Domingo, 04 Marzo 2018 00:00

¿Cuántos "peores" faltan pasar? - Por Pablo Sirvén

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La foto está tomada desde dentro del Congreso. Se observa al Presidente de espalda saludando con su brazo derecho en alto. Mauricio Macri ha llegado al Parlamento para dar su mensaje anual frente a la Asamblea Legislativa.

 

Pero afuera no hay casi nadie. No es casual: las fuerzas de seguridad han dispuesto un férreo cerrojo en la zona. Pero tampoco se organizó ni se convocó a acto alguno, ni se contrataron colectivos para rellenarlos a cambio de incentivos y/o represalias.

Los malos recuerdos de diciembre último, con sus batallas campales callejeras manijeadas para impedir el normal funcionamiento de uno de los tres poderes del Estado, todavía flotan como tensión no disipada y se teme cualquier recaída. Por suerte, no la hay.

Para el folclore populista habitual de la Argentina, la toma tiene algo de desoladora: el primer mandatario parece saludar a la nada misma.

El periodista Pablo Duggan interpreta favorablemente esa escena en un tuit: "Esta foto me encanta. No arrean gente para el aplauso. No hacen que la gente pierda tiempo. No gastan plata nuestra para aplaudirlos. No nos engañan con falsos apoyos. No quieren 'ganar' la calle. Esta foto es genial".

En la Argentina ciclotímica, de abruptos subibajas emocionales y de simpatías bullangueras que bruscamente se transforman en antipatías militantes, el Presidente sabe que pisa terreno minado tras la batalla de las catorce toneladas de piedras arrojadas a las fuerzas de seguridad en diciembre.

Se dispone a dar su tercer mensaje al Parlamento y trabaja internamente para que su característica resiliencia lo fortalezca por si se repite lo que le pasó hace un año cuando le costaba escucharse a sí mismo por las interrupciones vociferantes de los propios legisladores y las que bajaban también de las bandejas superiores del recinto parlamentario. No era una prevención exagerada: venía de una semana en la que se habían fogoneado cánticos futboleros contra él en canchas y videítos viralizados en las redes sociales.

Tampoco pasó nada de eso. El Congreso no fue un gallinero. Hubo una suerte de eficaz "desarme" de partes. Cristina Kirchner y, en menor medida, su hijo Máximo, contribuyeron con sus ausencias a limar asperezas. El primer mandatario se sintió liberado de confrontar con ese pasado y se volvió más prospectivo, con su flamante agenda de género que no solo incluyó el tema del aborto, sino que avanzó sobre la desigualdad salarial que perjudica a las mujeres en relación con los hombres. Es una agenda más trasversal que conflictúa por razones opuestas a la propia tropa y a los que están en la vereda de enfrente.

Pero más allá de la oportunidad (algunos dirán oportunismo) de la llegada de estos temas a la vidriera pública también tienen que ver con ciertos hitos que van madurando en una sociedad moderna (como lo fue el divorcio vincular, en tiempos de Raúl Alfonsín; o el matrimonio igualitario, en la era kirchnerista). Cómo se lleve adelante ese debate, honestamente, sin trampas dialécticas y con mucha información, respetando mutuamente el derecho de cada cual a tener ideas y matices bien diferentes podrá -o no- significar subir un peldaño más en la calidad democrática tan castigada de este país.

Eduardo Fidanza recordaba ayer en estas mismas páginas que "el ascenso irresistible" de Pro tiene que ver con "la victoria del metrobús sobre la lucha de clases".

Al día siguiente de su mensaje en el Congreso, Macri reunió en el CCK al Gabinete ampliado y los instó a dejar atrás la confrontación permanente con "la herencia recibida" para enfocar con mayor concentración el futuro y profundizar el cambio cultural al que con su ausencia, paradójicamente, aportó Cristina Kirchner. A diferencia de su antecesora, Macri no quiere ni necesita una muchedumbre que lo vive y lo oiga en silencio. Prefiere ser él quien escucha de a uno o de a pocos a los que le cuentan sus emprendimientos. Hay que mirar sus historias en Instagram para entender en qué consiste ese trabajo diario de hormiga, que excede la mera estrategia comunicacional.

"Lo peor ya pasó" fue, sin duda, la frase "hit" del mensaje presidencial del jueves. Estuvo en títulos y bajadas de diarios y noticieros nacionales e internacionales, se viralizó por las redes sociales, saltó a los cables de las agencias de noticias y se multiplicó en la radio y la TV. Pero el problema es que la frase no es una certeza novedosa, sino una suerte de mantra que el Presidente va repitiendo a lo largo del tiempo. Se lo dijo a Mirtha Legrand hace casi un año, en uno de sus encuentros comestibles televisados, y en 2016, a los conductores de Telefé Noticias, entre otros. El diputado del FPV, Agustín Rossi, calificó a esa reiteración de "voluntarismo futurista".

Quienes trabajan en el discurso presidencial deberían archivar de una vez ese argumento/eslogan que, por su propia esencia significante, solo sirve para ser usado por única vez, a riesgo de que su persistente repetición produzca un efecto contraproducente sobre la credibilidad del jefe del Estado. Podría sembrar en la población una duda sombría y más inquietante: que todavía hay muchos "peores" por superar.

Pablo Sirvén
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Twitter: @psirven

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