que no descarta la destitución de un gobierno democrático si eso contribuye a recuperar el poder.

 

El gobierno dedicó demasiado tiempo a la inocentada de creer que era posible entablar un diálogo de iguales.  Y el peronismo es también muy hábil en hacerle creer durante un tiempo a un gobierno de signo diferente que lo apoya y que “quiere que le vaya bien”. Ya lo había hecho con Alfonsín, al que terminó esmerilando hasta despedirlo del poder seis meses antes de terminar el mandato. Hay que decirlo con todas las letras: el peronismo es una formación política que no termina de ser enteramente compatible con la democracia civilizada. ¿Por qué? Pues simplemente porque está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de no perder el poder por mucho tiempo, aun cuando eso incendie el país. Lo hace desde las declaraciones políticas, desde la acción de los sindicatos, desde los que ellos llaman “organizaciones sociales”, desde la prensa, desde los operadores políticos. Es capaz de armar un paro en el subte al grito de “hay un alacrán” hasta decir con todas las letras que las clases no comenzarán aun cuando les dé el aumento que piden.

 

No se trata de conformarlos porque lo que piden (como lo recomendaba Lenin en su decálogo) son imposibles a propósito que se eligen para poner a todo gobierno que no sea peronista enfrente de huelgas, de cortes salvajes y de una pérdida de la paciencia social.

 

A ellos no los conforma que Macri recite kilómetros de rutas, miles de millones en planes sociales, reivindicación de los jubilados o planes de reparación histórica para el Norte y la Patagonia; a ellos les interesa el poder, no digieren perderlo y están dispuestos a todo con tal de recupéralo. Si a eso le sumamos el odioso y resentido interés de Cristina Fernández por no terminar detrás de las rejas, estamos frente a un peligro. Un peligro que un tercio de la Argentina no termina de condenar como debiera. 

 

Carlos Mira

Visto 177 veces Modificado por última vez en Sábado, 11 Marzo 2017 16:27

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