Viernes, 29 Abril 2016 20:21

Qué culpa tiene la tasa de interés

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La tasa de interés no es más que un instrumento de política económica y encima un instrumento de potencia muy limitada aquí.

Aun así, se ha convertido en la estrella del momento; hasta abrió una grieta en el mundillo de los especialistas y provoca antagonismos fuertes dentro del propio Gobierno, como uno notorio estos días.

Después de que Alfonso Prat-Gay planteara casi explícitamente que había llegado el momento de aflojar el peso de las tasas, Adolfo Sturzenegger le respondió también sin demasiados implícitos: “Cuando estemos seguros de que bajó la inflación, acompañaremos con una baja de la las tasas”. Evidente: el ministro de Hacienda y Finanzas y el presidente del Banco Central tocan en la misma orquesta, pero no tocan la misma música.

No es poco tratándose de dos piezas clave del equipo económico. Ni lo es que ventilen la controversia que mantienen intramuros: pasto para quienes sostienen que en circunstancias turbulentas resulta crucial unificar las decisiones o al menos interactuar ordenadamente.

Cualquiera puede afirmar que además de sacudir su propio balance, el interés del 38% que el Central paga por las Lebac le pone piso al costo del crédito, compite airosamente contra las inversiones productivas más rendidoras y empuja una ventajosa bicicleta financiera.

Dice alguien que no es PRO, aunque conversa con funcionarios del PRO: “Les está sobrando tasa y se ve en los dólares golondrina, que ingresan para ganar con el juego de ir a pesos y luego de un tiempo volver a dólares previsiblemente contenidos y alzarse con la cosecha”.

Sturzenegger sigue aferrado a su libreto, aun cuando desde el Central ya no machaquen con que la inflación está “claramente por encima de los niveles buscados”. Y su libreto dice, nada menos, que la estrategia económica todavía mantiene vivo a semejante fantasma.

Para el BCRA, la tasa funciona como una aspiradora de pesos, modera la demanda y así, con una economía ya enfriada, más tarde o más temprano frena los precios. Es una receta monetaria clásica que debe ir acoplada al ajuste fiscal; se entiende, piensan en uno mayor al que se ha hecho.

“El problema de Sturzenegger es que acá la demanda es poco sensible a las tasas de interés y por eso no mueven demasiado el amperímetro”, aseguran economistas heterodoxos.

Y apelan a un dato contundente: en la Argentina el crédito bancario representa apenas 12% del PBI, magro en cualquier comparación, incluso con países cercanos donde la relación ni siquiera es considerable. Por ejemplo, 26,8% en Uruguay o 30-31% en México y Perú y mucho más contra el 70% de Chile y Brasil. Se diría, pues, que acá el crédito privado es casi inexistente.

Por fuera de un debate de duros versus moderados que ha dividido “la profesión”, como se llaman a ellos mismos los consultores, lo cierto es que el índice de precios de abril viene espeso: según estimaciones consideradas cercanas a la realidad, entre 6,5% y 7,2% en la Capital y el GBA donde se concentra el grueso de la población. La parte buena sería el 1,6% que algunas le asignan a los alimentos.

Espesas serán también las boletas del gas que en estos días empezarán a llegar a las casas de familia de todo el país. Protestas en puerta y cortocircuito entre el clima social y la algarabía financiera.

A propósito de lo mismo, salta una controversia grande sobre la magnitud del aumento. Porque la contrapartida de eso que mejora sensiblemente la rentabilidad del sector petrolero es que va a la cuenta de usuarios domiciliarios, de comercios y empresas, pega fuerte en el proceso inflacionario y al final le reporta bien poco al Estado y al objetivo de reducir los subsidios.

Queda claro que a veces hay disonancias notables entre el contexto y ciertas decisiones del Gobierno.


Si su pronóstico coincide con la realidad, ¿Adolfo Sturzenegger dirá que fue un triunfo de la tasa de interés, aunque haya sido el efecto de otros factores? Pero si fuese por la inflación de abril, el BCRA debiera seguir resistiendo.

Una jugada atractiva sería contrastar los futuros índices de precios con los de meses recientes, evitando comparaciones con 2015 que arrojarán números anuales muy altos. Otra igualmente rendidora consistiría en hacer lo mismo cuando la actividad empiece a repuntar. Ambas mejorarían en las formas la performance de la gestión oficial.

En cualquier hipótesis la magra relevancia del crédito en la economía también reduce el poder reactivador de la tasa de interés. Y muda el problema hacia otros rincones, aunque uno de ellos sea justamente la debilidad del financiamiento a las actividades productivas. O lo pone en la escasez de precisiones sobre adónde se quiere ir y cómo: es la política pura, diría un analista.

Falta de todos modos un detalle: que desde octubre de 2015, cuando comenzó a descontarse la devaluación, los salarios reales han caído alrededor del 16%. Uno siguiente es que la consecuencia viene con el molde de reclamos gremiales nunca inferiores al 30% y bien lejos de la meta que se había propuesto el Gobierno.

Este escenario dominado por la transferencia de ingresos de los asalariados hacia otras actividades y cuanto menos rozado por la pérdida de empleos era terreno propicio para proyectos antidespidos. Algo falló en el tablero de mando de la Casa Rosada, y tanto que el mismo Senado que había aprobado el pago a los fondos buitre ahora votó contra el Gobierno.

Luego, estará por verse cuánto de los incrementos de paritarias trasladarán las empresas a sus precios. El riesgo implícito es que una segunda ronda de aumentos hiera los pronósticos inflacionarios más optimistas.

Bajo este supuesto podría volver a escena la puja por las tasas de interés. Y agregado, un problema que ya mismo suena incómodo: el retraso del tipo de cambio y la posibilidad de que algunas correcciones siembren expectativas indeseadas.

Un dato nada menor del equilibrio inestable es el manejo del precio de los combustibles, con aumentos que los propios estacioneros cuestionan y asimilan a una subvención a las compañías y a las provincias petroleras.

La seguidilla de ajustes sepultó la idea de que un precio tan sensible operase como ancla para otros, en lugar de ser, como es, un factor de distorsión sobre el resto de los precios. Esa idea que fue sepultada provenía de funcionarios del equipo económico.

No resulta fácil despejar el campo minado que dejó el cristinismo, en más de un sentido proponiéndoselo expresamente y con la esperanza de sacar partido de su maniobra. Y lo es menos cuando existen déficits de coordinación e internas al interior del propio Gobierno.

En este baile ya propiamente propio está metido el macrismo. Y aunque son pocos quienes apuestan al fracaso, sería útil que algunos privados dotados de ciertas capacidades transformasen sus promesas de apoyo en actos concretos. 

Alcadio Oña

Visto 203 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 21:31

Fundado el 4 de agosto de 2003

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