Jueves, 28 Julio 2016 07:54

Dos políticos

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Marcelo Tinelli es un showman como pocas veces se ha visto otro en estas tierras. El éxito que ha generado lo ha convertido en una marca registrada.

 

 

Con la particularidad de que, con los picos de audiencia que tiene acreditados desde hace dos décadas, poco más o menos, su influencia excede con creces el universo televisivo. El hecho de que su programa resulte visto diariamente por millones de personas lo ha transformado en un verdadero factor de poder. Es en este contexto, pues, donde conviene ubicar la disputa o diferencia -como prefiera llamársela- estallada entre el animador, hincha fanático de San Lorenzo de Almagro, y el presidente de la República, seguidor apasionado de Boca Juniors.

 

Traer a comento semejante rencilla podría parecer una decisión entre frívola y desatinada, si no fuera por el calado que arrastran los dos personajes en su deriva. Conviene entender que, a su manera, Tinelli es también -al margen del papel que ocupa en el mundo del espectáculo- un personaje político, aun cuando a primera vista no lo parezca.

 

No por nada fue tanteado en su momento por el kirchnerismo, con el cual -tras un breve idilio- terminó a las patadas. Cerrado ese capítulo, Marcelo -como le dicen todos, los íntimos y los recién llegados a su entorno por igual- abrazó la idea de presidir la AFA y allí chocó con Mauricio Macri. Hasta ese momento entre los dos no había existido ni un sí ni un no. Todo era miel sobre hojuelas. Pero la conducción de una entidad futbolística de tamaña importancia transformaría una relación de buena vecindad en conflictiva, sin escalas intermedias.

 

Al gobierno actual, como a cualquiera de sus antecesores, las críticas de periodistas de renombre con un rating escuálido, le importan poco o nada. En cambio, que millones de personas hayan visto al sosías de Macri en calzoncillos, tratando de explicar con tono balbuceante e incoherente los aumentos tarifarios, no le pasó desapercibido.

 

En la Casa Rosada suponen que el tono antimacrista del programa dirigido por Marcelo Tinelli es un pase de facturas por la oposición que, según este último, le hizo el presidente a su fallida candidatura en la AFA. Determinar quién lleva razón y quién no es tarea complicada a esta altura del partido. Básicamente en atención a que Macri no quiere ver al animador sentado en el sillón que había dejado libre Julio Grondona, y, a su vez, que el showman cargó las tintas en contra del jefe del Pro y primer magistrado, ridiculizándolo.

 

En ningún país medianamente serio sucederían estas cosas, y no porque no existan en el primer mundo conductores televisivos enormemente exitosos, críticos a un mismo tiempo de las políticas gubernamentales y de los funcionarios públicos. El motivo es otro, bien distinto, y radica en la índole de la sociedad. En los Estados Unidos, Alemania, Francia o Japón se puede perder una elección presidencial en un debate que, en términos generales, es presenciado por millones de espectadores. Nunca los candidatos en disputa, en cambio, podrían ver clausuradas sus posibilidades por efecto de un espacio como el de Showmatch.

 

En estos pagos, sin instituciones sólidas y con una clase política desprestigiada hasta límites indecibles, el mundo del espectáculo -en sentido amplio- ha probado ser un trampolín extraordinariamente efectivo para escalar posiciones cuando lo que se juega es el poder. Carlos Reutemann, Daniel Scioli, Palito Ortega, Pinky, Nito Artaza, Miguel del Sel y Héctor Baldassi, entre otros, son la prueba más evidente de lo expresado más arriba. Hasta el mismo Mauricio Macri cabría en esta galería. ¿O alguien cree que sin su extraordinario éxito como presidente de Boca Juniors podría haberse lanzado a navegar las procelosas aguas de la política criolla con alguna posibilidad -siquiera remota- de sentarse algún día en el sillón de Rivadavia?

 

No serán pocos los que se preguntarán, si acaso no abandonaron antes la lectura, a dónde queremos llegar. Para decirlo sin demasiadas vueltas y que quede claro: nos hallamos ante un conflicto político de baja intensidad, pero no de importancia menor. Hoy Tinelli, aunque quisiese, no está en condiciones de enderezar, en contra de su adversario, un torpedo capaz de impactar en la línea de flotación de la administración de Cambiemos. Pero -eso sí- se halla a su alcance la posibilidad de esmerilarlo de a poco. Suponer que podría poner en jaque al gobierno, representa un sinsentido. Al menos, no por ahora. En distintas circunstancias, recordemos cuanto sucedió con Fernando De la Rúa.

 

Tinelli no está en condiciones de herirlo a Macri; de la misma manera que Macri -aún con todo su poder- carece de los resortes para ponerle un bozal a Tinelli. Si fuese Néstor Kirchner, la situación sería distinta. En los años que manejó el país a gusto y gana, ni una sola vez el santacruceño fue objeto de burlas en Showmatch. Por el contrario, en la misma oportunidad que se montó una parodia al respecto, el entonces presidente fue presentado como un jodón divertido. Ni por asomo parecido a la imitación que Freddy Villarreal montó respecto a De la Rúa.

 

Había un motivo que ahora no existe: con Kirchner no se jugaba y quien osara romper unas reglas de juego no escritas -pero por todos conocidas- sufría las consecuencias. A Macri, inversamente, se le puede ridiculizar sin problema. Tiene códigos distintos y una concepción de la libertad de prensa ajena al pensamiento kirchnerista.

 

La sangre -de más está decirlo- no llegará al río. Los dos contendientes le bajarán los decibeles a la polémica entablada cuando se reúnan hoy, en la Casa Rosada, con el propósito de aclarar los tantos. La pelea no le conviene a ninguno de los dos y los dos lo saben. Son -cada uno a su manera- políticos.

 

Vicente Massot

Visto 1026 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 23:26

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