Domingo, 19 Marzo 2017 00:00

Si vienen los comunistas me voy a la estancia

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Los peronistas, a los que atribuimos muchos de los males que aquejan a la Argentina, no nacieron en un repollo ni vinieron de Marte, fueron la respuesta a una serie de problemas socioeconómicos de la primera mitad del siglo XX.

 

La frase que precede este artículo es atribuida por algunos memoriosos a las hermanitas Unzué. Esta expresión (que nadie puede confirmar si realmente fue dicha) rápidamente se convirtió en el símbolo del candor, desinterés, falta de adecuación a la realidad que algunos ideólogos atribuyeron a la clase dominante vernácula.

Muchos miembros de esta elite pensaron que la bonanza que caracterizó el fin del siglo XIX y principio del XX no tendría fin, y que las ubérrimas estancias que poseían podrían mantener for ever and ever su rumboso ritmo de vida, alternando estadías en París y Cannes con largas temporadas en sus caserones, construidos en medio de la pampa húmeda, para terminar sus días en los señoriales mausoleos de la Recoleta.

A este grupo, que se codeaba con la aristocracia europea, le llegó el momento de asumir la dura realidad cuando los precios de los commodities colapsaron después del crack del ’29. Algunos de ellos, incapaces de tolerar este recorte en su ritmo de vida –como  Gómez Anchorena, famoso por darle un cheque en blanco a su amigo de correrías, Alfonso Borbón, al ser ungido Rey de España- optaron por vender paulatinamente sus tierras hasta poseer solo el espacio donde depositaban su ataúd (y a veces, ni de eso eran dueños).

Los grupos conservadores no dudaron en usar al ejército para defender sus prerrogativas, poblando sus promociones de oficiales con apellidos ilustres, quienes se encargaron de ganar por golpes de Estado lo que no podían ganar en las urnas. La gran amenaza entonces era la marea roja que había segregado a Rusia y a China de las políticas capitalistas. Los comunistas desde los sindicatos proyectaban la sombra de la hoz y el martillo.

Las políticas fascistas-nacionalistas fueron el antídoto contra esta amenaza. En Europa y América estos grupos se adueñaron de los reclamos sociales y las agrupaciones obreras. Perón vio claramente este fenómeno durante su permanencia en Italia y no dudó en injertar el modelo en la Argentina. En un primer momento se ofreció como mediador de los grupos más conservadores que tenían fluidas conexiones con el GOU. Él sería el nexo entre la conducción y el pueblo, pero su convocatoria no tuvo la respuesta deseada y solo algunos grupos del interior adhirieron al llamado del coronel.

El recalcitrante discurso clasista de su segunda esposa marcó una diferencia abismal que terminó de cortar lazos con los grupos conservadores, quienes prefirieron abrazarse al socialismo y al comunismo nacional en la llamada Unión Democrática, amparados bajo el paraguas del embajador americano Spruille Braden, quien criticaba el filonazismo del coronel y su grupo de oficiales. Este melange política tuvo poca vida

Durante el gobierno peronista, en los sindicatos se barrió con todo elemento de izquierda y su conducción quedó enteramente bajo el espectro del peronismo. Sin embargo la ausencia del general fue creando un acercamiento con la izquierda, de la mano de John William Cooke y posteriormente Vandor, que acariciaba la intención de crear el peronismo sin Perón. El “Lobo” tuvo un efímero romance con el partido comunista (que mal terminó).

Mientras tanto la conducción conservadora no sabía cómo adecuarse a los cambios de política ni encontraba la forma de mantener un diálogo con el “proletariado” y apeló al fraude patriótico o al golpe de Estado para mantenerse en el poder.

En su retiro madrileño, el Gral. Perón tuvo tiempo para leer los libros de los intelectuales de los ’60, entonces plagada de citas marxistas. Muchos veían un mundo bajo la insignia comunista y el general comenzó a escuchar el canto de las sirenas izquierdozas, más cuando la juventud disidente con los gobiernos militares trataba de conjugar el exclusivismo político de los partidos de izquierda con las tradiciones peronistas. Ambos lados “se usaron” mientras les dio rédito.

Cuando comenzaron los choques de intereses, se produjo otro cisma que terminó en una guerra civil declarada por el mismo Perón (mal que le pese a muchos de sus seguidores).

Pasaron los años y el kirchnerismo resucitó este viejo romance zurdo, pero con matices. Néstor se valió de la izquierda para otorgarle a su gobierno una corrección política que mal disimulaba el latrocinio. Pragmatismo puro. “La izquierda te da fueros”, sentenció el santacruceño.

Cristina, en cambio, es una fundamentalista que claramente exalta la figura de Evita y por lo bajo execra la imagen del general. Acaricia a la izquierda, mientras fogonea un capitalismo de amigos, pero acorralada como está, va a recurrir a todos sus seguidores (cualquiera sea su color) para armar el caos necesario a fin que la eximan de ir a prisión a ella y a sus hijos. Su actitud desestabilizadora es evidente.

En el siglo XXI poco queda en pie del conservadorismo oligárquico, víctima de la redistribución más feliz del mundo es decir, la reproductiva. La tan temida revolución agraria al final se hizo en los lechos conyugales. Una familia con 100.000 Ha. al cabo de tres generaciones de prole numerosa verá que sus bisnietos solo reciben macetas como herencia. Sin embargo, el agro se reinventó con tecnología e inversiones. La próxima cosecha record así lo demuestra.

En cambio, “la patria industrial” se encuentra jaqueada por impuestos exorbitantes (un ensayo redistribucionista de la princesa de Tolosa), inflación (otro regalo típicamente peronista) y la conflictividad sindical (dónde se percibe más claramente las diferencias entre “gordos” y “bolches”). Este grupo de poder mantiene una actitud dubitativa, y no logra ponerse de acuerdo en qué camino tomar (aunque sepa que el cepo nada resolvió).

Con un pueblo proclive al realismo mágico y las soluciones sin esfuerzo ni sacrificio (bueno, hay que reconocer que el peronismo –en todas sus variables- inmoló a la clase media y condenó de por vida a las clases bajas), la principal restricción para crecer siguen siendo los argentinos que claman por más de lo mismo, porque no se dieron cuenta que estábamos al borde del precipicio venezolano, en el que aún podemos caer si seguimos al canto de la sirena populista.

La deuda externa es de 200.000 millones. La proporción entre deuda y PBI ronda el 50 %. Pero las tasas están subiendo. Si no bajamos 1 punto por año del déficit, en el 2021 la relación deuda-PBI sería del 95 %. Y habrá peligro de un nuevo default, más si las inversiones solo se vuelcan a la especulación y no a la producción y seguimos manteniendo un exorbitante gasto social y burocrático.

Si el gobierno logra bajar el déficit 1 % por cada año, llegaremos al 2021 a una relación del 70 % que es más manejable. Hay otros países más endeudados (USA 100 %, Reino Unido 406 %, Alemania 142 %) pero ellos tienen crédito, la relación con el PBI per cápita es más favorable, y nunca entraron en falta de pago, pecado en el que ya incurrimos dos veces.

La gran pregunta es ¿le estamos arreglando (pongo en plural porque pago impuestos)  los desboles a un nuevo populismo para que arme otro zafarrancho cuando se haga del poder? ¿O nos deslizamos hacia una Argentina mejor?

Mientras que el campo parece apoyar esta última idea, los industriales dudan y refunfuñan. Sabemos que es difícil competir con este dólar y es difícil trabajar con esta inflación y estos gremios, pero no apoyar a este intento de ordenar el país es suicida. Es nuestra última posibilidad, porque aquí no va a quedar ni los galpones de la estancia “cuando lleguen los comunistas”.

Omar López Mato 

Médico y escritor   

Su último libro es Ciencias y mitos en la Alemania de Hitler

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