Domingo, 26 Junio 2016 11:17

La gran estafa de la competividad cambiaria

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Desde el abandono del cepo cambiario instaurado durante los últimos cuatro años del régimen kirchnerista, muchos "empresarios" y "economistas", pese a la depreciación que ha sufrido la moneda local respecto al dólar en el mercado oficial (50%) y con una inflación acontecida que sólo ha erosionado la mitad del salto cambiario, hoy señalan que estamos frente a un grave problema de atraso cambiario que deriva en una falta de competitividad en la economía.

 

Naturalmente, al igual que otros tantos debates locales, el argumento es falso, aun cuando uno trabaje con el tipo de cambio real como medida de competitividad (lo cual es incorrecto).

 

La cuestión desde una perspectiva cuantitativa

 

Frente a una situación de este tipo, Milton Friedman seguramente diría: "Primero, los datos". En este sentido, si tomamos como punto de partida diciembre de 2001, el tipo de cambio real de Argentina contra el dólar ha subido un 19% (y 51% para el caso multilateral). Sin embargo, si uno considera que luego de ello la deuda pública tuvo una quita del 60%, al tiempo que el país pasó a ser un acreedor neto del mundo (por lo que podríamos vivir con un déficit comercial permanente) y la presente coyuntura respecto a las condiciones financieras internacionales y los términos de intercambio, debería quedar más que claro que el tipo de cambio real de finales de la convertibilidad sería alto.

 

Hay un chiste que dice que se encuentran dos economistas y uno amablemente le pregunta al otro: "¿Cómo está tu mujer?". El otro le contesta: "¿Comparada con qué?". En esta línea de análisis, si se compara con nuestros vecinos, la mejora relativa contra Brasil es del 59%, respecto a Perú y Colombia se ubica en 41%, mientras que mirando a Chile y Uruguay la depreciación del tipo de cambio real alcanza el 35 por ciento. Por lo tanto, los datos frente a un cambio estructural claro como el de diciembre de 2001 no muestran problemas, aun dejando de lado los cambios de tipo permanente que ha tenido el saldo de divisas para el país.

 

Al mismo tiempo, acorde al indicador de competitividad del sector agroexportador (Icopesa de E&R), la mejora global (que tiene en cuenta la quita de retenciones) medida desde que se ha salido del cepo asciende al 54%, al tiempo que si se toma respecto a diciembre de 2001, la mejora es del 33 por ciento. A su vez, si bien en los extremos de la recuperación se destacan la suba del trigo, con una mejora del 62% (máxima) y del maíz, con 35% (mínima), el nivel de dispersión es muy reducido. Por otra parte, y convalidando la línea de resultados, la competitividad precio de las economías regionales, en promedio, ha mejorado un 28%; los sectores que más se han beneficiado han sido tabaco (40%), algodón (33%) y peras (33%), mientras que los que menos han mejorado han sido naranjas (17%) y arroz (16%). Por lo tanto, estos indicadores no se condicen con las voces que encabezan los reclamos por falta de competitividad cambiaria.

 

La cuestión desde una perspectiva conceptual

 

Más allá de la pasión nacional de llorar por nuestra falta de fortuna (incluso cuando nos fuera muy bien) y pese a la contundencia de los datos presentados más arriba, la realidad es que Argentina muestra una clara falta de competitividad. Puesto en otros términos, ello implica que los análisis tradicionales sobre el tipo de cambio real como una medida de la competitividad de la economía están mal y que, en rigor, los movimientos del tipo de cambio (dado el contexto internacional) son el reflejo de los desequilibrios a nivel interno.

 

Para tener una idea de lo ridículo que es mirar el problema de la competitividad con el tipo de cambio real, uno debería tener en cuenta que, en los peores momentos de la historia del país, la moneda ha estado muy depreciada y que ello no sólo no se traducía en crecimiento, sino que, peor aún, estaba asociado con fuertes caídas del PIB.

 

Por otra parte, el uso de la medida implica ignorar olímpicamente el concepto de lo que es un precio. Concretamente, un precio es el resultado del intercambio voluntario realizado por dos individuos (el que compra y el que vende) y ello brinda un registro histórico que se transforma en un elemento informativo que se emite al resto del sistema económico. Dado dicho registro, el resto de los individuos se coordinan respecto a esta información (precio) y en caso de que existiera un desequilibrio de cantidades entre los que quieren comprar y los que quieren vender, el precio se irá modificando con el transcurso del tiempo. Por lo tanto, un precio refleja las condiciones de oferta y de demanda que regían en un momento dado en el tiempo, por lo que, para intentar su extrapolación, ello implicaría cumplir al menos tres condiciones: que el precio de referencia sea efectivamente un precio de equilibrio; incluso suponiendo que esta situación fuera cierta (lo que implicaría, a su vez, caer en "la fatal arrogancia" de creer que ello es posible), para que dicho precio se pudiera repetir, deberían igualarse las mismas condiciones de oferta y demanda tanto a nivel de la economía local como internacional; y por último, si todo esto se validara en los hechos, además habría que conseguir un conjunto de índices de precios locales e internacionales que contemplaran todos los efectos directos e indirectos de modificaciones en el tipo de cambio del país.

 

De más está decir que resulta imposible validar por lo menos uno de los tres puntos antes mencionados, por lo que aplicar una herramienta que implica los tres simultáneamente es una clara muestra de la escasa validez de la herramienta y de sus reflexiones analíticas.

 

Así, en función de los enormes problemas analíticos señalados, junto con Diego Pablo Giacomini y Nicolás Federico Kerst hemos desarrollado el termómetro de riqueza, que parte de la premisa de que competitividad es la posibilidad de conseguir un retorno que sea mayor o igual que el costo de oportunidad por entrar a un negocio.

 

De este modo, cuando uno analiza la cuestión en términos agregados, la competitividad depende de dos familias de factores. Por un lado, están los ligados al sector externo, tales como los términos de intercambio y las condiciones financieras en el mundo, elementos que para el país son claramente exógenos. Por otra parte, figuran los vinculados con la economía local, tales como: la productividad del trabajo en comparación con el salario real, la calidad de los bienes públicos respecto a la presión impositiva demandada para su prestación y el costo del capital, que surge de la tasa de interés de los Estados Unidos, el riesgo argentino y la devaluación esperada.

 

Naturalmente, cuando se pone la competitividad en esta perspectiva, resulta claro que el tipo de cambio no es más que una válvula de escape para compensar los desequilibrios que vengan tanto del plano externo como doméstico. En este sentido, cuando uno mira la política fiscal de Argentina, cuya presión tributaria en blanco es la más alta del mundo (a punto de haberse creado un nuevo concepto de esclavitud: el esclavo tributario) y cuya contrapartida son bienes públicos de calidad africana y políticos ricos, al tiempo que todas las grandes crisis en la historia del país han tenido como epicentro el desequilibrio fiscal, lo que contamina al costo del capital por la vía del riesgo país, resulta claro que, de no cambiar esto, el tipo de cambio real deberá subir para que los salarios reales se ubiquen debajo del nivel de productividad del trabajo. Esto es, el no ajuste de una corporación política inútil y parasitaria nos está hundiendo en un sendero de pobreza que tiene como destino final los niveles de pobreza africanos de hoy. 

 

Javier Milei

 

Visto 360 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 22:59

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