Viernes, 16 Febrero 2018 00:00

La sombra del revival populista en la región: ¿también en la Argentina? - Por Giselle Rumeau

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Los expertos coinciden en que si el Gobierno no logra plasmar con éxito un programa económico, le será difícil retener el poder en 2019. Y bien podrían darse las condiciones para el retorno del populismo, aunque nadie sabe si será CFK la que ocupe ese lugar.

 

El agua turbia y oscura de la corrupción le llega al cuello. Pero con 33% de intención de voto, Luis Inacio Lula da Silva marcha primero en intención de voto para las elecciones presidenciales del 7 de octubre en Brasil. Recién el 15 de agosto, fecha en que se cierran las listas, se sabrá si el ex mandatario -condenado a 12 años de cárcel por ser uno de los principales articuladores de la trama de corrupción y lavado de dinero que operó en la estatal Petrobras- volverá a estar en carrera para conducir los hilos del país más grande del Mercosur.

No la tiene tan fácil: antes deberá zafar de las rejas y sortear la Ley de Ficha Limpia, que el mismo impulsó cuando era presidente e impide presentarse a las urnas a los condenados en dos instancia, tal cual ocurrió con Lula el 24 de enero pasado. Su estrategia -repiten en el partido- será pelear con distintos recursos jurídicos y denunciar persecución política cada vez que se presente algún obstáculo. En el medio, habrá marchas, huelgas generales y llamados a la desobediencia civil si resultara necesario.

¿El escenario le resulta familiar? Pues sí, las similitudes con su ex colega Cristina Kirchner son tristes y contundentes. Lula tiene un 33% de intención de voto y la ex mandataria argentina aún mantiene un 30% de un electorado fiel y obediente, que niega o no le importa el festival de corrupción que encabezó en los últimos doce años, varios de ellos junto a su fallecido marido, Néstor Kirchner.

Está claro que la eventual candidatura de Lula, así como el refugio de CFK en el Congreso con los fueros parlamentarios, se explica en gran medida por la maraña judicial que los enreda y la imperiosa necesidad de evitar la prisión. Pero eso no es todo. También demuestra que el populismo en América Latina aún goza de buena salud. Aunque, la experiencia populista en la región fue decepcionante, tanto en lo que hace a la inclusión social, a una mejora en la distribución de la riqueza y a la baja de la pobreza como al respeto por las instituciones, varios países latinoamericanos están experimentando una suerte de revival del populismo. Además de Lula en Brasil, se puede mencionar el caso de Andrés López Obrador en México, o el de Rafael Correa en Ecuador.

Según explica Roberto García Moritán, Representante Permanente de Argentina ante las Naciones Unidas (ONU), "el populismo latinoamericano, con elementos en común como el rechazo a la globalización y al libre comercio y un cierto menosprecio a los valores y principios tradicionales de la democracia, aún está lejos de desaparecer". "Algunos académicos lo ven como un fenómeno progresivo que tiene un pie en organizaciones sociales que rebasan, en muchos casos, los limites partidarios. Otros, como un riesgo latente al concepto de la democracia representativa y basada en orientaciones paternalistas e inmaduras. Lo cierto es que este año los procesos electorales en Brasil y México -las dos principales economías de la región y las dos democracias más importantes en términos del número de población- serán cruciales para saber si el populismo seguirá vigente o conocer incluso las tendencias geopolíticas futura de América Latina", afirma.

El diplomático destaca que si bien las encuestas de opinión ubican a Lula en un lugar de privilegio, habrá que ver si la situación se mantiene igual una vez que se conozca el candidato que pueda beneficiarse de los avances económicos de la etapa de Michel Temer. "Brasil, en ese sentido y en virtud de la enorme influencia que ejerce en la región, será una prueba de fuego", apunta Moritán.

En el caso de México, el líder izquierdista Andrés López Obrador encabeza las encuestas con un discurso moderado. "Si bien no parece ser un caudillo revolucionario ni representaría a un populismo clásico, las particularidades de la compleja relación con Estados Unidos, incluyendo el futuro del acuerdo de libre comercio Nafta, podría hacer variar ese perfil", agrega.

El politólogo Enrique Zuleta Puceiro explica que los movimientos populistas están presentes como una alternativa tangible en la mayor parte de los países de América Latina: "Son muy diversos y heterogéneos entre sí y cuesta sumarlos a todos en una misma categoría. Sin embargo un análisis objetivo señala que, unidos o divididos, representan mayorías electorales del orden del 35 al 40% que bien pueden volver a gobernar, sobre todo en el caso de divisiones entre sus opositores".

En esa línea, recuerda que, además del caso de Lula en Brasil y de López Obrador en México, los movimientos populistas suman mayorías electorales en países como Chile -donde perdieron en segunda vuelta, aunque sumando más del 60% en la primera-; en Uruguay, gobernado por el Frente Amplio ante la división de los partidos tradicionales; y en Perú, aunque su división permitió un triunfo ajustadísimo e inestable en segunda vuelta de Pedro Pablo Kuczynski.

Así las cosas, la pregunta cae de madura: ¿existe alguna posibilidad de que la Argentina se sume a ese intento de renacimiento populista?

Nadie cree con sensatez que los augurios del ex juez de la Corte Suprema de Justicia, Eugenio Raúl Zaffaroni, para que el gobierno de Mauricio Macri termine antes y "se resuelvan así todos los problemas económicos", puedan convertirse en realidad. Ni siquiera asustan las bravuconadas de Hugo Moyano ni las amenazas de sus delfines, como Sergio Palazzo, sobre un paro bancario por dos meses. Si algo hizo bien el Gobierno por estos días fue aislar al ex líder camionero y dejarlo solo. O peor aún, pegado al kirchnerismo y la izquierda más violenta y combativa, los únicos que lo acompañarán en la marcha de protesta del próximo 21 de febrero. Aunque -claro- aún está por verse si esa batalla del Gobierno, y la Justicia, para forzar una renovación sindical a costa de denuncias de lavado de dinero y corrupción llegará a fondo.

El problema para Cambiemos es que la inflación no para de crecer y lo único que baja son las expectativas positivas de la opinión pública sobre una mejora del país. Si el Gobierno no pudiera mostrar los resultados prometidos en la batalla contra la inflación y la pobreza; si nunca llegaran las inversiones largamente anunciadas y no se revirtiera el mal humor social en los próximos meses, ¿podría la historia de Lula tener un parangón nacional? ¿Sería encabezado por Cristina, si la senadora lograra zafar de las rejas? ¿O el relato que instaló Cambiemos sobre un cambio cultural en la sociedad, que ya no quiere dirigentes paternalistas, ni tolera la corrupción, será finalmente lo que perdurará? Comencemos a despejar las dudas.

Alternativa superadora

Zuleta Puceiro sostiene que más allá de los relatos, los cambios culturales son una realidad. "La Argentina abandonó hace mucho tiempo su debilidad por los líderes carismáticos y desconfía de las recetas mágicas y el paternalismo. Lo que ocurre es que Cambiemos tampoco ha logrado articular una alternativa superadora", remarca. Según su visión, "la política económica o la ausencia de alternativas efectivas al paternalismo de las políticas sociales revelan, para grandes mayorías de la sociedad, una debilidad para concretar promesas que comparte un 70% de la sociedad. La actual caída en el apoyo público no es un resultado exclusivo de las causas económicas. Las causas políticas son muchísimo más importantes y explican las dificultades actuales del Gobierno para recuperar la iniciativa y la generación de confianza".

En esa línea de pensamiento, el analista insiste en que la primacía de las coaliciones anti populistas depende absolutamente de su capacidad para concretar las propuestas que concitaron el apoyo de mayorías débiles y heterogéneas. "Un fracaso de la política económica sería grave, aunque no definitivo, ya que la alternativa populista sigue siendo vista como responsable de la crisis económica. Lo que no se le perdonaría al Gobierno es no avanzar con las reformas que prometió. No basta con derrotar la inflación, el desempleo, la inseguridad ciudadana, la corrupción y, sobre todo, la posibilidad de construir una democracia fuerte y sólida, independiente de los poderes fácticos, los sindicatos, los lobbies empresarios, etc. Se necesita algo más. Si el gobierno de Cambiemos no logra instalar un rumbo propio y autónomo, capaz de llevar a cabo grandes acuerdos nacionales, y se deja arrastrar por la polarización, no cabe duda de que abre las condiciones para un retorno del populismo derrotado en 2015", asegura Zuleta.

El politólogo Julio Burdman hace una distinción sobre lo que se entiende por populismo, antes de dar su veredicto. "Al igual que términos como liberal o socialista, populista puede significar varias cosas. En todos los países presidencialistas de América -en toda América latina y en los Estados Unidos- la tradición populista es muy fuerte y podemos estar seguros de que eso no va a cambiar de un día para el otro", señala.

Si nos enfocamos en la Argentina, Burdman destaca que el peronismo sigue siendo una corriente política muy importante, y todo indica que en algún momento volverá a ganar elecciones nacionales. "Lo mismo ocurre para los otros países: mientras haya regímenes democráticos competitivos, los candidatos populistas tendrán posibilidades de ganar", subraya.

Cristina divide el voto peronista

Ahora bien, nadie puede saber si Cristina Kirchner va a estar ahí. "Hoy en día, la presencia de CFK implica una división del voto peronista. División que es fundamental para las perspectivas de Macri. Por eso, si los peronistas quieren volver al poder, sería conveniente que confluyan en un candidato intermedio, que no espante ni a los kirchneristas ni a los antikirchneristas", sostiene.

Burdman cree que al relato de Cambiemos le falta, además, una pata económica. Y mientras no la tenga, es un relato endeble. "Macri expresa, sin dar detalles, que su gobierno vino a cambiar la cultura económica argentina, y que el motor del crecimiento debe ser la inversión. Pero esa inversión imaginada siempre nos remite a Davos, a la colocación de deuda en dólares, a la esperanza del desembarco de grandes empresas internacionales. Todo en un nivel muy alto de los negocios. Le falta una pata de capitalismo popular, algo que entusiasme a sus propios votantes en materia económica. Cambiemos pide ajuste y austeridad para que lleguen las grandes inversiones, pero las clases medias y medias-bajas que votaron a Cambiemos quieren créditos hipotecarios, consumir mejor, poder abrir un pequeño comercio. El Gobierno aún no explica cómo va a lograr que sus políticas económicas provean todos esos resultados", detalla el experto.

En síntesis, el cambio cultural que llevó a Mauricio Macri al Gobierno es real y tangible. Pero si Cambiemos fracasa en la materialización de los cambios prometidos y esperados, sean políticos y económicos, será muy difícil que pueda retener el poder con el único argumento de la "herencia recibida".

Los destinos paralelos de Lula y CFK

Las similitudes entre los casos de Lula da Silva y Cristina Kirchner son rotundas. El brasileño encabeza las encuestas pese a la condena de 12 años recibida en segunda instancia por el escándalo de corrupción en Petrobrás. Su colega argentina enfrenta cinco procesamientos también por hechos ilegales y es hoy la dirigente de la oposición más votada.

¿Acaso no les importa la corrupción a sus seguidores?, pregunta 3Días. Julio Burdman asegura que sí, pero el problema es que sus votantes no creen que ellos sean corruptos. "Al contrario, están convencidos de que los verdaderos corruptos están entre los adversarios políticos de sus líderes", dice. "Que las causas judiciales no hayan terminado con su reputación se puede explicar de muchas formas -agrega Burdman-, pero hay una que no se puede soslayar: la llegada a la justicia de ambos estuvo caracterizada por un oportunismo político que puso en duda la credibilidad de la justicia para mucha gente".

En el caso de Lula, dice, se suma el contexto de que la destitución de su sucesora, Dilma Rousseff, tuvo bases muy débiles, pese a la legalidad del hecho. "Y ello convenció a sus simpatizantes de que los dirigentes del PT están sufriendo persecución. Por lo tanto, la similitud entre CFK y Lula es que ambos están judicializados pero su reputación está blindada entre sus numerosos simpatizantes", explica.

Enrique Zuleta Puceiro destaca, por su parte, que la corrupción es un tema central en la política de América Latina. Sin embargo, dice que su gravitación en la instancia electoral es relativa. "La sociedad no advierte diferencias éticas sustanciales al interior de la clase política. Ve reiterarse las mismas mañas, la presencia del conflicto de intereses, el nepotismo y el corporativismo. Pero hay algo mucho más importante: los propios jueces exhiben, a juicio de una gran mayoría, los mismos defectos. En consecuencia, pierden autoridad moral, independencia y ecuanimidad. Nadie perdona a Lula o a CFK las cosas que se les imputan. Sin embargo, no hay quien pueda capitalizar ese rechazo, en la medida en que faltan alternativas ejemplares". 

Giselle Rumeau

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