Lunes, 12 Febrero 2018 00:00

Las palmas pruriginosas - Una historia de la corrupción

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 “You have itching palm” -Julio César
- Shakespeare

 

La corrupción ha sido y será un concepto cambiante y en constante evolución, con variaciones geográficas, religiosas y económicas.

No nos equivocamos al decir que la corrupción es una cuestión cultural. Cómo decía Séneca, “lo que hoy son vicios, mañana serán costumbres”.

No era lo mismo la corrupción en los regímenes autocráticos, donde los reyes o funcionarios reales administraban las finanzas de su país sin supervisión de la justicia, que el criterio de corrupción donde los poderes están separados, o se vive en democracia… Pero nuestra larga experiencia nacional demuestra que la elección por voto popular no implica separación de poderes, como requieren los verdaderos regímenes republicanos.

Evidentemente, el concepto de corrupción hace 4.000 años no estaba ligado ni al imperio de la ley, ni a la compasión, ni a la justicia, estaba sometido al capricho del monarca de turno.

En Babilonia, Hamurabi el autor de uno de los primeros Códigos Legales, decía que había que castigar única y exclusivamente al juez que cambiaba una sentencia. No lo acusaban por mal desempeño ni incapacidad, solo era castigado el juez que cambiaba sus sentencias, una vez que las había dictado. El juez que incurría en tal acto debía ser multado y expulsado de su cargo. La corrupción radicaba en el hecho de desdecirse. Sin embargo, el mismo código era más rígido con los médicos, ya que a aquel que operara fallidamente una catarata, se le cortaba la mano. Como podemos apreciar, las diferencias entre médicos y abogados vienen de tiempo atrás.

Si bien los babilonios se preocupaban en poner una serie de normas para respetar en la vida diaria, a los mesopotámicos poco les importaba la corrupción. No existen muchos registros de sanciones a funcionarios por soborno o sustracciones indebidas.

Nos cuenta el Dr. César Vidal, en una magnífica conferencia sobre el tema, que en tiempos del neobabilónico Urú había un personaje que califica de “encantador”, llamado Dimilu. Éste durante 20 años se dedicó a robar y llevarse todo lo que podía dentro del sistema judicial del Templo. Incluso se le impuso una multa, pero lo cierto es que por 20 años más continuó desempeñando sus funciones sin ser molestado.

No era Rey ni era gobernante, pero el funcionario Urú hizo lo que quiso.

Mientras esto acontecía en la Mesopotamia, a poco de allí se daba  el primer paso hacia una definición de corrupción bastante más parecido al que hoy tenemos. Y este paso se dio dentro de la antigua Israel, al difundirse la Torá, o Ley de Moisés.

“Cuando des testimonio en un proceso, no perviertas a la justicia colocándote al lado de la mayoría, y no muestres favoritismo a un pobre en el curso de un proceso”, aconsejaba la Torá.

Otro precepto establecía que, “no aceptes un soborno, porque el soborno ciega a aquellos que lo obtienen y retuerce las palabras de los inocentes”.

Por primera vez en la historia se establecía un conjunto de reglas para la corrupción relacionada con dádivas que torcían la aplicación de la ley. La corrupción estaba relacionada con el hecho de dejarse llevar por el sentido de la mayoría, independientemente de si esa mayoría era justa o no.

Es en el contexto bíblico donde aparece la separación de los poderes.

En el libro del Deuteronomio 16:19, se dice que “No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos”.

En Israel la corrupción no se decidía según los caprichos del monarca (como en Egipto), o según la opinión humana (como en la Mesopotamia), sino según el imperio de la ley. Cualquier acción contra la justicia debido a la codicia, al soborno, a la ambición, o a otras pasiones o intereses se consideraba corrupción.

Curiosamente, ese sistema era mucho más profundo, en términos filosóficos, que los puntos de vista que sostenían los creadores de la democracia, los griegos.

Los griegos, tenían muchas palabras que podríamos traducir como corrupción. Lio, éxtasis, tabolé, diáspora. La palabra diáspora, por ejemplo, que significa corrupción, y que tiene su verbo, diásterei (corromper), significaba el decaer desde una forma original, así fuese la integridad de un cuerpo, de un régimen político o de un individuo. Todo se corrompe, todo decae, todo a la larga se arruina… a eso estamos condenados pero no resignados.

Jenofonte, en el siglo quinto antes de Cristo, nos regala el diálogo entre el filósofo Sócrates y Glaucón, donde el primero afirma que no existe una ambición más honorable en el mundo que dedicarse a la política. Y hasta podríamos estar todos de acuerdo, pero a continuación añade: “lo mejor de tener un oficio público, aparte de la gloria que uno trae para sí mismo y para el Estado, es que nos capacita para conseguir lo que queremos”… “Ese oficio público además nos da los medios para ayudar a los amigos”. Quizás sin saberlo, Néstor y Báez estaban imitando a los griegos...

Temístocles sostenía que no tiene ningún sentido ser un dirigente político si uno no puede enriquecer a sus amigos. Y Pericles, que creó algo tan importante como los fondos secretos (que existen hoy en día en todos los sistemas políticos, sean democráticos o no), cuando fue indagado acerca del empleo que daba a los fondos secretos, se limitó a responder: “Se los he dado a aquellos que los necesitaban”. Después de 25 siglos los políticos continúan contestando lo mismo, sin que por eso hayan desaparecido los “necesitados”.

No crean que la situación era mejor en Roma, aunque en Roma se creó una figura legal para combatir la corrupción, el delito de ambitus. Esta era una palabra relacionada con ambicio ambición, y pretendía sobre todo, castigar la corrupción en los procesos electorales. ¿Qué era ambitus? Ambitus no era solo dar dinero para recibir un voto, también era hacer pagos para que a uno lo aplaudieran, o para que el pueblo lo siguiera por la calle, era hacer reservas en los juegos públicos para posibles votantes, era dar banquetes públicos para obtener votos y era incluso sponsorear los juegos de gladiadores. No caben dudas que Néstor y Cristina eran ambiciosos.

El ambitus  es una práctica muy común en las democracias, pero en Roma consideraban que era una forma de corrupción. En el siglo 1ro. uno de sus filósofos, Epícteto, hablando de Roma, dijera que en última instancia la función del político se ha reducido a levantarse por la mañana, saludar a alguien de la casa del César, ver a quién le puede dar un discurso, a quién le puede mandar un regalo y a quién puede gratificar. Esta función caía en manos de los Pater familiae donde el núcleo familiar era más amplio y regía la orientación política de ese grupo al que llamaban familiae, por más que los nexos de sangre fueron muy laxos.

Esto tenía sus consecuencias, Lucano señalaba que el coste de la corrupción electoral había destruido el Estado, arrastrándolo a niveles de deuda insoportables, a unas tasas de interés que no se podían tolerar, y finalmente, a la lucha civil.

Para luchar contra esta corrupción se instaló la Lex caipurnia (149 A.C.) debido a los excesos de los políticos, pero no había pena, solo la devolución de lo sustraído. Les siguieron las “Quaestions perpetuaes” para investigar las malas praxis, se estableció el “Crimen repetundarum” relacionado al cohecho y el “Crimen maiestatis” por los abusos de poder. El “Crimen peculatus” hacía referencia a la malversación de fondos.

Distintas Lex (como la Semponia, la Cornelia o la Livia iudiciaria) imponía castigos a los funcionarios y magistrados.

Igual la tentación era muy grande, y gobernadores como Verres se hicieron enormemente ricos. El mismo Cicerón confiesa haberse quedado con “solo” algunos millones de sestercios mientras era magistrado.

¿Se pueden hacer leyes cuando solo reina el dinero? se preguntaba Petronio… y es una pregunta que aún nos formulamos.

El cristianismo primitivo, como heredero del judaísmo, tenía muy claro el concepto de corrupción. No me voy a detener en una serie de episodios que aparecen en ese sentido en el Nuevo Testamento, pero curiosamente creó una nueva forma de corrupción, o si quieren ustedes, etiquetó una nueva forma de corrupción que era desconocida hasta entonces.

Como decía Platón en “Las Leyes”, los dioses del paganismo reciben regalos, lo que está bien para los dioses, pero está mal para los políticos.

El cristianismo calificó los actos de comprar voluntades como simonía, por Simón el mago, el falso profeta al que hace referencia “Los hechos de los apóstoles”. Simón pretendió torcer la voluntad de Pedro, a lo que éste contestó “Que tu dinero desaparezca contigo, dado que has creído que el Don de dios se adquiere con oro”.

La corrupción también tiene que ver con bienes sagrados, y en muchos casos, con la promesa de salvación eterna. Durante la Edad Media, el Papado consiguió crear un número increíble de acciones relacionadas con la simonía, que garantizaban no solo la bienaventuranza en el Reino de este mundo, sino también una cómoda posición en el Cielo, después del Juicio Final.

Fue la corrupción papal, en última instancia, la chispa que disparó la Reforma Protestante del siglo XVI. Eso, y algunas formas de corrupción específicas, como la conocida como nepotismo. La palabra nepotismo, deriva del término latino nepos sobrino, dado que los Papas eran muy afines a la práctica de colocar en puestos vaticanos a sus “sobrinos”. Esto acabó dando lugar a una forma de corrupción; todos sabemos que hay políticos a los que les entusiasma colocar a sus parientes en buenos puestos públicos, y no suelen limitarse a los sobrinos (aunque también debemos entender que muchas veces en la soledad del poder, uno solo puede confiar en sus parientes).

En el año 1538, Calvino y algunos de sus amigos fueron expulsados de la ciudad de Ginebra por las autoridades. Estas consideraban que estaba bien una cierta reforma, pero que Calvino era demasiado estricto, y que estaría mucho mejor que aplicase su rigor fuera de los límites de la ciudad. Esta situación fue aprovechada por el Cardenal Sadoleto para enviar una carta a los poderes públicos de Ginebra invitándolos a regresar al seno de la Iglesia católica.

El municipio de Ginebra pidió a Calvino que escribiera una respuesta a Sadoleto. En ese intercambio epistolar, más allá de los conceptos teológicos, surge un tema de enorme importancia para comprender la corrupción. La tesis del Cardenal Sadoleto era que la ley estaba por debajo de las instituciones. Las instituciones decidían como se interpretaba y se cumplía la ley, y eso era especialmente real en el caso del Papado.

La tesis de Calvino era la inversa: las instituciones estaba por debajo de la ley, y aun por arriba del Emperador y del Papa. Evidentemente una visión u otra daba lugar a una perspectiva para definir qué era la corrupción.

Esta fue la primera conquista de la Reforma: la supremacía de la ley.

El segundo regalo, fue que la Reforma tenía una visión pesimista del ser humano: No nacemos buenos ni somos una tabla rasa. Nacemos malos y posiblemente perversos, y por lo tanto lo más sensato que se puede hacer con el poder político, para evitar la corrupción, es dividirlo. Cuando el poder está solo en una mano, ese poder, inevitablemente, se corrompe y acaba en tiranía.

Esa es la base del sistema de división de poderes o checks and balances, de frenos y contrapesos en la Constitución norteamericana (que, por lo visto, no funcionaron tan bien en el caso argentino, sometida al populismo). Si mantenemos todo el poder en una sola mano, eso acabará en la tiranía; si lo dividimos tenemos cierta posibilidad de vivir en un país más justo.

Gracias a esta perspectiva histórica podemos definir la corrupción en cinco puntos:

El primero es que la corrupción es una deviación en el proceso de tomar decisiones.

El segundo es que esa desviación significa desviarse del final lógico y legal de la decisión.

El tercero es que además esa desviación no se debe a una equivocación humana. Todo el mundo sabe que los humanos nos equivocamos. Y tampoco una falta de competencia. La corrupción es un desvío voluntario, consciente y meditado.

El cuarto que se debe al hecho de que hay una recompensa o a la promesa de una recompensa.

Y el quinto, es que esa desviación en el proceso de tomar decisiones que se aparta de su final lógico y legal, y que no se debe a una equivocación humana ni a la falta de competencia, sino a la promesa de una recompensa, tiene un efecto en la sociedad como un todo y contribuye, en mayor o menor medida, a corromperla y hacer que avance en el camino de su decadencia.

La corrupción, se basa en elementos culturales y no institucionales, y se da más en culturas que consideran que la mentira o el desprecio por la propiedad privada, no tienen importancia.

¿Puede esa corrupción ser combatida? Pues la respuesta es nuevamente una respuesta cultural. Aquí es justamente adonde apunta el relato de las tiranías y en este caso, el célebre relato kirchnerista: Hay que cambiar la cultura de una sociedad y cambiar el concepto de justicia.

Ibn Jaldún, que fue posiblemente el historiador musulmán más importante de la Edad Media, era pesimista y escribió lo siguiente: “Varios gobernantes, hombres de gran prudencia en el gobierno, viendo los accidentes que han llevado a la decadencia de sus Imperios, han intentado curar el Estado y restaurarlo a una salud normal. Piensan que esa decadencia es el resultado de la incapacidad o de la negligencia de sus predecesores. Se equivocan. Estos accidentes son inherentes a los imperios y no se pueden curar”.

Hay muchos que opinan que la corrupción es imposible de curar. ¿Es así?

Si ustedes me lo permiten, yo me voy a quedar con otro testimonio: En el suelo de piedra de la torre de Constance, una prisión francesa que está en la localidad de Mont, un desconocido hugonote del siglo XVII, valiéndose de un clavo, escribió una sola palabra. La palabra de era Resisté (resistir), y ciertamente yo creo que el mejor grito de batalla contra la corrupción.

Resistir como si estuviéramos combatiendo a la misma muerte.

Resistir teniendo los conceptos claros sobre la justicia y sus límites.

Resistir pensando que podemos ser mejores como individuos y como sociedad.

Todos nacemos en el barro, decía Oscar Wilde, solo que algunos miramos a las estrellas.

Este texto que han leído es la adaptación de una conferencia de César Vidal (YouTube https://youtu.be/oBkI3Mmjw84) con algunas variaciones y comentarios de mi cosecha, adaptados a este país.  

Omar López Mato 
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad   
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Gentileza de www.olmoediciones.com para 

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