Jueves, 08 Septiembre 2016 09:32

Sonoridades intrascendentes y actores fundamentales

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Las miles de personas que el pasado viernes se congregaron -como es ya costumbre- en la plaza histórica para ventilar desde allí críticas e insultos por igual a expensas del gobierno macrista, en un solo aspecto eran semejantes a las que desfilaron en contra del kirchnerismo en los últimos años de la administración presidida por Cristina Fernández.

 

 

Desiguales en punto a observancias ideológicas, composición social, preferencias culturales y educación, las multitudes hoy todavía dispuestas a quebrar una lanza a favor del matrimonio patagónico comparten con las que hasta fines del año pasado no deseaban ver a los K ni en figuritas esta única faceta: la impotencia para cambiar las cosas o, si se prefiere, para modificar la situación que detestan.

 

A falta de peso específico en un Congreso que, sin diferencias de cámaras, a partir de 2003 se había transformado en la escribanía mayor del oficialismo; con musculatura en diferentes estados provinciales, dependientes del unitarismo fiscal con sede en Balcarce 50 y de llegada a los camaristas federales apoltronados en Comodoro Py, temerosos de que el kirchnerismo los mandara a la casa sin goce de jubilación, parte de la sociedad civil opuesta al Frente para la Victoria decidió manifestarse en las calles de todo el país. Y en eso encontró una forma, de exteriorizar sus razones y sus broncas, novedosa al menos para muchos de los que nunca antes habían participado de ese tipo de algaradas.

 

Se dieron el gusto de ganarle al kirchnerismo un espacio público que hasta ese momento había sido de su exclusivo dominio, pero no mucho más en términos de poder político. Hubo que esperar a que se llevaran a cabo los comicios presidenciales para recién entonces, una vez conocido el triunfo de Cambiemos, cantar victoria luego de cosechar derrotas, casi ininterrumpidamente, durante doce años.

 

No muy diferente es el panorama que se recorta en el horizonte de los partidos, banderías, sectas, sellos de goma, sindicatos, centrales obreras y fuerzas de choque, de la más variada índole, que se amontonaron cuatro días atrás entre la Casa Rosada y el Cabildo. Lograron juntar más gente, mucha más, de lo habitual. Por algunas horas parecieron tener a su disposición el centro de Buenos Aires; se despacharon a sus anchas en lo que hace a oratoria de barricada, y hasta algunos -los más exaltados y, al propio tiempo, ilusos- creyeron que asistían a una epifanía revolucionaria. Pero vistas las cosas de manera desapasionada, repetían la impotencia de quienes, con anterioridad a ellos y con un estilo bien distinto, habían llenado la célebre plaza llevando sus consignas antikirchneristas ante la Rosada

 

Las grandes manifestaciones sirven de poco y nada en la Argentina. Pueden -a lo sumo- anticipar un cambio en el humor popular o del rumbo político. Y eso sólo a veces. Toda la movilización generada con base en el campo en 2008, que tuvo dos episodios trascendentales -el acto en Rosario, junto al Monumento a la Bandera y el de los bosques de Palermo- no fue decisiva a la hora de votar en el Senado. Obró, por supuesto, su efecto y no hay razón para desmerecer su peso, sólo que el revés sufrido por Néstor y Cristina Kirchner esa madrugada ya famosa tuvo otras causas. Es más, ni siquiera esa victoria táctica del arco opositor, unida al triunfo en la provincia de Buenos Aires, acontecida un año después, puso en tela de juicio el tinglado gubernamental. En 2011 la viuda del santacruceño fue plebiscitada por segunda vez.

 

La travesía del desierto que desde 2003 a diciembre del año pasado tuvo por protagonistas a los sectores sociales ajenos o refractarios al universo K, ahora deberán emprenderla quienes gobernaron el país a su antojo con las mismas prácticas que habían desarrollado antes en Santa Cruz. Podrán entonar cantos de guerra, pintarse la cara, enderezar amenazas contra el macrismo, vaticinar catástrofes y considerarse beligerantes, pero todos sus esfuerzos serán vanos. De igual forma que, por numerosas y extendidas que fueran en la geografía nacional, las concentraciones opositoras a Cristina Fernández no le hicieron variar un punto o una coma a su libreto.

 

Para ponerlo más claro y explicar el argumento en consonancia con un ejemplo de nuestra historia contemporánea: a Fernando De la Rúa no lo volteó una conspiración del peronismo bonaerense orquestada por Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf. Cuando se produjeron los hechos de todos conocidos, a fines de 2001, el gobierno de la Alianza ya estaba muerto, por su propia incompetencia. Las manifestaciones multitudinarias y vocingleras -las antikirchnerista, como las pasadas, o de las falanges populistas y de izquierda, como la del viernes último- son anécdotas que se evaporan en horas. No sirven para construir poder y a la postre resultan poco significativas o -lisa y llanamente- insignificantes.

 

Aquellos que tienen hoy la sartén por el mango y quienes aspiran a pavimentar, de aquí en adelante, la ruta que puede depositarlos en diciembre de 2019 en la Casa de Gobierno, no se dejan llevar por impresiones momentáneas. Tienen en claro cuáles son sus prioridades y obran en consecuencia, tratando de no quedar enredados en estudiantinas callejeras.

 

Los actores que cuentan son básicamente tres: por un lado la coalición gobernante, con la composición heterogénea que le conocemos; en segundo término el Frente Renovador y por último -last but not least, dirían los ingleses- las múltiples capillas que, en la actualidad, cobijan a un peronismo huérfano de jefatura y de unidad. Los demás que pueblan el escenario político argentino hacen las veces de meras comparsas. Sencillamente, son actores de reparto cuya importancia resulta menor desde cualquier punto que se los analice.

 

La iniciativa que lleva adelante el oficialismo apuesta todas sus fichas -lo cual es lógico- a la evolución en el curso del primer semestre del año que viene de tres variables económicas excluyentes o poco menos: la inflación, la tasa de crecimiento y el índice de desempleo. De cómo luzcan éstas en las próximas vacaciones de invierno -por poner una referencia de calendario- dependerá, en buena medida, la chance electoral de Cambiemos. Si bien Alfonso Prat Gay pudo pecar de osado cuando sostuvo en público, días atrás, que la inflación había dejado de ser un problema, en realidad razones tenía para decirlo. La tendencia es claramente a la baja y nada hace pensar que la meta de 17 % para 2017 resulte una ilusión.

 

En cuanto al crecimiento de la economía, está en discusión si la recesión ha o no encontrado su piso. Frente al estancamiento registrado este año, cualquier porcentaje entre 2 % y 3 % representaría -si no una mejora substancial- sí un significativo cambio de inclinación. Respecto del empleo todas son incógnitas, aun cuando resultaría contradictorio suponer que, si la inflación ronda 17 % y el PBI creciese 3 %, la tasa de desempleo de 2017 pudiera empeorar. Para una coalición gobernante a la cual no le sobran candidatos en la provincia de Buenos Aires, los datos económicos mencionados, en caso de convertirse en realidad, le otorgan un amplio margen de maniobra.

 

En esto el Frente Renovador y el peronismo de taifas, a su manera, son tan dependientes de los índices que por momentos desvelan a Macri como el propio oficialismo. Sólo que cuanto beneficia a unos perjudica a otros. En la medida que la situación económica mejore, las probabilidades del Frente Renovador y del justicialismo de ganar los comicios legislativos decrecerá. Rige en la materia una ley física. Con todo, a esta altura del partido, con un año por delante hasta que se substancien las elecciones, el massismo acredita, en comparación con sus adversarios, la grilla de candidatos con mejor intención de voto. Claro que no está dicha la última palabra ni mucho menos. Las preguntas son más que las respuestas. ¿Irá el peronismo como parte del Frente Renovador o presentará candidatos propios? ¿Aceptará Massa disolver su partido si los justicialistas de todos los rincones lo recibiesen en su seno como al nuevo jefe? ¿En qué partido decidirá competir Margarita Stolbizer? ¿Qué hará el ex–ministro Florencio Randazzo? ¿Bajará al ruedo Sergio Massa? ¿Lilita Carrió se anotará en el distrito bonaerense o en la Capital? ¿Cuál será la decisión de Cristina Fernández y de Daniel Scioli? Sobran incógnitas, pues, y faltan certezas. 


Vicente Massot

Visto 1022 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 23:38

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