Vicente Massot

Vicente Massot

Si Daniel Scioli hubiese sido el triunfador en la segunda vuelta que, en noviembre del año pasado, lo tuvo a él y a Mauricio Macri como competidores excluyentes, habría tenido que poner en marcha un plan de ajuste semejante al que implementó el actual presidente y que, por el momento, no ha alcanzado al gasto estatal.

 

Fueron tantos los actos en los cuales las diferentes banderías justicialistas recordaron -como lo han hecho todos los años, desde 1946 en adelante- el así llamado Día de la Lealtad, que un ignorante en la materia podría haber pensado, no sin alguna razón, en la pujanza de un movimiento así.

 

Como ninguna otra semana desde el día en que Mauricio Macri asumió la presidencia, la pasada puso al descubierto los problemas que aquejan al gobierno cuando debe lidiar con esa Casandra moderna, llamada Elisa Carrió.

 

Como no podría ser de otra manera, los comicios presidenciales norteamericanos siempre despiertan, en esta orilla del Plata, las mismas inquietudes.

 

Calificarse a sí mismo y a quienes lo acompañan en la gestión que lleva adelante desde hace un año con un 8 (distinguido, en la jerga universitaria), puede que haya escandalizado a algunos y disgustado a otros.

 

Por momentos, da la impresión de que tanto sus enemigos como también sus adversarios descubrieron un flanco débil en Mauricio Macri y sobre él cargaron todos a la vez, aun cuando esto no signifique -al menos, no necesariamente- que se hayan puesto de acuerdo entre ellos antes de dar comienzo a la embestida.

 

Los gobernantes -de más está decirlo- declaran cuanto se corresponde con sus intereses. ¡Bueno sería que hiciesen lo contrario! Defienden a capa y espada las decisiones que consideran acertadas y las cifras que convalidan su gestión, con el mismo o parecido énfasis con el cual embisten contra sus enemigos.

 

Aunque hubiese sido planeado -algo que debe desestimarse por absurdo- el ejercicio gubernamental no hubiera podido ser peor que el desenvuelto en los dos primeros meses de un año electoral decisivo.

 

Hace siete días, poco más o menos, la señora gobernadora de la provincia de Buenos Aires dijo -sin que le temblara la voz y en un momento en que nadie había tirado sobre el tapete el tema de las elecciones legislativas de octubre- que, si la alianza oficialista perdiese en el distrito más importante del país, “el mundo no se acabaría”.

 

La Argentina es, en muchos aspectos, el país del eterno retorno. Entre nosotros, por las razones que fuera, todo pasa para -al cabo del tiempo- resurgir como si tal cosa.

 

Las miles de personas que el pasado viernes se congregaron -como es ya costumbre- en la plaza histórica para ventilar desde allí críticas e insultos por igual a expensas del gobierno macrista, en un solo aspecto eran semejantes a las que desfilaron en contra del kirchnerismo en los últimos años de la administración presidida por Cristina Fernández.

 

Al margen de todo lo que se ha escrito respecto de los errores cometidos por el gobierno en el tema de los aumentos de las tarifas, hay un dato que pasó desapercibido y que, por lo tanto, no fue materia de análisis en el curso de las últimas semanas.

 

Marcelo Tinelli es un showman como pocas veces se ha visto otro en estas tierras. El éxito que ha generado lo ha convertido en una marca registrada.

 

El país entero conocía desde antes de substanciarse la segunda vuelta de la elección que consagraría como próximo presidente de la Nación, según fuesen los resultados, a Mauricio Macri o a Daniel Scioli, la herencia envenenada que recibiría el gobierno que tomase asiento en la Casa Rosada el 10 de diciembre. Cuando el líder de Cambiemos se impuso al candidato del Frente para la Victoria, nadie esperó que aplicase una política de shock. El ajuste era tan inevitable, como gradual sería su implementación.

La reunión que el jueves próximo congregará -salvo postergación de último momento- a la plana mayor del peronismo nacional, no será decisiva respecto al futuro de ese movimiento político, aunque marcará un antes y un después en términos del kirchnerismo como astro declinante.

 

Entre las muchas formas que hay para distinguir los gobiernos que se han sucedido entre nosotros desde 1983 a la fecha, resulta muy ilustrativa la que pone en una vereda a aquellos capaces de reivindicar con éxito todo el poder -y que, por ello mismo, le dejaron a las banderías opositoras el papel de simples comentaristas de la realidad- al par que sitúa en la vereda de enfrente a los que, por las razones que fuere, necesitaron compartir parte de su poder.

Tarde o temprano debía suceder. Era literalmente imposible que la trabajosa coalición vertebrada por el oficialismo en los primeros tres meses de gobierno permaneciese incólume y resistiera los embates de unas banderías políticas con asiento parlamentario, que habían cerrado filas junto al bloque de Cambiemos, algunas veces por convicción y otras por mera conveniencia.

Decir que el gobierno se halla en una situación delicada no representa una novedad. Pero que así sea se debe menos al resultado de sus presuntas flaquezas, la falta de capacidad de sus elencos ministeriales o las indecisiones del presidente, que al peso de un ajuste cuya puesta en marcha era inevitable pero cuyas consecuencias -políticas y, al propio tiempo, sociales- no parecen haber sido previstas, por los ganadores de los comicios de noviembre pasado, en toda su envergadura.

Si Daniel Scioli hubiese sido el triunfador en la segunda vuelta que, en noviembre del año pasado, lo tuvo a él y a Mauricio Macri como competidores excluyentes, habría tenido que poner en marcha un plan de ajuste semejante al que implementó el actual presidente y que, por el momento, no ha alcanzado al gasto estatal.

 

Fueron tantos los actos en los cuales las diferentes banderías justicialistas recordaron -como lo han hecho todos los años, desde 1946 en adelante- el así llamado Día de la Lealtad, que un ignorante en la materia podría haber pensado, no sin alguna razón, en la pujanza de un movimiento así.

 

Como ninguna otra semana desde el día en que Mauricio Macri asumió la presidencia, la pasada puso al descubierto los problemas que aquejan al gobierno cuando debe lidiar con esa Casandra moderna, llamada Elisa Carrió.

 

Como no podría ser de otra manera, los comicios presidenciales norteamericanos siempre despiertan, en esta orilla del Plata, las mismas inquietudes.

 

Las internas desenvueltas, entre bambalinas o a plena luz del día, en el seno de una administración -cualquiera que ésta sea- no resultan novedosas.

 

Todo parece indicar que el peor momento del reacomodamiento de precios relativos es cosa del pasado.

 

Al margen de todo lo que se ha escrito respecto de los errores cometidos por el gobierno en el tema de los aumentos de las tarifas, hay un dato que pasó desapercibido y que, por lo tanto, no fue materia de análisis en el curso de las últimas semanas.

 

Desde que tomó las riendas del gobierno, Mauricio Macri ha sumado en su haber diferentes ventajas y, como no podría resultar de otra manera, ha cometido errores de distinta índole.

 

Vivimos en medio de la corrupción durante décadas, sin prestarle demasiada atención. Sabíamos, además, hasta qué topes había llegado y cuánto estaba enraizada en el sector público.

El país entero conocía, desde antes de substanciarse la segunda vuelta de la elección que consagraría, según fuesen los resultados, a Mauricio Macri o a Daniel Scioli, como próximo presidente de la Nación, la herencia envenenada que recibiría el gobierno que tomase asiento en la Casa Rosada el 10 de diciembre.

 

Cuanto parecen trasparentar los discursos públicos, ademanes, gestos y gritos -que también los hay- de la clase política argentina, resulta engañoso. Si nos dejásemos llevar por esa serie de exteriorizaciones y, con base en las mismas, decidiésemos trazar un análisis de la realidad, nos equivocaríamos de medio a medio.

Hay dos temas que cobraron notoriedad a partir de la asunción de Mauricio Macri y que, desde entonces, no han hecho más que escalar en la consideración pública, sin solución de continuidad.

El hoy poco recordado Saúl Ubaldini fue la cabeza visible del así llamado -en la vieja jerga peronista- “Movimiento Obrero Organizado”, que enderezó, a expensas del gobierno de Raúl Alfonsín, trece paros generales entre 1983 y 1989. Por supuesto que lidiar en contra de la CGT representó, para el radicalismo de entonces, uno de sus mayores problemas.

Desde tiempo inmemorial, entre las mayores preocupaciones de los argentinos figura la inseguridad que, malogrado todos los esfuerzos hechos durante décadas para acotarla, ha crecido sin solución de continuidad.

 

En un país donde abundan los farsantes, los mamarrachos y los solemnes, existe la tendencia de convertir a figurones de poco o ningún calado en personajes dignos de atención. En cualquier otra latitud moverían a risa.

 

Nunca antes, en los doce meses recién cumplidos que lleva la gestión presidencial de Mauricio Macri, se había percibido esta sensación de incertidumbre, extendida a buena parte de la sociedad. Si bien por un lado todos los relevamientos hechos en las últimas semanas acreditan el respaldo que todavía posee la administración de Cambiemos, por el otro existe entre los votantes, seguidores y defensores del macrismo la duda respecto de cuánto más tardará en dar el presente la reactivación prometida para el segundo semestre del año en curso.

 

Calificarse a sí mismo y a quienes lo acompañan en la gestión que lleva adelante desde hace un año con un 8 (distinguido, en la jerga universitaria), puede que haya escandalizado a algunos y disgustado a otros.

 

Por momentos, da la impresión de que tanto sus enemigos como también sus adversarios descubrieron un flanco débil en Mauricio Macri y sobre él cargaron todos a la vez, aun cuando esto no signifique -al menos, no necesariamente- que se hayan puesto de acuerdo entre ellos antes de dar comienzo a la embestida.

 

Las expectativas que hace un año, recién comenzada la gestión presidencial macrista, se forjaron sus principales integrantes respecto de cómo completarían los primeros doce meses de gobierno, no se corresponden con la situación actual.

 

El kirchnerismo está muerto y no hay Cristo capaz de resucitarlo. Pero a muchos la cuestión no les pareció tan clara.

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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