Fernando Iglesias

Fernando Iglesias

La tentación fundacional; lo de creer que un país nuevo empieza cada vez que la Argentina encara para el lado que nos gusta, es una de las peores taras que nos deja el populismo.

 

La enorme mancha que vota por Cambiemos ocupa un espacio siempre mayor en el centro del país, desde Mendoza hasta Entre Ríos.

 

No se trata de justificar los errores del actual gobierno señalando los del anterior sino de establecer el módico principio de que una cosa es un gobierno y otra cosa es una mafia.

 

Los setenta no han vuelto, es cierto, pero amenazan con hacerlo si todos los miembros de la sociedad democrática argentina no salimos a cortarles el paso ya.

Digamos enseguida lo fundamental: solo una secta de delirantes, psicóticos, imbéciles políticos o todo eso junto puede reivindicar a los setenta; por lejos, la más nefasta década de las muchas décadas nefastas en que abundó la Historia nacional.

Los setenta fueron los años de la violencia guerrillera y de la represión estatal vía Triple A peronista, primero, y mediante el genocidio militar, después. Los setenta presenciaron el Rodrigazo, primer shock económico socialmente regresivo de esa magnitud. Los setenta fueron años de división y de odio, de sangre y fuego, de muerte y oscuridad. En los setenta la vida no valía nada, la política se transformó en una farsa hipócrita y los Derechos Humanos fueron considerados una máscara que ocultaba la ferocidad de la democracia republicana y liberal.

En los setenta -una década larga que comenzó en 1966 con el golpe de Onganía, siguió con el Cordobazo y el asesinato de Aramburu, y solo terminó en 1982, con la hecatombe de Malvinas- fue derrotada la última Argentina razonable: la gestada por Frondizi, alumbrada por Illia y derrocada por un complot del Partido Militar con el apoyo decisivo del Partido Populista; claramente expresados en declaraciones de su líder en el exilio y de su sector sindical.

Me dirán que afirmar hoy que volvieron los setenta es exagerado; y lo es. Pero si algo nos han enseñado los setenta es, precisamente, a no subestimar las primeras señales que indican que algo huele a podrido en Dinamarca, de que algo en el sistema político funciona rematadamente mal. Y ese olor a carne descompuesta y esas señales de cólera y de espanto son ya visibles en el escenario argentino. Su primer y principal signo es la reaparición de la violencia como método de acción.

En plena democracia, como entonces, han surgido grupos que no esconden su apego al uso de métodos violentos, lo que va desde piquetes de encapuchados armados con palos y cadenas hasta los sobres explosivos, los ataques a piedrazos contra las fuerzas de seguridad, las amenazas de muerte al Presidente y su familia, los escraches violentos y el uso discrecional de bombas molotov en manifestaciones supuestamente pacíficas.

Es cierto que los violentos y sus acciones demenciales siempre estuvieron allí, como demuestra el caso de Quebracho; pero también lo es que hace mucho tiempo que no se veía un despliegue simultáneo de estrategias demenciales, diversas y provenientes de diferentes fuentes como el que se fue desatando -vaya coincidencia- alrededor de las PASO y explotó misteriosamente cuando los resultados electorales le cerraron el paso al regreso inmediato del populismo al poder. Una coincidencia más.

En segundo lugar, los setenta han vuelto a través de la justificación explícita de la violencia mediante las mismas consignas que terminaron provocando un baño de sangre en el país. Según ellas, la “violencia de abajo” no es tal sino que ha sido organizada por provocadores o por servicios de inteligencia. Y en todo caso, si la violencia “de abajo” existiera, es una respuesta legítima a la “violencia de arriba”. Como cualquier persona con un manejo básico de la lógica comprende, ambos argumentos se excluyen mutuamente. O la violencia política es -siempre- injustificable, o es absurdo que quienes la aceptan como un método válido pretendan adjudicársela a otros cuando sus consecuencias salen a la luz.

Para entender de dónde surge este rebrote setentista basta hacer un repaso de los métodos que el kirchnerismo ha empleado para legitimar el uso de la violencia, comenzando por la negativa a entregar el bastón de mando presidencial mediante el cual instaló en vastas bandas de inadaptados la idea de que el de Macri no es un gobierno democrático en el marco de la alternancia republicana, sino un usurpador ilegítimo cuyo mandato no emana de las urnas sino de pactos con poderes satánicos y corporaciones aliadas del Mal. De allí al Club del Helicóptero -es decir: al proyecto de destitución inmediata de Cambiemos a como dé lugar- había un solo paso, y prontamente se dio.

Se sigue dando hoy cuando se insiste en que nos gobiernan unos CEOs insensibles a pesar de que el Gobierno evitó al país un colapso económico y lo sacó de una recesión que duraba cinco años y puede mostrar ya índices de desempleo y de pobreza menores que cuando asumió. Se sigue dando hoy, después de que un helicóptero de cartón y un cartel con la leyenda “Erroristas de Estado” se pasearan entre aplausos de la concurrencia durante la última marcha de reivindicación de la Democracia y los Derechos Humanos. Se sigue dando hoy cuando se grita “Macri, basura, vos sos la Dictadura” y cuando se banaliza la figura de la “desaparición forzada” aplicándola sin ninguna prueba o indicio concreto de un plan estatal que merezca semejante caracterización.

Es cierto. La carencia de evidencias habilita la idea de que cualquier cosa puede haber sucedido con Santiago Maldonado; desde su muerte a manos de Gendarmería que denuncian unos a su estadía secreta en Chile con el objeto de convertirse en instrumento de una campaña electoral que suponen otros. Pero no hay, hasta ahora, ninguna prueba  concreta y fiable de un secuestro a manos de fuerzas de seguridad, a menos que se consideren irrefutables las afirmaciones efectuadas por personas que se niegan a identificarse y declaran encapuchados. Tampoco es prueba que dos testigos correctamente identificados hayan sostenido haberlo visto en la marcha, ya que -sugestivamente- se abstuvieron de acusar a Gendarmería de haberlo secuestrado.

En todo caso, aún en la peor de las hipótesis, la de un asesinato, no puede hablarse de desaparición forzada, que es un crimen de lesa humanidad para el que se requiere que haya existido “arresto, detención, secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado”, según la Convención Internacional sobre Desapariciones Forzadas de la ONU de 2006.  Aún menos se ajusta el caso Maldonado a la definición de desaparición forzada del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, que solo las reconoce como tales cuando se cometen “como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población".

Fue precisamente este, el de inexistencia de un ataque generalizado y sistemático organizado desde el Estado, el punto levantado por el kirchnerismo para desmentir el carácter de desaparición forzada en el caso de Julio López; pero los muchachos no se acuerdan ya. Como se olvidan también de comparar las muchas acciones efectuadas por la actual ministro de Seguridad para esclarecer el hecho (el rápido allanamiento de cuarteles de Gendarmería o la reciente comprobación de que la sangre encontrada en el puesto no es de Maldonado, lo que permite eliminar esa hipótesis) con la vergonzosa destrucción de pruebas en ocasión del asesinato del fiscal Nisman, efectuada por la Policía Federal en presencia de un fiscal y bajo la supervisión cercana del entonces Secretario de Seguridad, Antonio Berni.

Los setenta no han vuelto, es cierto, pero amenazan con hacerlo si todos los miembros de la sociedad democrática argentina no salimos a cortarles el paso ya. Si el descarado uso de Maldonado como argumento de campaña y la propalación de un relato irresponsable que legitima la violencia por parte del kirchnerismo son preocupantes, aún más lo son las posiciones ambiguas y oportunistas de la mayor parte de quienes pretenden erigirse en remplazo de Cristina Kirchner en nombre de la democracia y la racionalidad.

Así empezaron también aquellos setenta, de división y de odio, con las acciones lunáticas de sectas que consideraban que los Derechos Humanos eran un simple instrumento de la lucha política “contra la derecha”, y que la Democracia era un concepto vacío meramente formal. Así empezaron también aquellos setenta, de terror y oscuridad, cuando desde la oposición a las dictaduras se justificó la “violencia de abajo” y el terrorismo de las “organizaciones especiales” por canallas motivos de conveniencia personal. Así empezaron también aquellos setenta, de sangre y de fuego, con el silencio oportunista de quienes no estaban de acuerdo pero prefirieron callar. 

Fernando Iglesias

El crecimiento del PBI de este año no se basa en el consumo sino en las exportaciones y la inversión, que están duplicando y hasta triplicando el crecimiento de la porción -absurda- que representa el consumo en el PBI argento: 75% del total, contra un 58% a nivel mundial.

 

El gran derrotado de las PASO no fue el peronismo, sino el populismo enquistado en la política argentina

 

La lucha contra la impunidad en Argentina alterna pasos adelante que esperanzan y retrocesos que desaniman. Jaime y Báez están presos; De Vido y Cristina, no.

 

-250 millones de dólares es lo que gastó el ex secretario de Transportes de la Nación, Ricardo Jaime, subordinado del Ministro de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios Julio De Vido, en la compra de material ferroviario obsoleto a España y Portugal.

 

Es cierto que su generación-mi generación, la de los Setenta, es la que arruinó el país. No todos, ni con el mismo grado de culpabilidad, pero fuimos nosotros. De una Argentina imperfecta pero razonable en los Sesenta, a la violencia, el delirio absolutista y la crueldad de los Setenta. A lo que siguió. ¿Queremos seguir ahí o salir de una vez por todas?

 

Digan lo que digan los muchachos que ayer juraban que había menos pobres que en Alemania, los datos demuestran que hoy no hay ningún proceso socialmente regresivo en marcha, mucho menos uno impulsado voluntariamente desde el Gobierno.

 

El año que vivimos en peligro no fue un año, ni se ha terminado. El año que vivimos en peligro va por el año y medio, el que va desde la asunción de Cambiemos en diciembre de 2015, y seguirá -por lo menos- hasta las elecciones de medio término de octubre de 2017.

 

Se analizan en este panorama algunas medidas del gobierno central que van a mejorar la calidad de vida de los vecinos de la provincia de Buenos Aires.

 

Reeditar hoy aquí el célebre acuerdo español podría conducir a un intercambio de impunidad por gobernabilidad

 

Y aquí estamos, otra vez, pagando todos -Argentina y Uruguay más que todos- las consecuencias de la crisis del líder regional y tratado de sacar conclusiones para vivir.

 

Por años el Instituto Nacional del Cine ha sido una hedionda cueva de negociados y discriminación, que por una década no ha financiado expresiones artísticas que contuvieran críticas al gobierno K y que sobre todos los actos de corrupción en el Instituto durante la década sakeada, reinó el más absoluto silencio de nuestros valerosos héroes del video; silencio comprado con subsidios altísimos a películas absurdas que nadie iba a ver.

 

La recuperación del Indec es el punto de partida para una discusión política basada en información objetiva

 

Incapaz de hacer autocrítica, pese a sus malas gestiones de gobierno, el Movimiento insiste en definirse como el único que puede gobernar la Argentina

 

La repetida frase “¡Oh! Vamos a volver” es prueba contundente de que el único objetivo de la unidad de menemistas, duhaldistas, kirchneristas y recicladores fue, es y será la conquista del poder.

 

La expresión “conflicto de intereses” acaba de hacer su sorpresiva aparición en el vocabulario de un país donde una mafia se había apropiado del Estado. La usan mal, como si supusiera necesariamente que alguien incurre en algún delito, lo que no es cierto; pero la usan.

 

A través de un detenido análisis de los diálogos telefónicos entre Cristina Fernández y su subordinado Parrilli durante el año 2016, el autor desnuda la psicología K del poder.

 

Se viene el paro nacional y popular. Se viene el paro de la CGT unificada. Así lo anuncia el compañero Pablo Moyano, primer heredero de un gremio de la historia del mundo-mundial.

 

Mantener las tarifas o aumentarlas tiene sus costos. Como en esta posición del ajedrez, en que cualquier jugada que se decida llevar a cabo empeorará la situación.

El Gobierno enfrenta al desafío de solucionar el problema económico estructural heredado que lo pone en disyuntivas, como una manta que lo obliga a dejar afuera los pies o la cabeza.

 

Ha pasado medio siglo desde que fuera derrocado el gobierno del doctor Illia, considerado uno de los más exitosos de la historia nacional.

 

Hay un abismo entre los delitos cometidos en más de una década de poder K y las acusaciones contra el gobierno de Cambiemos.

Una desvirtuada interpretación de la crisis sufrida en 2001/02 por parte del peronismo fundamentó al kirchnerismo, su prepotencia y corrupción.

La Argentina ha poco menos que consagrado a las pymes como las grandes contribuyentes a la generación de empleo, en muchos casos arriesgando la calidad por la cantidad.

Hace semanas que estoy intentando entregar mi próximo libro, que no será sobre el peronismo sino sobre su hijo pródigo: el kirchnerismo; pero me falta cerrar el primer capítulo, y no es fácil.

 

Con prerrogativas que superan cualquier análisis con sentido, el deporte más popular de la Argentina supera a la decadencia general que sufre el país a causa de la corrupción y de la falta de control estatal. Aquí, la primera entrega; el próximo domingo, la segunda parte.

 

Todo el sistema futbolero se sostenía y se sostiene, desde luego, en que el ‘clú’ es un sentimiento, no puedo parar.

 

No hay renovación, sino camuflaje cuando los mismos de siempre proponen las ideas de siempre

 

A partir de la controvertida puntuación con que Macri autocalificó su gestión hasta el presente el autor pone blanco sobre negro, y analiza también algunos temas criticables.

 

Desde su origen, el partido fundado por Perón reivindicó como propias las conquistas sociales logradas a partir de mediados del siglo pasado; una mirada atenta y precisa de la realidad desmiente esta lectura

 

El reclamo de que deberíamos unirnos y "tirar todos para el mismo lado" pierde de vista que en una sociedad conviven proyectos diferentes de país y que lo que debe unirnos es el respeto al pluralismo y a las instituciones

Fundado el 4 de agosto de 2003

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