Domingo, 21 Enero 2018 00:00

El hijo pródigo que no sabe regresar - Por Pablo Sirvén

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El vocero papal Greg Burke había anticipado que el mensaje que el papa Francisco enviaría desde su avión cuando sobrevolara el cielo argentino rumbo a Chile iba a ser "interesante". Muchos se ilusionaron que allí, por fin, anunciaría la fecha de una probable visita a su país. Pero no, el mensaje fue frío y protocolar.

 

Lo único "interesante" -si cabe esa palabra- fue la inusual desprolijidad de la diplomacia vaticana en redactarlo en inglés, una descortesía hacia el idioma del propio Pontífice y de sus compatriotas, falla en la que no se incurrió cuando gobernaba Cristina Kirchner y envió desde las alturas de otro sobrevuelo (lo máximo que hasta ahora se ha acercado a la Argentina) una salutación en castellano.

En octubre próximo se cumplirán cuarenta años ininterrumpidos de papas no italianos al frente de la Iglesia Católica universal después de varios siglos de una seguidilla ininterrumpida de sumos pontífices nacidos en aquel país europeo.

Jorge Bergoglio es el tercer extranjero en el Vaticano en ese lapso, pero el único que todavía no ha visitado su país ni durante los últimos tres años de gobierno kirchnerista ni en los dos primeros que lleva adelante la gestión de Cambiemos.

El polaco Karol Wojtyla viajó a su país nueve veces -la primera vez, a los ocho meses del cónclave que lo eligió- y fue protagonista esencial en el desmoronamiento del bloque soviético.

No solo eso: en lo que se refiere a nuestro país el ahora San Juan Pablo II lo visitó en dos ocasiones (en 1982 y 1987) y su aporte fue mucho más allá de los meros discursos pastorales. Evitó nada menos que estallara la guerra entre las dictaduras militares que entonces gobernaban en la Argentina y en Chile por su oportuna y exitosa mediación, que resolvió el diferendo limítrofe entre las dos naciones por el conflicto del Beagle. Su sucesor, el alemán Joseph Ratzinger, ya como Benedicto XVI fue dos veces a su patria: el mismo año en que fue ungido papa (2005) y el siguiente.

Bergoglio cumplirá en marzo cinco años en el trono de Pedro (lo que duró el corto pero fructífero pontificado de Juan XXIII) y no hay a la vista señales de que vaya a venir. Si no lo hace este año (algo del todo improbable), menos lo hará el que viene, ya que las pasiones políticas se multiplicarán por las elecciones presidenciales y no querrá prestarse, como es de esperar, a ser utilizado por unos o por otros.

¿Será en 2020?: los seres humanos somos terrenalmente finitos y el Señor podría llamar a su presencia a su vicario, teniendo en cuenta que ya ha atravesado la barrera de los ochenta años con ritmo más que ajetreado y no exento de disgustos y malos ratos, como le acaban de deparar los sucesivos desaires y reproches trasandinos.

¿Es necesaria su visita a la Argentina? Hemos vivido toda nuestra historia hasta 2013 sin ningún papa argentino y es probable que tras Bergoglio no haya otro quién sabe por cuántos siglos. En efecto, no parece esencial.

Pero es inevitable comparar con las muy distintas actitudes que tomaron sus predecesores con sus respectivas naciones. Es la no visita lo que produce una gama creciente de muy variados sentimientos: perplejidad, asombro, tristeza, fastidio, ansiedad.

Pero lo que parece un tema pueblerino, de fronteras para adentro, empieza a llamar la atención a cierta opinión pública internacional: ¿qué es lo que impide que Bergoglio vuelva por unos días a su tierra? ¿Alguien puede pensar seriamente que es por "la grieta? Francisco ha visitado, hasta con riesgo de vida, países y zonas con conflictos humanitarios y bélicos realmente graves. La famosa "grieta", ¿no es acaso, desde esa perspectiva, apenas un cotorreo vanidoso, con epicentro en redes sociales, entre bandos enfrentados del llamado "círculo rojo"? El mismo Bergoglio, cuando vivía aquí, atravesó épocas mucho más peligrosas, como la guerra armada setentista entre distintas facciones peronistas, el terrorismo guerrillero y el terrorismo de Estado. Ahora la mayor violencia que subsiste en la Argentina es la pobreza, un tema de preocupación constante de la Iglesia, que urge revertir. Resulta inexplicable que no quiera emitir su voz redentora desde el país que lo vio nacer, habiendo tocado todas las demás naciones latinoamericanas, salvo Venezuela, las Guyanas y Uruguay.

La persistente no visita -repitamos: son ya cinco años de pontificado- fogonea la lectura sobredimensionada de gestos, a falta de información certera: si se muestra adusto en las fotos con Macri pero alegre con Cristina Kirchner y su exuberante séquito, si solo le dispensa un saludo al paso al presidente electo de Chile, Sebastián Piñera, pero tiene tiempo para recibir a Juan Grabois; si Margarita Barrientos se queda sin verlo en el Vaticano, pero le manda un rosario a Milagro Sala.

Son señales equívocas y confusas, que repercutieron en el menguado rating que la TV obtuvo cada vez que se posó en su gira.

Si, pese a todo, la visita se llegara a concretar en algún momento, la posibilidad de que luzca contaminada con malhumores acumulados en estos años estará latente.

Igual, no estaría mal dejar algún resquicio abierto por si se da el milagro que cuenta Jesús en la parábola del hijo pródigo.

Pablo Sirvén 
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Twitter: @psirven

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