Domingo, 10 Diciembre 2017 00:00

Un país de suspicacias

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Cada vez que conocemos un nuevo siniestro, un dictamen judicial o una decisión política, se levanta entre los argentinos un muro de suspicacias.

 

Amamos las teorías conspirativas porque nos han dado razones para creer en ellas.

En lugar de esperar las conclusiones de la Justicia, como acontece en otras partes del mundo, muchos argentinos opinan sobre el devenir de tal o cual acontecimiento cuando no, se vuelcan a manifestar en forma contundente contra las causas que, supuestamente, desencadenaron tal acontecimiento, sin pruebas, ni certezas, solamente alimentados por la suspicacia.

La verdad que no nos faltan razones para hacerlo, porque nuestra Justicia ha demostrado ser lenta, parcial y corrupta, a punto tal que cada individuo construye sus códigos y preferencias porque desconfía de la Justicia como Institución seria. Ya lo decía Martín Fierro: Hacete amigo del juez…

Cuando me enteré de la muerte del fiscal Nisman escribí un artículo llamado “Como Mariano Moreno”, y enumeré una larga lista de asesinatos, muertes y episodios de contubernio que no fueron esclarecidos desde 1810 a la fecha.

Las razones de tener una Justicia tuerta obedece a muchas razones, aunque me gusta recordarles que somos herederos del Imperio más corrupto de la historia: el español. No es que en el Imperio romano o el británico o el ruso hayan carecido de hechos deshonestos ¡por favor! sino que la monarquía española estaba basada en reyes con pocas luces (fruto de ancestrales incestos), y ministros interesados en acumular fortunas en el menor tiempo posible (antes de caer en desgracia). Tenían los conductores del Imperio la convicción de que eran los dueños de una fuente inagotable de riquezas (creían que tenían la vaca atada), y que para tener en orden sus dominios eran necesario tener un excesivo número de leyes que hiciese imposible su comprensión para un lego y que además le permitiera a la Corte tomar la ley más conveniente ante cada circunstancia (frente a la Rule of Law sajona). Las mismas eran contrarias y contradictorias entre sí, y estaban dictadas desde claustros metropolitanos completamente alejados de la realidad colonial que obligaba a las autoridades coloniales a estampar la consigna, “se honra pero no se cumple”, porque la ejecución de dichas normas equivalía a una condena a muerte.

Así aconteció con el mercantilismo español que obligó al cierre del puerto de Buenos Aires, propiciando una actividad ilegal: crear una inmensa red de contrabandistas. Nuestro destino fue tratar de sobreponernos con “viveza” a las normas estúpidas dictadas por funcionarios despistados. Esa es, sin duda, parte de la genética argentina.

Por leyes torpes nos convertimos en quebrantadores sistemáticos de normas (está mal la auto referencia, pero quiero compartir con ustedes el video de una entrevista con el escritor español César Vidal en YouTube (https://youtu.be/4PMcWv5NBbU).

Cuando la ley atenta contra el bienestar o la integridad del grupo o del individuo ¿estamos obligados a obedecerla? La respuesta argentina es muy clara: No. Como este límite es muy difuso, normas o leyes relacionadas pasan a perder su jerarquía. De desobedecer una ley a desobedecer la mayor parte de las leyes o hacer la interpretación parcializada de las mismas, hay un paso.

Entre los males actuales que atañen a la justicia, cabe señalar la politización en materia procesal. Muchos jueces no se limitan a aplicar la ley, sino a conceptualizarla en un contexto político, según sus creencias o intereses personales o religiosas. Es a veces muy difícil separar el cumplimiento de la norma de las simpatías o inclinaciones personales, pero esa es tarea de los jueces, que en nuestro caso, son más proclives a la subjetividad. A los médicos no nos está dado administrar Justicia, debemos asistir a los enfermos independientemente de nuestros gustos o inclinaciones, nacionalidad, credo o afinidad política.

Valga este ejemplo.

Días atrás el juez Lleral dio a conocer las terminantes conclusiones que esclarecieron la muerte de Santiago Maldonado, y en cuanto al futuro de la causa pidió paciencia en atención “a los intereses en juego”.

No tengo nada contra el juez Lleral que demostró poder llevar la causa a buen término, aunque haya hecho concesiones inadmisibles, como pedir permiso a los mapuches para revisar sus “tierras sagradas”. El juez accedió a que los miembros del RAM hayan estado al lado de los encargados de revisar el predio, violando así la independencia judicial, atentó “a los intereses en juego”. Esta expresión consciente o inconscientemente es impartida por muchos juristas que de esta forma subordinan leyes a intereses circunstanciales. 

El Dr. Juan Carlos Sorondo, ex pues penal, con 20 años de ejercicio, nos aclara este tema: “los intereses en juego” en el fuero deberían reducirse a un principio irrenunciable, “La verdad de lo sucedido”.

La verdad ante todo. La ceguera de la Justicia como símbolo de equidad es la ceguera a estos “intereses en juego”.

He aquí la base de las suspicacias de los miembros de la sociedad, las razones de controversias bizantinas, sobre las causas que por años no fueron esclarecidas “por los intereses en juego”.

La justicia se ha extraviado por “los intereses en juego”, que han desvirtuado su funcionamiento y creado la idea en la sociedad de que esos intereses se encuentran por encima de la verdad.

Y una sociedad sana no funciona en estos términos.

Por eso la condena del Dr. Bonadio abre una esperanza de que algo está cambiando.

En este dictamen por Traición a la Patria, antepone la verdad a las circunstancias y los intereses. Pedir la prisión de la Sra. Fernández de Kirchner y su séquito por traición a la Patria, es un acto que reivindica una verdad que le costó la vida al fiscal Alberto Nisman. Por veinte años se investigaron los dos atentados más crueles de la historia nacional, y terminaron negociando las muertes, la destrucción y el dolor por intercambios comerciales (parece que el lema montonero de “la sangre derramada no será negociada”, era solo un slogan para los giles que pusieron el cuerpo por el movimiento subversivo).

Lean el texto de la Constitución. Es traición.

El respeto a esta verdad, no solo incomoda al kirchnerismo sino también al gobierno, que le conviene tener una Cristina debilitada por las causas de corrupción como dirigente de una oposición, que por su sola presencia se segmenta.

Bonadio antepone la verdad a los intereses. Abre una nueva instancia.

Que la Justicia sea verdad y no un pastiche sometido a interpretaciones antojadizas e interesadas. Caiga quien caiga.

Solo teniendo una justicia que anteponga la verdad es que podremos terminar con el país de las suspicacias.

Dura lex, sed lex.

Omar López Mato 
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad   
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