Domingo, 24 Diciembre 2017 00:00

De tener la vaca atada a tener la soga al cuello

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La expresión popular de tener la vaca atada (como sinónimo de fortuna inagotable) tiene su origen en los tiempos en que nuestra burguesía se trasladaba a Europa en amplios transatlánticos que les permitía llevar vacas para proveerles de leche fresca durante la travesía.

 

Las largas permanencias en el exterior de estos grupos acomodados, no solo se debía al buen precio de los comodities  (entonces carne y trigo) sino a que vivir en las grandes capitales europeas –especialmente París- les resultaba muy barato; de allí la otra poco feliz expresión de “tirar manteca al techo”, actividad escasamente edificante de nuestros jóvenes petiteros (porque en Buenos Aires se reunían en el Petit Café) que se divertían arrojando la grasa butilométrica, catapultada por cucharas o cuchillos impregnando así los cieloraso de los cabarets parisinos.

Estas épocas doradas llegaron a su fin con el crack del ’29 que  implicó una forzosa baja del precio de los comodities. “Con el caballo cansado” volvieron a estas orillas donde se encontraron que la “pampas ubérrimas”,  no lo eran tanto, que había que pagar impuesto a los réditos por “único año” (en 1932) y que la parición de sus vacas, ahora tenía competencia en el mundo. Para no dejar de ser “la joya más brillante de la corona británica” era menester hacer algún pacto con los británicos con la manifiesta intención que  éstos continuasen comprando nuestra carne y no la australiana o la neozelandesa.

Los buenos tiempos se habían ido, pero no por eso los dejaron de añorar. La tendencia al realismo mágico propia de los argentinos les hacía creer que esos tiempos iban a volver porque carne y pan todos necesitan ¿no? más cuando los europeos se estaban matando en la guerra más espantosa que se recuerde. La plata volvió a fluir en los 40 pero ya era peligroso volver a París y ese “año” que iba a durar el impuesto a los réditos hacía 10 que se extendía (más otros impuestos que la frondosa imaginación de nuestros dirigentes se empeñan en inventar).

Terminada la contienda mundial no solo el general Perón, sino muchos argentinos pensaron que el mundo no tardaría en trenzarse en otro conflicto y volveríamos a vender nuestro trigo y nuestros bifes a buen precio. Mientras esperaban el retorno de la  bonanza que nos permitiría nuevamente “llenar de oro los pasillos del Banco Central”, era menester dedicarse a gastar esa plata a cambio de votos. Todo tiene un precio en la vida… hasta los votos. Como la guerra mundial no llegó en tiempo y forma (la guerra fría también enfrió los precios) fue necesario endeudarse  como habían hecho nuestros distinguidos petiteros en París esperando la próxima parición o cosecha que les solucionaría las estrecheces circunstanciales… Y si no alcanzaba la producción, se vendían unas hectáreas y ¡chau! Con este criterio muchos terminaron en la miseria…y nosotros vamos en el mismo camino.

Desde entonces vivimos con la estrafalaria idea que la próxima cosecha nos va a salvar, que somos un país rico, que Dios es argentino y una serie de sandeces que nos hicieron pensar que la fiesta será eterna y el baile seguiría “al compás del tamboril”.

Con el advenimiento de la soja se creyó que podíamos volver a París (bueno, las nuevas generaciones les gusta ir a Disney, que coincide con nuestra inclinación al realismo mágico). Pero la realidad es más cruel que hace un siglo atrás, porque entonces los  argentinos no debían pagar ese bendito impuesto que solo iba a durar un año (y sin pagar impuestos todos somos Gardel y Lepera en los negocios).

A principio de siglo, este sobrante de efectivo, había ocasionado  un “spill over” que permitió el desarrollo de una clase media y cierta ostentación de esa riqueza distribuida en palacetes, petit hoteles, museos y teatros que hoy adornan Buenos Aires, construidos con  la sana intención de convertirla en el París de Sudamérica. Al menos ellos invirtieron en el país, pero la voracidad fiscal y la inestabilidad política más una Justicia tuerta, renga  y tartamuda alejó toda esperanza de inversión en el país.

Con la soja aparecieron las retenciones y fue el gobierno kirchnerista el que se dedicó a tirar manteca al techo, pensando que el “yuyo” a 600 U$S era eterno y con eso podrían comprar los votos necesarios por la eternidad, más algún que otro billete que se les pegaba entre los dedos mientras oficiaban de puente entre la clase productiva y los “más necesitados” enarbolando banderas que viraban del negro al rojo. La V y P se tornaron en la hoz y el martillo.

La vida es cruel, la fiesta se acabó, debimos volver de Disneylandia a encerrarnos en un placard  en un vuelo Non Stop para descubrir que debemos arrastrar los tamangos “en busca del mango que nos haga morfar”. Ahora somos pobres, pero nos resistimos a  pagar “las minas y el champagne” que tan desprolijamente se gastaron, a punto tal de violentarnos cuando nos sugieren que algo, al menos alguito, deberíamos garpar.

Como nadie se cree culpable de la debacle se sigue con la costumbre casi folklórica de “tirar el fardo” al que sigue, esperando  que algún ser providencial venga a poner las cosa en orden cuando tenemos la soga al cuello, como lo hizo Avellaneda, Pellegrini, Pinedo, Frondizi, Cavallo, Lavagna, etc. etc…para después seguir el baile. Somos mesiánicos.

La vaca atada es nuestra vaca muerta y no va a resucitar; la manteca cae del techo, derretida, el crisol de razas se opacó y las pampas ubérrimas se han agotado por el monocultivo. Dejamos de ser la joya más brillante de la corona para ser defaluteadores seriales;  ya no necesitamos dos cosechas sino una docena para corregir nuestro déficit.

Dejamos de ser un país sin analfabetos para que coexista la mayor proporción per cápita en el mundo de m’hijo el dotor (médicos, abogados y psicólogos), con un 50 % de jóvenes que no terminaron el secundario. (Y el 25% que nos finalizó la primaria)

Ya nadie se cree Gardel ni Lepera, ni siquiera los guitarreros (sin que no falte el zonzo que la crea). A  Leguizamo se le cansó el caballo y extravió la fusta en el entrevero. Perdimos por veinte cabezas y   aunque tengamos Papa y reyes argentinos, nos cabe la duda que Dios se ponga la albiceleste. 

  

Omar López Mato 
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad   
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