Jueves, 01 Septiembre 2016 09:44

La Armada Brancaleone

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La Argentina es, en muchos aspectos, el país del eterno retorno. Entre nosotros, por las razones que fuera, todo pasa para -al cabo del tiempo- resurgir como si tal cosa.

 

 

Uno de los clásicos integrantes de esta marcha en donde, sin solución de continuidad, los tópicos ideológicos, las políticas públicas ya ensayadas y las recetas más disparatadas siempre reaparecen en escena sin importar la índole de los gobiernos y los cambios habidos a escala planetaria, son las explicaciones conspiracionistas.

 

Nunca faltan; y arrastran, en su desenvolvimiento, condimentos de la más variada especie. En su momento los protagonistas por antonomasia fueron los masones, los judíos y los integrantes de las logias sinárquicas. Faltó que se acusase a los bomberos de tejer en las tinieblas planes desestabilizadores para que nadie faltase a la cita. Ahora le ha tocado el turno al kirchnerismo.

 

Se dice que cuanto queda de la administración pasada se halla en pie de guerra en contra de Macri y aspira a echarlo por la borda con el concurso de la violencia, si ello resultase necesario. La acusación levantada a expensas de una serie de organizaciones de inequívoca raigambre K merece un análisis pormenorizado en atención al hecho de que, con base en un bric a brac de declaraciones, baladronadas, insultos, resentimientos y rencores viscerales -provenientes, todos, de hombres y mujeres que han mantenido una adhesión indisimulada al gobierno anterior- se ha construido una dudosa teoría conspirativa.

 

El vocerío contrario al oficialismo y el odio que han puesto de manifiesto desde Cristina Fernández a Hebe de Bonafini, de Máximo Kirchner al Cuervo Larroque, y desde los movimientos Barrios de Pie y Quebracho hasta los intelectuales de Carta Abierta, no dejan lugar a dudas respecto de la manera cómo entienden estos sectores que se vertebra un proyecto opositor en el seno de las democracias republicanas.

 

Ellos se han encargado de repetir hasta el hartazgo la distancia que los separa de un oficialismo -el de Cambiemos- al cual le desean de corazón que se estrelle contra la pared y abandone lo antes posible la Casa Rosada. En esto, los kirchneristas -casi sin excepción- no se han guardado nada a la hora de ventilar sus deseos. Ni siquiera por una razón elemental de concesión política se han llamado a silencio cuando todo parecía indicar que debían bajar la voz y esperar un mejor momento para embestir de lleno a una administración a la cual ninguno de los principales sectores de poder de la Argentina le desea que fracase, para así acelerar el trámite de un cambio de gobierno.

 

Echarle maldiciones del peor calibre y querer que su enemigo se vaya directo al infierno no convierte necesariamente al kirchnerismo en una fuerza conspirativa. La cuestión no pasa por el meridiano de la voluntad sino por el de la capacidad para desarrollar una empresa subversiva cuyo propósito sea la caída de Macri y, por lógica consecuencia, el fin, antes de tiempo, de la experiencia iniciada el pasado 10 de diciembre.

 

En términos políticos importa infinitamente menos la declamación, aunque sea seria, que la posibilidad de decidir un curso de acción. Para descender de lo general a lo particular y que el razonamiento se entienda mejor: Cristina Fernández lo quiere a Macri fuera de Balcarce 50; y junto a ella está la flor y nata de esa secta que maldice la hora en que perdió las elecciones y no imagina un futuro lejos de las mieles del tráfico de influencias, del dinero y de la fuerza bruta. Pero su afán no se corresponde con el poder de fuego que acredita hoy para que todo no quede en un griterío histérico.

 

A mucha gente parece asustarle ver a la Bonafini vociferando delante de dos mil almas en la Plaza de Mayo, flanqueada por Agustín Rossi, el hijo varón de Néstor Kirchner y cuatro o cinco personajes que, si en ese instante hubiese sonado un petardo debajo del palco que los sostenía, habrían pegado una espantada de novela. En realidad, no son peligrosos. Son patéticos; y si trascienden es porque los grandes medios le otorgan a sus actos -verdaderamente insignificantes- una cobertura desproporcionada. Lo mismo cabría decir de los otros presuntos protagonistas de este golpismo de opereta: el ex–jefe del Estado Mayor del Ejército, César Milani, y el ex–secretario de Comercio, Guillermo Moreno.

 

Sí es cierto que el mencionado oficial superior tuvo un rol no menor durante los últimos años de gobierno de Cristina Fernández y se encargó de montar un aparato de inteligencia que, ya en situación de retiro, en parte le sigue siendo fiel. También lo es que Moreno puso contra la pared, durante más de una década, a parte del empresariado sin que éste atinase a defenderse o a pararlo en seco por una simple razón de hombría de bien. Los dos fueron patoteros mientras tenían poder. Hoy han puesto, en sociedad,…un local que vende panchos.

 

No hay más que verlos para darse cuenta que lo suyo roza el ridículo. Suponer que puedan haberse complotado para sacárselo de encima a Macri no resiste el menor análisis. Lo cual no quita que puedan hacer una serie de pellejerías de poca monta y que, entre ellos, cuando se reúnen, fantaseen con la toma del Palacio de Invierno. Total no cuesta nada hacerlo. Creer que lo suyo es una empresa épica, destinada con el correr de los meses a transformarse en la punta de lanza de una revolución, es algo no tan descabellado en personas que se inventaron una realidad para consumo propio por espacio de años.

 

El kirchnerismo está en condiciones de liderar alguna que otra algarada callejera, cortar el tráfico de una avenida más o menos importante, tirarle piedras al auto presidencial y amenazar telefónicamente con poner una bomba en una repartición estatal.

 

No mucho más. Sus intentos desestabilizadores se asemejan a los planes forjados en la clandestinidad por el Partido Comunista argentino durante décadas. No generaban temor como sí movían a risa.

 

El problema no reside, en todo caso, en los K sino en un aparato de seguridad e inteligencia estatal que hace agua por los cuatro costados. Los payasos no hacen revoluciones ni generan conmociones políticas. Por lo tanto no hay nada de peligroso en que trasparenten sus deseos. El verdadero peligro está en otro lado. Por curioso que parezca, el arco opositor no tiene nada que ver en el asunto. El quid de la cuestión reside en la obsolescencia del Estado.

 

Seamos honestos, no hay un intento desestabilizador. No porque al kirchnerismo le falten ganas como por el hecho de que le faltan fierros. Y aunque los tuviese, ¿alguien puede imaginarse a un estado mayor revolucionario con Máximo, Larroque, Milani, Moreno, D’Elía, Rossi y Espinoza a la cabeza? A los que se toman en serio estas cosas les convendría verlo a Vittorio Gassman en La Armada Brancaleone.

 

Vicente Massot

Visto 608 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 23:38

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