Jueves, 30 Junio 2016 09:04

El peronismo en estado de asamblea

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La reunión que el jueves próximo congregará -salvo postergación de último momento- a la plana mayor del peronismo nacional, no será decisiva respecto al futuro de ese movimiento político, aunque marcará un antes y un después en términos del kirchnerismo como astro declinante.

 

 

Cuando los diferentes caudillos justicialistas se den cita en la sede partidaria quedará trasparentada -con la ausencia de Cristina Fernández y la presencia intrascendente de unos pocos de sus acólitos- la definitiva licuación de esta secta o facción -como prefiera llamársela- que detentó por espacio de doce largos años un poder absoluto; concretamente, desde mayo de 2003 hasta el 10 de diciembre pasado.

 

Mientras duró la hegemonía indisputada del santacruceño y luego de su mujer, en el movimiento nacido a instancias de Juan Domingo Perón el 17 de octubre de 1945, nadie abrió la boca -salvo para entonar una loa en homenaje del matrimonio- y a nadie se le ocurrió la idea de consultar nada con las autoridades partidarias. Cuando hay un jefe, en el peronismo las instituciones son puro decorado. Pero cuando la ausencia del que manda se hace notar, entonces sí cobran relevancia los congresos, las internas y las convenciones.

 

En vida de Perón, de Menem y de los Kirchner -que han sido, más allá de sus diferencias, los cuatro líderes históricos que le han fijado rumbos al movimiento- era inimaginable pensar que algún dirigente de peso se atreviese a disputarle a aquéllos el poder. Y los incautos que lo intentaron -pocos, por cierto- terminaron presos o arrumbados en un rincón.

 

Por tercera vez desde el retorno de la democracia en 1983, el peronismo se encuentra en un lugar que siempre le ha resultado incómodo. En el llano, lejos de Balcarce 50, debe asumir sus responsabilidades como fuerza opositora. Pero como el llano es el resultado de la derrota y los reveses electorales se pagan caro, a semejanza de 1983 y -en menor medida- de 1999, el peronismo se halla huérfano de un jefe y -por lógica consecuencia- falto de la unidad que es la condición necesaria para intentar un regreso, en 2019, a la Casa Rosada.

 

El jueves quedará fáctica y formalmente resuelto el fin del dominio K y el inicio de un nuevo ciclo. Cuanto estaba claramente delineado al momento de conocerse el triunfo de Macri, ahora no admitirá más discusión. Cristina Fernández es historia, como Carlos Menem y Eduardo Duhalde. Conservará, a lo sumo, una treintena de diputados -pocos más o menos- y, mientras pueda resistir en su cargo, le responderá en cuerpo y alma la Procuradora General, Alejandra Gils Carbó. En seis meses, la todopoderosa gobernante de otrora se convertirá en un actor de reparto de los muchos que pululan en la política criolla. Nada más.

 

El peronismo asambleísta -por denominarlo así- ha recobrado aliento como instrumento necesario para fijarse, de puertas para adentro, reglas de juego y para delinear una hoja de ruta. Balcanizado como está, no puede alentar grandes esperanzas en punto a la unidad tan anhelada y a la irrupción de un nuevo jefe.

 

Pero no tiene más remedio que hacer lo que menos sabe: discutir civilizadamente sin perder de vista el hecho de que ninguno de los gobernadores, senadores, diputados, o notables con pretensiones de liderazgo, es más que los otros.

 

El viejo movimiento populista enfrenta una serie de dificultades de bulto. Por de pronto, Sergio Massa no estará presente en el encuentro del día jueves. Y sin la cabeza del Frente Renovador dentro del peronismo, éste rengueará sin remedio. Es fácil de entender por qué el de Tigre no dará, de momento, ni un paso en dirección del PJ. Dejará que decante la interna que recién comienza y luego, sin apuro, de cara a las elecciones del año próximo, y con base en la estrategia que defina, moverá sus piezas.

 

El segundo escollo es que los anotados son legión; a diferencia de 1983, cuando dirimieron supremacías por espacio de dos años Herminio Iglesias y Antonio Cafiero, y de 1999, año a partir del cual prolongaron sus rencillas y rencores -con el resultado por todos conocido- el riojano y Eduardo Duhalde. En esta oportunidad los postulantes -Pichetto, Urtubey, Gioja, Randazzo, Scioli y De la Sota, cuando menos- están sobrados en ganas y carentes de las estructuras y seguidores que, aun derrotados, acreditaron en su momento Iglesias, Cafiero, Menem, y Duhalde.

 

El tercer gran escollo es la posible fuga de votantes hacia el macrismo, si el gobierno actual lograse cosechar en materia económica los éxitos que auguran el presidente y sus principales colaboradores. En un país donde sólo 30 % del electorado se define claramente como simpatizante de un determinado partido político, y otro 70 % se asume como independiente, salta a la vista que un peronismo dividido será presa fácil de un oficialismo consolidado, dueño del unitarismo fiscal y decidido, por razones obvias, a retener en octubre de 2017 las plazas electorales que ganó en las elecciones del año pasado.

 

No por nada el oficialismo ha decidido acelerar el armado electoral para los comicios que se substanciarán dentro de 15 meses. La estrategia gubernamental apunta a capitalizar el derrumbe del kirchnerismo y la desunión del PJ. El frente Cambiemos no quiere dejar pasar la oportunidad dorada que se le presenta. Por eso, se puede decir que la campaña electoral -sin bombos ni platillos, por el momento- ha comenzado.

 

Vicente Massot

Visto 1231 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 22:59

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