Domingo, 26 Noviembre 2017 00:00

Dejando atrás la Isla de la Fantasía

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Aunque algunos se resisten y añoren los tiempos de la ubre generosa de la vaca sagrada estatal, aunque se rasguen las vestiduras y escriban largas cartas que prometen revelaciones insospechadas, nada volverá a ser como antaño.

 

Aprovechando la fuerza de la victoria electoral, el gobierno ha impuesto una serie de medidas que pretenden enmendar el populismo kirchnerista dándole un empujón a la iniciativa privada.

Obviamente habrá quienes considerarán injustas algunas medidas y otros que las creen insuficientes. Entre el quiebre de paradigmas y el extremismo dogmático hay un enorme abanico de probabilidades que no pueden satisfacer a todos los gustos.

Ha habido un intercambio de opiniones entre el sindicalismo y el gobierno, y de él ha brotado un acuerdo que marca un camino esencial para el desarrollo. Todos deseamos que surja de acá un camino de entendimiento y no una trampa.

Los puntos son: Primero, disminución de la presión fiscal. La actividad privada es inviable con esta voracidad. Sin embargo no todo puede hacerse de golpe, el déficit fiscal tiene ahogada la economía y para salir del atolladero se necesita recaudar.

Segundo: Desde ya la inflación debe bajar y desde el comienzo se ha luchado contra este monstruo de muchas cabezas.

Tercero: Corrección de las distorsiones entre empleados y empleadores: Así no se puede generar empleo en la Argentina, y además le hace perder a los inversores todo interés para poner un peso en el país. Bien le ha dicho el presidente a un sindicalista, “vos vas a tener la culpa si los inversores prefieren Brasil”.

Cuarto: Encaminarnos hacia un sinceramiento jubilatorio: el aumento de la expectativa de vida ha distorsionado la pirámide poblacional y ahora dos personas económicamente activas deben mantener a un jubilado/pensionado. La economía así solo puede colapsar y se van a tener que tomar medidas que no son simpáticas ni populares si queremos arreglar las variables que nos llevan a crisis periódicas.

Esta es una paradoja de la democracia de occidente, para poder hacer estos cambios es necesario tener un caudal electoral, pero esos electores no siempre están felices con los cambios que deben realizar los candidatos que ellos mismos han ungido. A nadie le gusta que le pongan la mano en el bolsillo. No todos le agradecen al cirujano haber amputado la pierna gangrenada, pero todos saben (o deberían saber) que para vivir se deben sacrificar algunas cosas y a tal fin es necesario abandonar la Isla de la Fantasía.

No todas las opciones son un win win y creo que Macri, por su experiencia vital, sabe que no siempre se gana y es menester ceder y dialogar. También está convencido que Argentina debe abrirse al mundo y competir. Se esfuerza por mostrar un país con múltiples posibilidades que no se han aprovechado. El problema surge cuando los inversores preguntan: “Y si el negocio es tan brillante ¿por qué no lo hacen ustedes?”

¿Qué debemos contestarles? Que este es un país que ha perdido la confianza en sí mismo por años de gobiernos distorsivos, de prerrogativas partidarias, de evasiones para evitar impuestos confiscatorios, de robos consentidos y corrupción endógena, de ventajas corporativas a grupos poco eficientes, de décadas de discusiones estériles entre una izquierda trasnochada y un fascismo edulcorado.

Les deberemos explicar a los inversores como generamos un 30 % de pobreza en 30 años, a pesar de ser uno de los países más grandes, fértiles y dotados del mundo. No digo rico, porque la riqueza no está en la soja, ni el oro, ni el hierro, la riqueza de un país está en mente de su gente y a muchos conciudadanos les han lavado el cerebro y extirpado toda posibilidad de superarse. ¿Cuánto nos costará sacarnos de encima la peste populista?

En los últimos 70 años hicimos pelota a un país (si, hicimos, lo hicimos todos, por pensamiento, palabra, obra y omisión). La Isla de la Fantasía fue arrasada por un huracán y el avión salvador no llega más, así que hay que arremangarse y trabajar y competir, que nadie tiene nada asegurado en la vida y la única vaca sagrada que nos queda se llama, paradójicamente Vaca Muerta.

Omar López Mato 
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad   
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