Domingo, 10 Junio 2018 00:00

Guillermo Jaim Etcheverry: "Es un escándalo que tras 12 años en el aula los chicos no entiendan lo que leen"

Escrito por  Clarín
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Doctor en medicina y presidente de la Academia Nacional de Educación, Jaim Etcheverry habla sobre la situación de los aprendizajes en la Argentina hoy.

-¿Sirve para algo la escuela hoy?

-Sirve para mucho: para desarrollar mecanismos intelectuales, procesos de razonamiento, capacidad de abstracción, para mostrarles a los chicos el mundo, ponerlos en posesión de su herencia. Para esto sirve la escuela, pero la familia también. La escuela enseña aspectos que la familia no está capacitada para encarar, es una suerte de delegación de responsabilidades de la familia, además de cumplir un papel importante en la socialización de los chicos.

-¿Y está cumpliendo la escuela con esto?

-Los resultados son clarísimos: hoy la escuela quiere hacer demasiadas cosas y no hace lo fundamental. Es un escándalo que los chicos salgan después de 12 años de la escuela sin entender lo que leen o sin poder hacer simples operaciones de abstracción matemática. El problema es que no se brindan esas herramientas básicas, y en búsqueda de la transformación permanente, hacemos experimentos con los chicos y los dejamos sin esos elementos que son fundamentales.

"No creo que sea sencillo implementar los cambios en matemática de manera rápida ni generalizada”

-¿Qué opinión le merece el nuevo proyecto para cambiar la forma en que se enseña matemática en el país?

-Es positivo que se instale la preocupación por la enseñanza de la matemática entre autoridades y docentes. Si bien es alentador que se analicen los sistemas de otros países, no creo que sea sencillo implementar cambios de manera rápida ni generalizada entre nosotros. De todos modos, hay que tener presente lo que afirmó Charles Torossian, experto francés que nos visitó a propósito de este proyecto, “desde Platón hasta acá sabemos que hay invariables en la educación, como el lugar de la memoria, del esfuerzo, de la repetición”.

-Hace 19 años usted escribió el libro “La Tragedia Educativa”, donde describía los problemas de la educación argentina. ¿Cambió algo?

-Nada, empeoró, en el sentido de que muchos países que en ese momento estaban por detrás de la Argentina en rendimiento, nos han superado. Hemos quedado muy atrás.

-¿Y cuáles son las razones?

-El desinterés social. La sociedad no está preocupada por la educación. Más allá de lo que se dice, no hay una preocupación concreta por el logro académico. Interesa más la certificación. Y después está la paradoja del desinterés: la mayoría piensa que la educación está mal en el país, pero cada uno considera que la educación de sus hijos es espléndida.

-¿Cómo se explica esa paradoja?

-Porque no la ven. Les pasa a padres de escuelas de gestión estatal, de gestión privada, a los ricos, a los pobres. En las encuestas que hace el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, los padres responden que están muy satisfechos con la educación de sus hijos y eso hace que nada cambie, que no haya presión social. No hay manifestaciones por las calles de padres que dicen “enséñenle más al nene o a la nena”. Piden otras cosas. Los políticos analizan las encuestas y ven que no hay un reclamo social por la calidad en la educación.

"En la búsqueda del cambio permanente hacemos experimentos con los chicos y los dejamos sin lo básico”

-¿La clase media, la que paga escuelas privadas, tampoco se salva de la debacle?

-Por supuesto que no. En todo el mundo, los mejores resultados de PISA se dan en el 25% de los chicos que pertenecen a las familias de mayor nivel socioeconómico. Son hijos de los profesionales y los que van a las escuelas con mejores recursos didácticos. Acá también pasa lo mismo. Pero los mejores argentinos son peores que los peores de 30 países. Vale decir que en 30 países, los peores son mejores que los mejores argentinos. Lo que pasa es que muchos padres, porque pagan la escuela, creen que ya está. Y no está.

-¿Qué está pasando? Algunos señalan que hay poca exigencia en las escuelas...

-Es fundamental. Y tiene que ver con el desinterés del que hablamos. La exigencia demuestra un interés por el chico, porque se desarrolle mejor, que muestre todas sus capacidades. Es un derecho del chico que alguien se ocupe de él. Hoy no está bien vista la exigencia. Al contrario, si la escuela le exige los padres van a protestar. La escuela está basada en una alianza tácita que hoy está rota, la de padres con los maestros para educar a los chicos. Hoy están aliados los padres con los chicos en contra de los maestros y ahí se viene todo abajo.

-Hasta ahora venimos hablando del diagnóstico de la educación argentina, pero ¿cómo se revierte esta situación?

-Con más diagnóstico, porque el enfermo no se da cuenta de que está enfermo. El problema es que la gente no estima que educarse es un esfuerzo, un trabajo. Cualquiera que aprendió algo sabe que realizó un esfuerzo personal, por supuesto interesado por los docentes, apoyado por los padres, pero un compromiso personal. Aprender a leer por ejemplo es un trabajo complejísimo, uno lo hace naturalmente, pero asociar la letra con el sonido, con el signo, es complejo, es un trabajo.

-Es decir, no es una cuestión pedagógica...

-La pedagogía tiene su parte. Pero hay algo superior que es el interés. Se puede enseñar de muchas maneras, se ve en distintos países que han progresado con metodologías muy diferentes. El problema es el interés concreto y obviamente la calidad de los docentes. Sin docentes no hay buena escuela, esto es clarísimo. Y la docencia, entre nosotros, no está socialmente prestigiada. Los maestros ganan poco porque no interesa mucho lo que hacen.

-¿Qué se debe hacer para jerarquizar la profesión docente?

-La misma gente tiene que asumir la situación: si no se da cuenta de que hay una crisis, nunca se va a valorizar la educación. Además, el ejemplo es muy importante, y debe partir de la autoridad, mostrando la trascendencia que tiene la tarea docente. En una oportunidad tuve la ocasión de hablar con un presidente de la Argentina sobre esto mismo, y le dije: ¿por qué no hace como hacía Mitre y cruza la Plaza de Mayo y va al colegio Nacional Buenos Aires, por ejemplo y se sienta en un aula o asiste a un examen? No fue... Mitre lo hacía. Eso muestra la trascendencia que tiene la educación para un país ¿no? Me parece que ese tipo de ejemplos faltan. En general todos hablan hoy de la gran revolución, se sacan la foto con la computadora, y les parece que con eso se va a resolver el problema.

-¿Hasta qué punto las autoridades, sean del partido que sean, son responsables del problema cuando no hay interés social?

-Por supuesto que es así. Pero yo no sé si en la época de Sarmiento la sociedad le exigía la educación. Era gente que tenía un proyecto. Sabía que era importante que el pueblo esté educado. La idea de educar al soberano era una idea importante. Eso hoy no se ve.

"Muchos critican el ingreso irrestricto, pero hacer la experiencia universitaria, aunque sea 1 o 2 años, es positivo”

-Quizás no había encuestas.

-No, claro. Eran liderazgos políticos que no seguían las encuestas, ahora no tenemos liderazgos, tenemos seguidores de encuestas.

-Donde la educación siempre ranquea mal.

-Ranquea mal. Siempre está entre las últimas de las preocupaciones. No preocupa, porque la gente está satisfecha individualmente. El otro día una señora grande me dijo: “Yo por suerte tengo un nietito extraordinario”. Todos tienen nietitos o hijos que son extraordinarios. Todos manejan la tablet, dicen. Claro, como si manejar la tablet fuera un logro. Juegan con las herramientas de su época. Nacieron con eso y cada vez es más fácil de usar, no es una señal de inteligencia. Los teléfonos y esas herramientas son inteligentes porque es inteligente el que las hizo, no el que las usa. El que las usa puede ser inteligente o torpe, el aparato no transmite inteligencia.

-¿Se debería enseñar a programar?

-Yo por ahora me conformaría con que enseñen a escribir, leer y entender lo que se lee, a hablar, a poder expresarse oralmente con frases que tengan comienzo, desarrollo y final, cosa que se ve cada vez menos. Estamos retrocediendo a un lenguaje cada vez más primario, cada vez se usan menos palabras y peor.

-¿La escuela secundaria debe formar para el trabajo o para ir a la universidad?

-Debe formar a la persona, que después puede trabajar o estudiar. El problema es que hoy la secundaria, como he dicho muchas veces en forma provocativa, es una larga preparación para el viaje de egresados. Pero debiera dejar de ser eso y tener alguna relevancia.

-Usted fue rector de la UBA, ¿tiene que seguir el ingreso irrestricto?

-La oportunidad de intentar se le debe dar a todos, a mí eso no me preocupa tanto. Lo que tiene que ser es exigente. El problema es que hay grandes diferencias en la formación previa. Hoy tenemos un sistema de selección por el fracaso. Muchos lo critican, pero a mí me parece que hacer la experiencia universitaria aunque sea uno o dos años, no está mal. Todo lo que se pueda contribuir a darle más a las personas en su educación me parece positivo.

-¿Hay algo para destacar de la educación argentina de los últimos años?

-La inclusión sin ninguna duda. Estudian más personas, eso es muy importante. Pero la inclusión no basta, no basta con que estén en la escuela, hay que enseñarles algo. La escuela no es sólo para dar de comer, también es para dar de leer en el sentido metafórico, es para darle las herramientas para que no necesite en el futuro que le den de comer. Ahora tenemos más chicos adentro de la escuela que hace 10 o 20 años. Pero ¿para qué? Hay que tenerlos para que salgan aprendiendo algo, no para que estén solamente en la escuela. Reitero lo de regresar a lo básico: la lengua y la lectura son fundamentales como lo es la capacidad de abstracción.

-Algunos afirman que la escuela está perdiendo relevancia en un mundo de aprendizajes ubicuos, que están en todos lados...

-El aprendizaje está en la persona. Lo que está en todos lados es la información, pero el conocimiento es otra cosa. El conocimiento es procesado por la persona y la escuela da un marco para que se realice esa tarea. Puede ser que haya otra institución que también lo dé. Pero me parece que ese marco es necesario. Que en la biblioteca estén los libros sobre los mecanismos de construcción de los puentes no significa nada si uno no está preparado para construirlo. Yo no puedo saber para qué sirve esa información si no tengo una estructura que me permita entender lo que está escrito. Y eso lo da la escuela. A lo mejor aparece otra institución en el futuro, pero la televisión, Google, Twitter y Facebook no van a ser, por más que tengan toda la información.

Del laboratorio a los programas de televisión

Ya decía Vox Dei, en su mítica canción “Presente”, aquello de que “todo tiene un final, todo termina”. Y eso le sucedió a Guillermo Jaim Etcheverry con la universidad, después de haber transitado -y haberse destacado– en prácticamente todas las posiciones posibles de la vida académica. “Fui desde ayudante honorario en la Facultad de Medicina de la UBA hasta profesor, decano y rector. Estuve 47 años allí. Al irme cuando alcancé la edad, no recibí ni las gracias por los servicios prestados. No volví nunca más”, dice.

Pero Jaim Etcheverry no se detuvo. Desde entonces, profundizó su vocación por pensar e influir en los temas educativos. Y ahora es conocido como una de las voces más lúcidas y escuchadas cuando se tratan esas cuestiones. Un lugar que ocupa desde que describió la situación de las aulas argentinas en su libro “La tragedia educativa”, hace ya 19 años. Y hasta es buscado por los programas de televisión del prime time por una sencilla razón: mide. Les levanta el rating. Un milagro: lo hace hablando de educación.

Pero antes de ser una persona conocida, Jaim Etcheverry desarrolló una notable carrera científica tanto en el país como en el exterior. Al término sus estudios de medicina en la UBA con “diploma de honor” se dedicó en forma exclusiva a la docencia y la investigación en el campo de la neurobiología. Becario del Conicet, institución en la que se desempeñó como miembro de la Carrera del Investigador Científico “de esos que utilizan ratitas”, simplifica.

Pero también tuvo experiencia internacional: investigó en Basilea, Suiza y, como becario de la John Simon Guggenheim Foundation, trabajó en el Instituto Salk en La Jolla, California, EE.UU. En 2005 llegó a presidir el jurado que otorga las becas Guggenheim. A pesar de su exitosa carrera internacional, decidió volver a la Argentina. Desde la Universidad de Oxford, Inglaterra, fue tentado para radicarse allí y trabajar en investigación. Pero la Argentina era su lugar. “Me parecía que había cosas para hacer aquí y, en fin, son decisiones que uno toma. Visto ese período a la distancia, estoy conforme de no haberme ido”, dice.

Aunque seguramente no crea en el destino, algo de todo esto ya estaba prefigurado en la historia familiar de Jaim Etcheverry: su padre que era médico pediatra, se dedicó al periodismo médico, su madre maestra. Y si hace falta agregar algo, al concluir la secundaria ya se inclinaba por la comunicación. Hubiera querido estudiar cine, pero su padre -muy estricto- le proponía que fuera a vivir a Italia, “donde estaban las mejores escuelas de cine en esa época”. “Finalmente opté por estudiar medicina, interesado como estaba por la investigación. Mi padre sostenía que era porque la facultad quedaba cerca de mi casa. Pero no es cierto porque también lo estaban las de Ciencias Económicas, Odontología y Farmacia”, bromea. Jaim Etcheverry hoy está cómodo como “predicador” sobre nuestra situación educativa.

ITINERARIO

Guillermo Jaim Etcheverry completó sus estudios de medicina con Diploma de Honor en la facultad de Medicina de la UBA. Allí obtuvo el título de Doctor en Medicina. Su tesis de doctorado mereció el premio a la mejor tesis en Ciencias Básicas. Luego se dedicó a la docencia y a la investigación en neurobiología. Fue investigador del Conicet hasta 2012, y profesor de Biología Celular e Histología en la facultad de Medicina de la UBA hasta 2008. Entre 1986 y 1990 fue decano de esa facultad. De 2002 a 2006 fue rector de la UBA. Publicó “La tragedia educativa” en 1999. Y en 2018 fue elegido presidente de la Academia Nacional de Educación.

AL TOQUE

Un proyecto: Un postergado libro dirigido a los jóvenes.

Un desafío: Lograr una distribución más justa de la riqueza del país para disminuir la escandalosa pobreza.

Un sueño: Que la educación, la ciencia y la cultura lleguen a ser prioridad en la Argentina.

Un recuerdo: Siempre están presentes Víctor y Dorita, mis padres.

Un líder: Charles de Gaulle.

Un prócer: Obviamente Domingo Faustino Sarmiento. También Manuel Belgrano.

Una sociedad: que admire aspectos diversos de varias en las que pude vivir aunque elegí hacerlo en ésta.

Una persona que admira: Mi padre.

Una comida: Pasta en cualquiera de sus formas.

Una bebida: El champagne.

Un placer: Leer, escuchar música, ver pintura.

Un libro: Sería ingrato al identificar uno entre tantos.

Una película: Difícil: “Gritos y susurros”, “Milagro en Milán” y sigue...

Una serie: “Dr. House”.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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