Domingo, 19 Junio 2016 11:54

Los problemas de resolver problemas

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Pregunta: ¿es posible que el mismo número sea preocupante y a la vez útil para el Gobierno? Parece un juego de malabares y en cierto sentido lo es, salvo por un detalle: la respuesta al interrogante resulta afirmativa tanto en un caso como en el otro.

El número es el 4,2% que arrojó en mayo el flamante índice de precios del INDEC, alto en sí mismo y altísimo en cualquier comparación. Sin ir demasiado lejos, equivale a la inflación de todo un año de Perú (3,5%) y de Chile (4,2%) y también resulta enorme contra el 9,3% de Brasil y el 10,5% de Uruguay, que las autoridades de ambos países buscan achicar.


Un paralelo semejante podría trazarse con el aumento del 3,7% en alimentos y bebidas que marcó el INDEC. De nuevo considerable, tratándose del registro de un solo mes y además en bienes de consumo sensibles.


Y si todo eso suena preocupante, ¿dónde estaría entonces la utilidad del 4,2%?


Está en un rasgo de la serie estadística: como arrancó en mayo y no hay datos hacia atrás, los futuros índices oficiales correrán con la ventaja de ser contrastados con el 4,2%. Eventuales o factibles, alrededor de 2% para junio y quizá menos de 2% en julio mostrarían una inflación en retroceso o claramente en retroceso, funcional al discurso del Gobierno aunque no sea precisamente reducida.


El punto es que aun cuando comenzara a retroceder, la variación final del año quedará bien por encima del 30%. Fue empujada por la decisión de corregir dos variables desactualizadas por completo, como el tipo de cambio y las tarifas, pero acompañada por un corrimiento generalizado del resto de los precios; salvo el precio del salario, desde luego.


Casi ni hace falta decir que ya 30% significa un porcentaje demasiado elevado para los planes del Gobierno. Y que así tendiese a la baja, lo verdaderamente importante en el ánimo de la gente pasa por el costo de los bienes.


Hay una rareza en este mismo, todavía inestable cuadro económico: que la consecuencia de resolver un problema serio haya sido crearse otro que empieza a ser inquietante.


El problema era la llamada restricción externa o la falta de divisas y fue enfrentado apelando a una cadena de medidas fuertes: devaluación, levantamiento del cepo, quita de retenciones al campo y arreglo con los fondos buitre. Así, los dólares de la soja entran a buen ritmo; las provincias toman financiamiento internacional para cubrir necesidades propias y llegan inversiones aunque financieras y de corto plazo.


¿Y qué empieza a ser inquietante? Que la consecuencia de semejante movida es una oferta de dólares sobreabundante, que tironea la cotización hacia abajo y alimenta el riesgo de atraso cambiario.


Justamente por lo contrario, el kirchnerismo implantó el cepo, frenó importaciones que dañaron ciclos productivos, clausuró transferencias al exterior, acudió a los yuanes chinos y pisó el tipo de cambio. Clarísimo, se había quedado sin reservas.


Ahora vendrá el blanqueo del macrismo y colada, la paradoja de que si resulta exitoso puede sumar oferta de divisas y dificultades. Sería un extraño fenómeno donde lo que es bueno puede no ser tan bueno.


Federico Sturzenegger, el jefe del BCRA, está forzado a hacer equilibrio en una situación que tiene bien poco de equilibrada.


Debe lograr que su estrategia antiinflacionaria ponga los precios en sendero descendente, o sea, cumplir el papel clave de su gestión. Y simultáneamente atender un frente que él mismo ha considerado ajeno a su tarea: evitar que se profundice el retraso cambiario.


Por elección propia y alineamiento pleno a la teoría monetarista, la tasa de interés es la principal, si no la única herramienta de su arsenal. Aunque aquí se trata de una herramienta de impacto limitado, porque el crédito bancario no llega al 15% del PBI contra el 50% o arriba del 50% de países cercanos.


Esa variable se mueve de acuerdo a cómo se mueva la llamada inflación subyacente, aquella que excluye el movimiento de las tarifas y de otros precios regulados por el Estado y también el de los productos estacionales, como frutas y verduras.


Un 2,8% para mayo fue el dato que el Central obtuvo de una fuente que juzga fiable y usó al determinar la última baja de la tasa de las Lebac. Bien parecido al 2,7% que anotó el INDEC y distante del 3,3% calculado por la Dirección de Estadística de la Ciudad de Buenos Aires.


Todo fogonea las interpretaciones de quienes piensan que otros factores pesan en las decisiones del directorio de la entidad. De paso, dentro del directorio todavía sobreviven tres funcionarios puestos por Axel Kicillof, además procesados por las costosas maniobras con dólares a futuro.


¿Y cuáles serían o son esos otros factores que pesan en las decisiones del BCRA?


Uno es que la seguidilla de recortes a la tasa intenta dificultar el funcionamiento de la muy aceitada y muy rentable bicicleta financiera que va de las Lebac al dólar. Otro, que el objetivo sea reducir el costo del dinero como forma de salir de la recesión. Finalmente, los niveles que sostiene el Central lucen demasiado elevados fuera de cualquier supuesto o, como dicen algunos economistas, “está sobrando tasa”.


Existe, desde luego, la posibilidad de haya un poco de todo y que todo sea empujado desde algunos despachos importantes del Gobierno. Críticas internas al férreo esquema de Sturzenegger no faltan por cierto.


En el otro frente que es parte del mismo frente pasa que como la sobreoferta de dólares puede más, los bancos oficiales compran en cantidad para contener la caída del precio: nada menos US$ 2.200 millones entre mayo y lo que va de junio. Deben comprar aquello que hace apenas seis meses escaseaba.


En realidad tanto el Nación como el Provincia intervienen por cuenta del Central, porque al término de cada rueda le venden las divisas. Entonces, el efecto expansión monetaria no desaparece.


Bien magro ha sido hasta ahora el resultado de tanto esfuerzo: el dólar cae 13% desde el pico del primero de marzo y más si se computa la inflación. Por eso resulta crucial frenar el alza de los precios, aunque lo poco que suban significará agregar atraso cambiario.


“Difícilmente el tipo de cambio real vaya a mejorar a corto plazo”, dice un consultor. Admite que lo suyo no es un gran descubrimiento y pone alrededor de $ 16 para fin de año.


En el mejor de los casos el Gobierno intentará algunos tibios movimientos alcistas. Nunca un ajuste importante, que desde los intereses de la política resulta absolutamente contraindicado.


Por lo mismo, un pronóstico presente en el mundillo de los consultores dice que el macrismo preferirá convivir con cierto atraso del dólar a cambio del beneficio de controlar los precios y aun al costo de dañar la competitividad de los sectores productivos.


El problema de esa movida color electoral es que las parlamentarias de octubre de 2017 quedan lejos. Y el peligro, que un dólar desajustado estimule expectativas indeseables.


En cualquier hipótesis, lo bueno y lo malo o menos bueno irá a la cuenta del macrismo. El desbarajuste económico es culpa del kirchnerismo. Resolverlo será responsabilidad del Gobierno.


Alcadio Oña

Visto 151 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 22:49

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