Domingo, 15 Abril 2018 00:00

El buen ladrón - Por Carlos Salvador La Rosa

Escrito por  Carlos Salvador La Rosa
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Hasta hace poco la corrupción era corrupción y los corruptos eran corruptos, sin muchos adjetivos que agregar. Pero eso ocurrió mientras los culpables eran todos de derecha.

 

Sin embargo, cuando también empezaron a ser acusados los que dicen defender ideales progresistas de izquierda, la taba se dio vuelta y entonces, como por arte de magia ideológica, apareció la buena corrupción y el buen ladrón. Los acusados pasaron a ser los buenos y los acusadores se convirtieron en los malos.

Así hoy, todo quien denuncia a la corrupción política es culpable. De qué cosa es culpable se verá después, pero que es culpable es culpable. Para que el corrupto sea inocente.

Los sectores progresistas y democráticos de los años 60 aplaudieron con fervor a los héroes periodísticos del Watergate que echaron al presidente Richard Nixon. Y tres décadas después, con renovado fervor, siguieron aplaudiendo al juez Antonio di Pietro, que se barrió de un plumazo a toda la clase política italiana corrompida hasta los tuétanos.

Fueron tan espectaculares esos procesos que incluso dieron lugar a una teoría explicativa que elaboró el ensayista francés Alain Minc, según la cual una nueva trinidad surgía desde las profundidades sociales de la posmodernidad para cuestionar la decadencia y la corrupción de las élites dirigentes en todo Occidente.

Esa trinidad estaba compuesta por la alianza de hecho entre periodistas, jueces y opinión pública que en todas partes barría con la vieja política esclerosada y sucia. Aunque esa trinidad vengadora tenía un problema muy difícil de resolver: que era tan capaz de barrer lo viejo como incapaz de crear lo nuevo. Entonces, la corrupción reaparecía bajo nuevos formatos.

Pero mientras siguiera apareciendo con formatos de derecha, no había problemas. Incluso en América Latina. Que Collor de Mello en Brasil o Fujimori en Perú crearan impresionantes estructuras de corrupción en sus países, y que por eso cayeran de sus presidencias, a todos les parecía bien. Al fin y al cabo, eran capitalistas, y el capitalismo es corrupto de por sí.

Pero la cuestión se fue complicando cuando comenzó a descubrirse corrupción también en los que venían a pelear contra el capitalismo desde la izquierda. Entonces, los progresistas que aplaudían a rabiar la prisión de los corruptos, ya no aplaudieron tanto. Sobre todo cuando estalló uno de los más inmensos laboratorios de corrupción de supuesta izquierda que se produjo en América Latina: el kirchnerismo. Fue desde aquí, desde la Argentina, que comenzó a desarrollarse la teoría del buen ladrón y de la buena corrupción.

En particular cuando los escribas del peronismo K (entre ellos los de Carta Abierta, José Pablo Feinmann, Ernesto Laclau y hasta el más ignoto pero a la vez más original de todos, Hernán Brienza) dedicaron sus esfuerzos cerebrales a dar vuelta la teoría de Alain Minc: ahora la alianza de periodistas, medios y opinión pública se volvía el demonio, el instrumento creado por el imperialismo para combatir a los buenos políticos, y a los buenos empresarios que apoyaban a esos políticos.

Los periodistas pasaron a ser el nuevo “sujeto” del mal: el sujeto mediático, al decir de Feinmann, la cara comunicacional del imperio. Los jueces como Di Pietro, y ahora el brasileño Moro, devenían los verdugos contra el pueblo contratados por la oligarquía. Y a la opinión pública se la identificó con la clase media que desprecia a los pobres, esa a la que Fito Páez le tiene asco, aunque él viva en los mismos barrios que ella. Al final, sólo se trataba de un nuevo subterfugio del capitalismo para acabar con los Kirchner y con los Lula del mundo.

Incluso decidieron revisar el pasado. Ahora lo de Nixon no estuvo tan bien, ni siquiera el mani pulite italiano. Es que los periodistas y los jueces ya eran malos en aquel entonces, sólo que los progres todavía no se habían dado cuenta.

Hoy dicen que a Nixon lo hundió la oligarquía yanqui porque terminó con la guerra de Vietnam y abrió su país al mundo socialista de China y Rusia. Y que la operación mani pulite italiana fue una conspiración de los empresarios italianos para sacarse de encima a los políticos y asumir ellos en directo el poder con Berlusconi. Y que gente parecida a los que destrozaron a Nixon o Bettino Craxi, buscan hoy hacer igual con Cristina o Lula.

Mientras los que caían por corrupción eran solo kirchneristas, todas estas caradureces no se podían decir todavía de frente porque es tan evidente todo lo que se robaron, que salvo para los fanáticos, nadie se lo podría creer. Pero Lula es otra cosa, es efectivamente un líder popular, un estadista de alto nivel, un personaje del que los demás corruptos buscan colgarse a ver si los puede salvar a todos.

No obstante, a medida que más pruebas aparecen de corrupción, el mero argumento de la conspiración oligárquica imperial contra políticos santos y puros que jamás tocaron un mango, se cae por su propio peso. Pero en vez de admitir la realidad, nuevas teorías aparecen para seguir negándola.

Pionero en estas tramoyas fue el periodista K Hernán Brienza, quien sostenía que los empresarios como Cristóbal López o Lázaro Báez, aunque se quedaran con algunos milloncitos, eran soldados del movimiento nacional y popular que Néstor y Cristina usaban para quitarle poder a los viejos capitalistas y reemplazarlos por propios. Si bien robaban, como roban todos los empresarios porque son capitalistas, éstos lo hacían por una buena causa y eso los salvaba de toda culpabilidad.

Ahora, con Lula, esas teorías excéntricas se multiplican. Ha surgido una muy original que explica muy bien Jorge Asís, donde se dice que en países tan corruptos como los nuestros, los líderes populares como Lula tienen que hacerse un poco corruptos para ganarse el respeto de los ladrones de siempre, sino éstos lo bajarán antes de que empiece a devolverle el dinero a los pobres.

O sea que Lula sería una especie de buen ladrón, que robó un poquito nomás (apenas un departamentito y otras minucias) para que los malos ladrones lo creyeran uno de los suyos y entonces no se dieran cuenta que Lula era Robin Hood, el que le robaba a los ricos para darles a los pobres. Lo cual no es del todo increíble si se mira a Lula en particular, pero si se analiza al resto de los dirigentes del PT que llegaron al poder gracias a él, éstos lisa y llanamente robaron para enriquecerse ellos, exactamente igual que los oligarcas que venían a reemplazar.

Con esta tontería del buen ladrón, más que quitarles la plata a los viejos ladrones para dársela a los pobres, lo que se logró es que se les sumaran nuevos ladrones a los viejos y que entre todos se repartieran el botín saqueado.

En realidad, ninguna de todas estas son teorías serias, son meras excusas para justificar el robo por izquierda de gente aterrada frente a la evidente verdad. Esa verdad que nos dice, desde el más elemental sentido común, que Nixon, como muchísimos políticos, tuvo al menos dos caras.

En su caso, una cara internacional que lo colocó a casi la entidad de estadista y otra cara interna que lo mostró como un mero y vulgar espión. O que la clase política italiana de la posguerra fue capaz de subir su país desde la plena miseria a ser una de las grandes potencias mundiales, pero que a la vez no se cansó de robar todo lo que podía robar.

Y también que Lula elevó a Brasil a un nivel internacional al cual ese país no había llegado nunca, que dignificó todo lo que pudo a sus pobres y que alcanzó el nivel del mejor estadista latinoamericano en décadas. Sin embargo, toleró toda la corrupción que heredó y convirtió su aparato político, sindical y popular en una nueva cleptocracia. Haya hecho o dejado hacer, en los dos casos es responsable.

Entonces, en estos eventos y en todos los que se les parecen, en vez de inventar nuevas teorías para justificar lo injustificable, lo más correcto sería admirar a los políticos por todo lo que hicieron de admirable y condenarlos por todo lo que hicieron de condenable. Porque los hombres en general, y mucho más en la función pública, suelen mostrar más de una sola cara y lo correcto es verlas a todas en vez de querer tapar unas con las otras, con lo cual sólo lograremos hacer crecer a las peores y empequeñecer a las mejores.

Sólo premiando lo bueno y castigando lo malo lograremos justicia política y justicia “jurídica”. Justicia al fin. Y sólo así algún día, quizá, evitaremos que a los malos viejos los sustituyan los malos nuevos. Nunca con la teoría del buen ladrón, esa pavada que trata de explicar cómo heroicas las miserias de los grandes hombres.

Y, al final, será el juicio de la historia el que devolverá las justas proporciones a todas las cosas.

Carlos Salvador La Rosa

 

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