Viernes, 16 Diciembre 2016 09:55

La estrategia de la billetera

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Por momentos, da la impresión de que tanto sus enemigos como también sus adversarios descubrieron un flanco débil en Mauricio Macri y sobre él cargaron todos a la vez, aun cuando esto no signifique -al menos, no necesariamente- que se hayan puesto de acuerdo entre ellos antes de dar comienzo a la embestida.

 

 

La fragilidad que trasparenta el presidente está asociada a cierta candidez y a la falta de firmeza con la que se ha desenvuelto en las últimas semanas frente a movimientos sociales que amenazan aguarle el fin de año; piqueteros que, a sus anchas, cortan la ciudad de Buenos Aires en cuanta ocasión lo consideran oportuno; gobernadores que se endeudan a cuenta de apoyos parlamentarios difusos, y empresarios siempre dispuestos a acomodar sus inversiones con base en los beneficios estatales.

 

Sea en razón de que obra a instancias de un espíritu conciliador llevado a los extremos; de los consejos de su gurú de cabecera -Jaime Durán Barba- y de su niño mimado -Marcos Peña- de no herir susceptibilidades o, simplemente, por falta de temple a la hora de fulminar condenas y de ejercer el poder sin contemplaciones, lo cierto es que Macri se encuentra hoy contra las cuerdas. No le han propinado un golpe de knock-out ni está aguantando -con entereza- una de esas golpizas que dejan secuelas visibles y hasta pueden hacer perder el equilibrio. Pero está a la defensiva.

 

Nadie lo quiere tumbar sencillamente porque ninguna de las fuerzas mencionadas más arriba está en condiciones de hacerlo. La versión, echada a correr como reguero de pólvora, según la cual el peronismo ha terminado su duelo y se prepara para desestabilizarlo, es pura fantasía. No hay ni habrá, hasta por lo menos noviembre del año próximo, un justicialismo unido. Confundir una votación en la cámara baja referida a la ley del impuesto a las Ganancias con una estrategia de largo plazo es de tontos. Lo que sucedió en el Congreso días pasados fue una avivada de Sergio Massa -producto de sus rápidos reflejos- que supo aprovechar la ocasión. La torpeza infinita del oficialismo le permitió lucirse. Nada más

 

De modo tal que la situación del macrismo no resulta desesperante ni admite ser descripta como la antesala de una crisis mayúscula. Macri no es De la Rúa. Aunque tiene, eso sí, desafíos que ni por asomo debió enfrentar el jefe de la Alianza victoriosa en 1999. El político radical no recibió como herencia un país devastado. El actual presidente, en cambio, ha debido lidiar con unas dificultades nacidas no sólo del desbarajuste social y económico que le dejó el kirchnerismo sino con las expectativas de una sociedad que no es consciente de dónde esta parada.

 

Es como si Macri no terminase de convencerse de que llega un momento en el que debe actuar conforme al adagio que reza: puño de hierro en guante de seda. En virtud de su escasa fuerza parlamentaria es natural que haya intentado dialogar y labrar acuerdos con movimientos, fuerzas, banderías y partidos situados en las antípodas de su pensamiento. A condición –claro- de saber negociar con la billetera. Si se le paga por adelantado a todos los reclamantes sin recibir a cambio sino bofetazos, la billetera deja de ser un instrumento para disciplinar a los enemigos. ¿Qué harían los mandatarios provinciales si le retaceasen los fondos coparticipables? ¿Cuál sería el peso de la militancia barrial si a los movimientos sociales se le cortase el chorro de fondos? Reaccionarían, por supuesto, desde una posición de debilitad. Es que, en el fondo, son hijos y entenados del Tesoro Nacional.

 

Perder de vista que a las fuerzas a los cuales le ha abierto generosamente las arcas públicas serán sus adversarios -en el mejor de los casos- en las elecciones de octubre de 2017 y, en el peor, sus enemigos, resulta peligroso. Estamos hablando de Sergio Massa, de la CGT, del Frente para la Victoria, Emilio Pérsico y el peronismo ortodoxo en general. Era lógico que los aliados tácticos del año 16 súbitamente se convirtiesen en adversarios -inclusive rabiosos- de cara al año siguiente. Si no fuera así, serían filántropos y en el peronismo esa variedad es inexistente. A partir de ahora tratarán de sacar ventajas como lo haría cualquier hijo de vecino en la misma situación.

 

Por eso, enojarse y acusarlo al jefe del Frente Renovador de falso y, por lo tanto, poco confiable, demuestra un diagnóstico impreciso o, lisa y llanamente, erróneo de los carriles a través de los cuales fluye la política. Massa no hizo causa común con el kirchnerismo en términos estratégicos. Fue una movida táctica la que ejecutó y le salió bien. Piensa en las próximas elecciones y desea sacar tajada de cualquier pifia gubernamental. Hasta poco tiempo atrás, Massa y parte del justicialismo acompañaron desde una posición conciliadora al gobierno. En los próximos diez meses no lo harán más. Después, se verá en función de cuál sea el resultado de los comicios legislativos.

 

Ello obliga a Macri a modificar la forma de administrar el poder. Los aliados en política son -de ordinario- ocasionales. Si cambian las circunstancias debe mutar la estrategia. La oportunidad de dar un golpe de timón se halla a la vuelta de la esquina. El proyecto de Ganancias -que tiene media sanción de Diputados- quedó postergado, al cabo de la sesión substanciada ayer, para dentro de siete días. El propósito de las fuerzas opositoras, pues, quedó en veremos. Habiendo el gobierno logrado dilatar el trámite, se abren ahora escenarios bien diferentes, según naufrague o prospere el proyecto opositor. Si esto último sucediese, Macri tendría dos variantes: aplicar el veto o trasladar el costo de la fiesta -que pretende imponerle el arco conformado por Massa, el PJ y el kirchnerismo- a los gobernadores. Si Macri se decidiese por esta última, significaría un giro en punto a la estrategia de conciliación a ultranza que ha desplegado en los primeros doce meses de gestión. Supondría hacerles ver a los mandatarios provinciales, en este caso, que la billetera puede abrirse y cerrarse, como arma de negociación, en menos de lo que canta un gallo.

 

Con un horizonte fiscal más que complicado, y unos comicios decisivos en octubre, si el presidente no se pone los pantalones largos su política de cambio fracasará antes de haber comenzado.

 

Vicente Massot

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