Domingo, 19 Marzo 2017 00:00

Reflexiones sobre la historia y el paso del tiempo - Por Guillermo V. Lascano Quintana

Escrito por 
Valora este artículo
(2 votos)

Frente a la costumbre de los jóvenes de cuestionar el pasado desde su corta experiencia, como si la historia no existiera y como si lo sucedido no fuera su resultado, voy a hacer el elogio de la senectud.

 

Hay, en estos tiempos, un intento de denostar, sin distinciones, a las generaciones pasadas y centrar la atención en aquella que aspira a ser una renovación. Ello se manifiesta, especialmente, en la actividad política y en la gestión gubernativa. Mucho menos en la gestión empresarial y en las ciencias, en donde la experiencia acumulada es valorada como base de la eficiencia y garantía del éxito.

Por lo pronto hay que recordar los aportes que, sobre las generaciones, hicieron, en España José Ortega y Gasset (En Torno a Galileo) y en nuestro país Jaime Perriaux (Las Generaciones Argentinas).

Dicho de manera simple y sencilla la tesis es que las sucesivas generaciones (que ambos autores fijaron en períodos de 15 años) tenían momentos de nacimiento, de preparación y de plena actuación en todos los ámbitos de la vida de una nación y que, consiguientemente, en algún momento, había una generación dominante.

Aún con la prolongación de la vida que nos brindan los adelantos de la ciencia médica, hay un momento en la existencia de los hombres en que la fuerza física merma, el paso se hace más lento, la palabra más pausada.

Los ancianos de este tiempo son mayores que los del pasado. Hoy una persona de 80 años conserva su vitalidad, sobre todo la intelectual, a la que se suman otros factores propios de la modernidad, tales como la telefonía e internet, que permiten comunicaciones fluidas en tiempo real aún para aquellos cuyas fuerzas físicas hayan disminuido. Aún los desplazamientos son más sencillos y rápidos.

La ancianidad, entonces, mantiene el sentido que tuvo en todos los pueblos y en toda la historia. Es la experiencia, la moderación, el equilibrio, que usualmente dan el paso de los años. De eso deberían sacar provecho los jóvenes.

No en vano casi todas las civilizaciones han rendido tributo a los ancianos, otorgándoles lugares de privilegio, sobre todo en la organización de las comunidades sociales.

El origen de la palabra senador, con el que se identifica al integrante del órgano Senado, es  “ancianidad”. Y generalmente, el senado, en términos de organización política, es el órgano integrado por aquellos selectos ciudadanos que representan la moderación y el equilibrio. En comunidades primitivas los jefes eran los mayores, quienes tenían experiencia y podían enfrentar mejor los desafíos de la existencia sin caer en los apresuramientos y arrebatos propios de la juventud.

Por eso me parece imprudente e injusto condenar a los ciudadanos mayores al ostracismo político, como si ellos fueran responsables de todo lo pasado y resultaran inútiles en el presente. Piénsese en Adenauer, de Gaulle, Reagan, Thatcher y tantos otros hombres y mujeres que entre la madurez y la vejez, orientaron y condujeron naciones. Ni hablar de Papas maduros o ancianos.

Dicho de otro modo: el trascurso del tiempo, generalmente, modera los impulsos, agrega experiencia y equilibrio. La juventud, en cambio, tiene otras características y cualidades meritorias, pero le falta lo que la ancianidad tiene: acumulación de información, reacciones menos violentas, juicios más ecuánimes.

Por todo ello lo que debemos hacer es cuidar a nuestros mayores, respetándolos, no sólo espiritualmente sino, también, en términos prácticos y utilitarios. Pueden ser maestros y darnos opiniones sensatas y meditadas. En algunos casos son pozos de sabiduría acumulada que no debemos desperdiciar. Más bien todo lo contario por lo que deberíamos sacar provecho y enseñanzas del pasado que ellos vivieron y que casi siempre se repite.

Los nuevos líderes deberían rodearse de aquellos que los precedieron y aprovechar su consejo, en vez de hacer un mérito en ignorar a quienes protagonizaron nuestra historia.

Por ello es un ingratitud, además de un error, no respetar la historia y a sus protagonistas porque, aunque cueste admitirlo, casi todo lo que tenemos se lo debemos a quienes nos precedieron.

Guillermo V. Lascano Quintana

Visto 737 veces

Latest from Guillermo Lascano Quintana

Fundado el 4 de agosto de 2003

<

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…