Vicente Massot

Vicente Massot

Vivimos en medio de la corrupción durante décadas, sin prestarle demasiada atención. Sabíamos, además, hasta qué topes había llegado y cuánto estaba enraizada en el sector público.

El país entero conocía, desde antes de substanciarse la segunda vuelta de la elección que consagraría, según fuesen los resultados, a Mauricio Macri o a Daniel Scioli, como próximo presidente de la Nación, la herencia envenenada que recibiría el gobierno que tomase asiento en la Casa Rosada el 10 de diciembre.

 

Cuanto parecen trasparentar los discursos públicos, ademanes, gestos y gritos -que también los hay- de la clase política argentina, resulta engañoso. Si nos dejásemos llevar por esa serie de exteriorizaciones y, con base en las mismas, decidiésemos trazar un análisis de la realidad, nos equivocaríamos de medio a medio.

Hay dos temas que cobraron notoriedad a partir de la asunción de Mauricio Macri y que, desde entonces, no han hecho más que escalar en la consideración pública, sin solución de continuidad.

El hoy poco recordado Saúl Ubaldini fue la cabeza visible del así llamado -en la vieja jerga peronista- “Movimiento Obrero Organizado”, que enderezó, a expensas del gobierno de Raúl Alfonsín, trece paros generales entre 1983 y 1989. Por supuesto que lidiar en contra de la CGT representó, para el radicalismo de entonces, uno de sus mayores problemas.

Desde tiempo inmemorial, entre las mayores preocupaciones de los argentinos figura la inseguridad que, malogrado todos los esfuerzos hechos durante décadas para acotarla, ha crecido sin solución de continuidad.

 

En un país donde abundan los farsantes, los mamarrachos y los solemnes, existe la tendencia de convertir a figurones de poco o ningún calado en personajes dignos de atención. En cualquier otra latitud moverían a risa.

 

Nunca antes, en los doce meses recién cumplidos que lleva la gestión presidencial de Mauricio Macri, se había percibido esta sensación de incertidumbre, extendida a buena parte de la sociedad. Si bien por un lado todos los relevamientos hechos en las últimas semanas acreditan el respaldo que todavía posee la administración de Cambiemos, por el otro existe entre los votantes, seguidores y defensores del macrismo la duda respecto de cuánto más tardará en dar el presente la reactivación prometida para el segundo semestre del año en curso.

 

Calificarse a sí mismo y a quienes lo acompañan en la gestión que lleva adelante desde hace un año con un 8 (distinguido, en la jerga universitaria), puede que haya escandalizado a algunos y disgustado a otros.

 

Por momentos, da la impresión de que tanto sus enemigos como también sus adversarios descubrieron un flanco débil en Mauricio Macri y sobre él cargaron todos a la vez, aun cuando esto no signifique -al menos, no necesariamente- que se hayan puesto de acuerdo entre ellos antes de dar comienzo a la embestida.

 

Las expectativas que hace un año, recién comenzada la gestión presidencial macrista, se forjaron sus principales integrantes respecto de cómo completarían los primeros doce meses de gobierno, no se corresponden con la situación actual.

 

El kirchnerismo está muerto y no hay Cristo capaz de resucitarlo. Pero a muchos la cuestión no les pareció tan clara.

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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